Dice un estudio de de Lee hech Harrison que en 2020 habrá 73 millones de puestos, en el mundo, de profesiones que ahora mismo no existen. Cosas de esas raras como customer success, brand evangelist, scrum master, growth hacker o flonder japipagüer. Con el triatlón, ha pasado algo muy similar: había profesiones que apenas conocíamos, o que trabajaban para nichos muy cerrados de la sociedad, pero que ahora son compañeros inseparables de nuestras carreras, nuestras medallas y nuestras lesiones. ¿Quieres conocerlos?

El nutricionista

Venga, reconocedlo: para vosotros, como para mí, antes del triatlón el nutricionista era un señor al solo iba Florinda Chico. Pero nosotros… ¿para qué narices íbamos a ir a un especialista que marca pautas alimenticias y revisa qué porcentaje de grasa tengo en la zona abdominal? ¡Por favor! ¡A ver quién iba a quitarnos antes del triatlón los bocadillos de chistorra! Ahora en cambio el nutricionista está instalado en nuestro día a día y, lo que es peor, gobierna nuestro frigorífico.

Es ese tipo que ha conseguido que nos sintamos culpables si nos comemos un donette un martes por la mañana.

¡Y encima nos cobra!

El mecánico de bicis

Vale. Que sí. Que quien tiene un buen mecánico de bicis tiene un tesoro. ¿Pero quién tenía mecánico de bicis hace unos años? Ni Rita la Cantaora. En todo caso, si le pasaba algo a nuestra bicicleta, bajábamos “al taller ese que hay dos calles más para allá”.

Ahora en cambio un mecanico de bicis es conocido por su nombre y el boca a boca funciona perfectamente. Y hay defensores y detractores de cada uno de ellos, y son especialistas en distintas áreas de la bicicleta. Y no hay neutros: como con las tortilla, o con cebolla o sin cebolla. Nada de medias tintas.

El biomecánico

Foto: bicyclesportshop.com

Foto: bicyclesportshop.com

Una extensión del mecánico de bicis es el biomecánico o, mejor dicho, el bike fitter: ese tío que te dice que llevas el sillín muy atrás y muy abajo y que por eso te duele la espalda. Hace diez años, si nos encontrábamos incómodos en la bicicleta, íbamos probando, por la vieja táctica del prueba y error, hasta dar con una postura que nos pareciese más o menos aceptable.

Ahora no. Ahora en nuestra constante búsqueda de la perfección, acudimos al biomecánico a que analice los milímetros necesarios que se ha de retocar la potencia para que partamos la pana en nuestro siguiente triatlón.

Y a precio de oro, ¡eh!

El entrenador personal

Hasta hace nada, el entrenador personal era un lujo que tenían las estrellas de televisión, empezando por Jane Fonda, para mantener el vientre plano. Pero entonces llegaron a nuestras vidas el libro Atletas de hierro y las planificaciones para correr un 10K, y tras ellas, la necesidad de que alguien nos dijese qué entrenar cada semana. ¿Recordáis cuando simplemente salíais a correr, sin series, por gusto, y parábais cuando os daba la gana?

¡Qué tiempos aquellos! ¡Aunque fuésemos más despacio!

El fisioterapeuta

Más de lo mismo. Al fisioterapeuta, antes del triatlón, sólo ibas si te daba un jamacuco doblándote a recoger algo del suelo. Era el señor ese que te quitaba el lumbago, y punto. Ahora, en cambio, depositamos en sus manos todas las ansias por recuperarnos de un pequeño pinchazo en el gemelo, o una molestia en la zona del isquio (porque ahora sabemos dónde está el isquio, antes hubieramos dicho “detrás de la rodilla”). Y nos hace daño y es buen síntoma.

Sarna con gusto no pica. Y encima se paga.