A medida que van pasando los años la gente aprendemos determinados mecanismos y los repetimos sin apenas pasar. Nos pasa al aprender a conducir, o incluso al montar en bicicleta. En triatlón, más de lo mismo: las primeras veces que nos metemos en un neopreno, o que hacemos una transición, o que incluso empezamos a correr tras dejar atrás el segmento de ciclismo, suelen ser bastante kafkianos. Y todos, en mayor o menor medida, hemos vivido situaciones embarazosas. ¿Te sientes identificado con alguna de estas?

Tener que tirarte al suelo para intentar quitarte el neopreno

La primera en la frente. Ya meterse en el neopreno cuesta huevo y medio, pero es que lo de quitárselo cuesta directamente dos. Joder, ¿como carajos lo hacen Mario Mola y Javier Gómez Noya? ¡Pero si parece superfácil! ¡Mírales, veinte segundos! Y tú en cambio que no consigues sacar una manga, luego se te atasca en el pie, andas varios metros a la pata coja… Y terminas optando por tirarte al suelo para, con mucha calma, conseguir salir de esa vestimenta inventada por el mismísimo diablo.

Mientras tanto, todos los triatletas que han salido más tarde que tú del agua van adelantándote con eficiencia alemana. ¡Qué envidia!

No encontrar tu bicicleta

Una vez aprendido y superado el frustrante proceso de salir del neopreno, llega el de encontrarse en boxes ante una inmensidad de bicicletas. ¿Y dónde coños está la mía? ¿Pero no estaba en el tercer pasillo? A ver, sales del agua atolondrado y todas te parecen iguales, y vas acelerado porque quieres salir a pedalear de los primeros, pero no la ves. Y vas pasando de un pasillo a otro y comienzas a frustrarte, y vuelves a ver pasar a todos tus rivales.

Al final, cuando en el box solo quedan once bicicletas, la ves: allí al fondo, en el tercer pasillo, sí, como habías calculado. Pero empezando a contar por el otro lado.

Foto: ITU Media // James M. Schmidt

Foto: ITU Media // James M. Schmidt

Empezar a ponerte la ropa de otro triatleta

El summum de la frustración. Sales del agua, te quitas el neopreno a toda hostia y lo tiras junto a una bicicleta que es exactamente igual a la tuya. Pero que no es la tuya. Y siguiendo con ese empanamiento general, no te paras a pensar que ese dorsal que te estás poniendo no es el tuyo, si no el de un polaco que ha venido justo desde Cracovia a participar. Porque tú no te llamas Jochen Aleksander, ¿verdad?

El momento más turbio es cuando el triatleta que sí que se llama Jochen Aleksander llega, te ve, y te mira con cara de ¿se puede saber qué leches estás haciendo, mangüan?

Hale, a quitarte todo de nuevo. Ya decías tú que esas mavic del número 48 te quedaban demasiado grandes…

Salir a correr con el casco puesto

Te has marcado un segmento de ciclismo espectacular, liderando tu grupo y dando unos relevos que ni el equipo nacional australiano de pista y llegas a la transición y te descalzas superrápido. Y ponerte las zapatillas de correr es un pis pas, y sales embalado. Hoy es tu día, compadre.

Hasta que un juez llega corriendo a tu carril y comienza a hacerte gestos con ambos brazos. Leñe, qué pasa. Y te señala la cabeza. Y te das cuenta de que sí, que con tanto estrés no te has quitado el casto. Bra-vo, figura.

Y vuelves cabizbajo hacia tu bicicleta a dejarlo. Y con el rabo entre las piernas. Vaya cagada. Solo pides a dios que no te haya visto mucha gente…

Salir por el lado contrario al resto de la gente

Más de lo mismo: entras en el box con la bici bien cogida por el sillín, repasando mentalmente los pasos que tienes que dar ahora en la transición, y los cumples a rajatabla. Te calzas las zapatillas, las gafas de sol, la gorra, le das la vuelta al portadorsales y comienzas a correr.

Justo al contrario que el resto, porque piensas que se sale por un sitio, cuando en realidad se sale por el exactamente contrario…

Foto de portada: James M. Schmidt