La temporada de triatlón -afortunadamente- ya se acerca y algunos de vosotros debutaréis en la disciplina. Llevamos todo el invierno preparándonos y ya va siendo hora de demostrar que hemos venido a este deporte para quedarnos. Pero una cosa os aviso: vais a pagar la novatada. ¿Cómo? Pues de seis diferentes maneras por las que hemos pasado absolutamente todos:

Los nervios de la noche previa

Llega el día previo. Tras haber hecho la foto de rigor a todo el material inmaculadamente preparado a la puerta de casa (neopreno extendido, portadorsales, zapatillas, bicicleta, casco, geles a cascoporro) y haber hecho la consabida recarga de carbohidratos (has hecho pasta como para todo el vecindario), te has ido a la cama a intentar descansar. Pero los huevos descansar: los ojos como platos. Es normal, llevas mucha tensión acumulada. Duermes poco y mal, no paras de despertarte y dar vueltas en la cama. Terminas levantándote a las cinco de la mañana -cuando la prueba es a las diez- y te aburres danzando por la casa. Tú lo que quieres es debutar ya, ponerte el neopreno y batirte el cobre en tu primer triatlón chispas.

Llegar extremadamente pronto a la prueba

Así que como no has pegado ojo en toda la noche, decides irte para la zona de boxes aunque sean las siete de la mañana y apenas haya amanecido en el horizonte. ¿Pero que ocurre? Que tres horas antes allí no hay ni el tato. La organización ha dejado todo preparado el día de antes y no hace falta que se peguen el mismo madrugrón que tú. Así que terminas esperando en el coche escuchando el programa de radio de turno que no has escuchado en tu vida, o dando paseos por el paseo marítimo con tu mochilón a la espalda, o buscando un bar en el que tomarte un café porque empiezas a bostezar como si no hubiera mañana.

El lío de dejar las cosas en el box

Al fin abren los boxes y entras con tus cosas y te sientes más perdido que un cerdo en un garaje. ¿Qué hago? ¿Hacia dónde voy? Como no tienes ni pajorera idea de cuál es el procedimiento y te da vergüenza preguntar, tratas de ir haciendo las cosas a medida que ves a gente hacerlas: hacia qué lado se cuelga la bicicleta, cómo se ordena el material, en qué momento empezar a ponerte el neopreno.

Es en este momento cuando descubres que hay trucos para todo. Por ejemplo, a ti nadie te había dicho que para embutirte en el neopreno estaba de puta madre darse aceite, o usar unas bolsas de plástico. Tranquilo, en esto del triatlón nunca se para de aprender. Podrás llevar diez años, y seguirás aprendiendo cosas.

Colocándote mal en la salida

Venga, que estoy empieza. Y claro, vas como cordero al matadero sin atreverte -de nuevo- a preguntar que cómo funciona la cosa. Tú ves que la gente se va ordenando de aquella manera a lo largo de la salida en la orilla, y terminas encajonado en un lateral, allá al fondo, en el que vas a ver tú. Suena el bocinazo de salida, la gente arranca en tropel, y tú te ves arrastrado sin mucho más que hacer que tirarte al agua, empezar a nadar y reaccionar pasados cinco minutos.

Lo bueno es que como vas acojonado y bastante distanciado del resto de mortales triatletas, no te vas a llevar ni una patada en tu debut. Espérate a coger confianza en nuevas pruebas, ya verás, ya…

Saliendo en la natación a sangre

Una vez que reaccionas y asumes que ya has debutado, empiezas a dar brazadas como si no hubiera mañana, tratando de recuperar el tiempo perdido por el shock inicial. Pero ay amigo, esto de nadar con el neopreno puesto no era tan sencillo… A los cinco minutos te notas superrígido y con los hombros de un espantapájaros. Lección que se aprende de ésto: hay que hacer entrenamientos con el neopreno puesto.

Así que independientemente de la distancia en que debutes, sea sprint o sea olímpico, vas a llegar a la transición preguntándote que quién coños te mandaría y que esto no puede ser más duro. Que esto del triatlón es para valientes y superhombres. Tranquilo, de aquí en unos años, cuando consigas tu medalla de finisher en un ironman, recordarás todos estos momentos con una sonrisa entre los labios.

En las transiciones

Sales del agua como pollo sin cabeza. Te duele todo y estás mareado. Llegas a la bici y empiezas a ver cómo tus rivales se cambian con eficiencia alemana. En cambio tú estás teniendo problemas para quitarte el neopreno. Después te pones el casco antes que el maillot -sí, porque te pones maillot encima del trimono pensando que vas a pasar demasiado frío- y el dorsal a la remanguillé. Y tardas cinco minutos en tu primera transición.

Y cuando veinte o cuarenta kilómetros después vuelves a aparecer por la transición, presto para correr, más de lo mismo. Entras por donde no es, sales por donde no toca, vas con el casco puesto, las zapatillas del revés, el dorsal aún en el culo…

Menos mal que los jueces están para enseñarte, aunque sea teniéndote parado con una sanción otros diez minutos.

Pero bueno, luego corres, cruzas el arco de meta, te dan el aquarius, el plátano y la medalla de finisher de turno, y se te olvida todo. Y ya te pones a pensar que cuándo es el segundo, que esto del triatlón efectivamente te ha enganchado.