La historia de Xolani Luvuno es de esas que ponen los pelos de punta e inspiran historias de millones de corredores y triatletas en todo el mundo. Por algo será. Este sudafricano de 33 años, ex-adicto a las drogas y con una sola pierna, no es la primera prueba de resistencia que ha terminado.

Su historia, un ejemplo de superación

Superar obstáculos a través del deporte es una de las especialidades de Luvuno. La amputación de su pierna derecha en 2009 le llevó a refugiarse en el alcohol como evasión, y de ahí pasó a vivir en las calles de Pretoria como un mendigo. Vivió como un indigente hasta 2016, cuando un empresario, Hans Venter, dedicado al mundo de los negocios deportivos, le encontró por las calles de Pretoria y le ofreció ayuda. Participó en grupos de rehabilitación y poco a poco fue superando el alcohol. Empezó a correr y poco a poco se volvió un adicto al running. En todo momento Hans Venter no se separó de él, acompañándole en cada uno de los retos que se proponía.

En el mes de junio terminó la ultramaratón de Comrades, una prueba de 90 kilómetros, la más antigua del mundo que se celebra desde 1921 y que se lleva a cabo entre las ciudades de Durban y Pietermaritzburg. Y allí estaba su ángel de la guarda, Hans Venter, siempre a su lado. Un año antes había participado en una maratón utilizando una prótesis de pierna. Pocos meses después, corría ya con una pierna mecánica, pero la dureza de la prueba y las heridas producidas por la pierna le obligaron a utilizar muletas.

Una vez terminada la ultramaratón de Comrades, los siguientes objetivos para Xolani Luvuno eran muy claros, participar en los Juegos Paralímpicos de Tokio 2020 y terminar un Ironman. Pues bien, el primer paso ya lo dio ayer, terminando el Standard Bank IRONMAN 70.3 celebrado este fin de semana en Sudáfrica. Decidme si no es para quitarse el sombrero la entrada en meta de este hombre, que ha conseguido salir de un túnel de alcohol y desesperación a través del deporte. Y nuestra más sincera admiración por el actor que ha hecho que todo esto sea posible, Hans Venter, siempre a su lado. Nos quedamos con ese abrazo final que lo dice todo. Sobran las palabras. ¡Qué bonito!