Asumámoslo: las series son la muerte, ya sean las de carrera a pie, las de ciclismo o las de natación. Pero yo personalmente las que peor llevo son las de carrera a pie, que te llevan las pulsaciones a tope y sacan lo mejor (y lo peor) de ti. Aparte de que habitualmente son series que hacemos en soledad, sin nadie que vaya a nuestro lado dándonos palique, con lo a la hora de la verdad nos tiramos una hora callados y pensando en nuestras cosas.

¿Series hoy? ¿Con este tiempo? Qué pereza…

Da igual que haga un calor asfixiante, un frío terrible o un maravilloso tiempo primaveral. La temperatura nunca va a ser la adecuada para hacer series. Siempre nos vamos a quejar. Porque en el fondo nunca queremos hacer las series, y cualquier excusa nos es válida para retrasar ese momento en el que nos ponemos las mallas, la camiseta y las zapatillas y empecemos a correr.

¿Sólo cincuenta segundos de recuperación?

Por nosotros las series perfectas serían las de cien metros buscando el máximo de pulsaciones con hora y media de descanso entre series. Pero claro, eso no puede ser. A partir de ahí, todo tiempo de descanso que tengamos entre intervalo nos va a parecer poco. Yo el que llevo especialmente mal es el minuto y medio entre los miles, que se me pasa en un suspiro.

Porque esa es otra, el tiempo no es el mismo: igual que los cinco minutos para hacer un mil se hacen eternos, el tiempo del descanso corre más deprisa. ¡Vuelva!

Ah, bueno, pues no parece que vaya a estar tan mal

Esta frase se piensa siempre al terminar la segunda de las series (si son cortas), o al terminar la primera (si son largas). Tenemos el cuerpo fresquito, aún no lo hemos dado todo, y pensamos, en nuestro fuero interno, que el entrenamiento va a ser hasta fácil.

Qué insensatos…

Ay

La primera queja. Estamos completando una serie, quedan apenas cien metros, por ejemplo, pero las piernas ya comienzan a bloquearse. No vemos que la meta llegue. Y lo peor es que aún quedan cinco, seis repeticiones. A partir de ahora va a doler. Y mucho.

Y miramos el pulsómetro y ya vamos al límite.

Lo siento pero no llego a hacer todas

Entonces, mientras jadeas y miras el suelo tratando de recuperar la respiración, decides que no, que va a ser imposible, que no tienes cuerpo suficiente como para hacer todas las series. Y es que hace muy malo. Y has tenido un día muy duro. Y además no te encontrabas muy bien. Y joder, es que son series durísimas, que tú no estás preparado. Y que total, que por hacer seis repeticiones en vez de ocho, no se va a caer el mundo. Porque seis está bien, ¿verdad?

¿Verdad?

¿Y si la siguiente me la tomo relajada?

Que a ver, que igual que podemos hacer menos, podemos hacerlas a un ritmo más bajo… Que total, por dejarse la vida en todas menos una no se va a caer el mundo. Y entonces te imaginas corriendo al trote, más feliz que una perdiz… Hasta que te entra el sentimiento de culpabilidad y te das cuenta, además, de que como vas a subir el track del entrenamiento al Strava, tu entrenador va a ver que en la quinta serie te tocaste las narices a manos llenas.

Así que no. Por desgracia la siguiente no te la tomas relajada…

¿He acabado? ¡Soy el rey del mundo!

En las series se pasa del todo a la nada, y de la nada al todo, con una facilidad inusitada. Te has estado arrastrando a lo largo de todo el entrenamiento, has sufrido como una perra… Pero has acabado. Y ahora, que tienes ganas de echar los higadillos, te sientes el tío más poderoso sobre la faz de la tierra.

Qué fácil es contentar a un triatleta…