Reconozcamos una cosa: nuestros entrenadores tienen muchísima paciencia. Nos dicen cosas, nos mandan entrenamientos, pautas, rutinas, y luego a la hora de la verdad nosotros adaptamos eso que nos envían a nuestras necesidades, apetencias y ganas. Y claro, eso les trastoca. Pero ellos respiran profundamente, cuentan hasta tres, y siempre tienen palabras de ánimo hacia nosotros. Y sus frases, esas que nos repiten cada dos por tres y que, aunque nosotros escuchemos una cosa en concreto, quieren decir realmente otra.

Quitémonos la banda de querer escuchar lo que nos apetece: qué nos dice un entrenador y qué nos está diciendo realmente.

Buen intento: Fallaste.

Esta es la última repetición: Hay otras cuatro repeticiones.

Vamos a intentar mantener un ritmo alegre: Mañana no vas a poder levantar las piernas.

Mantén la cadencia alta: He visto abuelas yendo a comprar que se mueve más rápido que tú.

No olvides la técnica cuando estés cansado: Realmente pienso que te estabas ahogando en la última serie y tu respiración suena como la de un asmático en los últimos estertores de la muerte.

Tienes muchísimo potencial: Eres un vago y encima me haces parecer malo.

¿Dónde crees que puedes mejorar?: Lo hiciste tan mal en carrera que ya no sé ni que pensar

Levanta más las piernas al correr: Deja de arrastrarte, por dios.

¿Cambiaste el ciclismo por carrera a pie? No pasa nada: ¿Cómo que cambiaste de disciplina? ¿Pero en qué estabas pensando?

Mañana sesión de recuperación: Te vas a enterar.

Pero no son los únicos que mienten al hablar. Nosotros también. Ahí van tres frases nuestras…

Gracias entrenador: Te odio.

Fue una sesión dura: Espero que ardas en el infierno.

Creo que estoy cogiendo algún virus: Vaya cinco cervezas que me jarreé anoche…