Asumámoslo: los triatletas estamos cortados por el mismo patrón. Nos ilusionan las mismas cosas, y nos preocupamos por lo mismo. E incluso hay ocasiones en que creemos que somos los mejores deportistas sobre la faz de la tierra, aunque solo nos dure unos minutos, unas horas o media semana. Para nosotros, hay cinco momentos en los que esta sensación se da. Ahí vamos:

En la primera serie de intensidad en la carrera a pie

Miras el entrenamiento de hoy: si eres de corta, series cortas, si eres de larga, series largas, nos pasa a todos. Luce el sol en el horizonte, vas en manga corta, has tenido un buen día en el trabajo y comienzas a correr con la moral por las nubes. Primeros dos minutos y te sientes ligero como el viento, con una zancada prodigiosa que ni el mismísimo Eliud Kipchoge. Y te creces, es normal. En vez de ir a 5’20», te pones a calentar a 4’50» y ya te ves bajando de 4′ en la primera de las series.

Y con tus santas narices, lo intentas. Da igual que el entrenador te hubiera puesto que la primera serie a 4’30». Tú hoy quieres batir récords, quieres sentir la gloria, ser la estrella del grupo de whatsapp. Corres como si no hubiera mañana… hasta que tu cuerpo dice «chato, aquí no hemos venido a esto». Recuperas bien de la primera serie, pero en la segunda no te encuentras fino. En la tercera, ya vas por encima del tiempo que te había marcado tu santo señor entrenador, y en las últimas te arrastras cual serpiente en pleno desierto del Gobi. Y la moral por los suelos, apañero.

Al día siguiente de volver de un mal resultado en competición

Los triatletas somos seres con una gran capacidad de pasar de la noche a la mañana, del calor al frío, en un santiamén. Imaginad que vamos a competir a cualquier triatlón, ya sea sprint, olímpico o un half. Llevamos unas semanas que no nos notamos finos, pero aún con eso competimos. Y la cagamos con todo el equipo: ni nadamos bien, ni pedaleamos como deberíamos, y en la carrera a pie somos actores secundarios de The walking dead.

No pasa nada. Bueno, sí. Nos comemos el tarro durante el resto del día: no he entrenado lo suficiente, no como bien, es que he engordado, no he ido al gimnasio todo lo que debería, es que esta bici es una mierda, necesito una aero, y claro, sin potenciómetro dónde voy…

Total, que líbrenos dios -y a nuestras familias- del día siguiente: el día de los buenos propósitos y en el que cambia radicalmente nuestra vida: nos levantamos a las seis de la mañana para salir a correr antes de que amanezca, desayunamos paleo total, en el trabajo nada de bocadillo a media mañana, y por la tarde sesión de natación y gimnasio.

Nuestra vida es otra cosa, somos como unos Jan Frodeno en potencia, pero de barrio. ¡Que tiemblen nuestros rivales en la próxima competición!

Afortunadamente al miércoles, con el trajín semanal, se nos ha pasado y desayunamos café con donuts. Y eso de entrenar a las seis… ya si eso mañana.

Cuando tus compañeros de club lo hacen bien (y tú no tanto)

Si además de cagarla en competición resulta que nuestros compañeros de club lo bordan, ya entonces es el acabose. ¿Por qué ellos están delgados y corren bien? ¿Qué hacen que nosotros no?

Entonces decides que en la siguiente competición les vas a dejar con la cara boquiabierta. Y te da igual que ellos tengan diez años menos y corran 1′ más rápido cada kilómetro de carrera a pie. Van a fli-par. Vas a ser el nuevo rey de los grupos de edad, y ya te ves clasificándote en la siguiente carrera para el campeonato de España de duatlón. O para Kona, qué narices.

Luego pasa que ellos entrenan y tú no, y todo se vuelve un poco más complicado.

Cuando ves un vídeo de Javi Gómez Noya ganando

Es el más guapo. El más rápido. El más educado y el más atento. El mejor triatleta de la historia. Y le ves en la pantalla, en el último vídeo que ha grabado para alguna marca, y te creces. Porque el anuncio lleva música épica y frases grandilocuentes y te ves reflejado en él. Esa tarde el entrenamiento, ya sea de piscina, de ciclismo o de carrera a pie lo vas a bordar. Porque si Javi Gómez Noya puede, tú puedes.

Otra cosa son los ritmos, claro.

El día que compras un dorsal

Quedan seis meses para Challenge Roth, o para Ironman Barcelona, y sueltas la panoja. Entras en la pasarela de pago y te dejas tus quinientos euros en un dorsal de larga distancia. Todo son buenas intenciones, y el futuro es una libreta en blanco en el que escribir todos tus éxitos. Tienes fuerza de voluntad y este año sí, este año vas a cumplir a rajatabla todas y cada una de las semanas planificadas por tu entrenador. Vas a adelgazar esos siete kilos que te sobran, y cuando llegue la cita, vas a batir tu MMP.

Luego las cosas cambian: en invierno hace frío para entrenar, en primavera tienes mucho trabajo y sacas menos tiempo del que quisieras para entrenar, y cuando se acerca la cita te entran los sentimientos de culpabilidad, de pensar que has tirado tiempo y semanas por la borda, y en un mes quieres aglutinar todos los entrenamientos, pegándote panzadas de espectáculo.

La verdad es que si te paras a pensar, esto del triatlón sí que tiene algo de círculo vicioso…