Andamos por la vida como los reyes del flair play, la ética y todo tipo de valores o espíritus que nos hagan colgarnos medalla de cara a la galería. Pero, aunque nos cueste reconocerlo, los triatletas, al igual que Aquiles, tenemos nuestro punto débil. Esas flaquezas que nos hacen humanos son las culpables de algunas cosas que todos hacemos en la piscina y jamás reconoceremos.

Sufrir «averías»

Resulta curioso como las gafas parecen tener fugas o romperse justo cuando es la hora de poner toda la carne en el asador. O el bañador que pierde un cordón, o el gorro que de repente aparece roto de la nada. Cuando el cuerpo o las ganas no dan para más, cualquier excusa es buena para abandonar el barco.

Fallar con las matemáticas

Cuando nadamos en grupo siempre hay un líder y eso conlleva ciertas responsabilidades: los demás asumirán que tú llevas el seguimiento del entreno. Pero claro, nos pasa a menudo, si no hay nadie con el látigo al borde la piscina lo más probable es que nos fallen las cuentas y acabemos contando mal las repeticiones. Aunque mientras nadie se queje…¿qué problema hay?

Equivale a una ducha

Que lleva un poco de cloro, sí. Pero al fin y al cabo es agua. No decimos que siempre, pero reconoced que alguna vez nos ha pillado con el tiempo justito y la sesión de piscina ha convalidado la ducha de ese día. Un poco de desodorante y como nuevos al trabajo.

Resfriados que ponen el peligro nuestra vida

Resfriarse en invierno es algo prácticamente imposible. El azar de la vida hace que algún catarro nos caiga en los meses más fríos del año. Un resfriado es lo que es, todos lo sabemos. Pero también se puede convertir en gripe y si no se convierte, pues nos inventamos que sí. Viene genial para librarse de la vara en algunas sesiones o incluso para quedarse en la cama un rato más. Nunca está de más.

Perder el tiempo

Cuando llegamos a la piscina podemos pasarnos tiempo infinito haciendo el paripé mientras se supone que «calentamos». Una pierna por aquí, otra por allá, ahora este brazo, de nuevo la pierna, etc. Observamos a nuestro alrededor, analizamos quién hay en cada calle, tratamos de averiguar de qué material está hecha la pared del fondo y aprovechamos para recordar la revolución industrial del siglo XVIII. Mientras tanto lo único que pasa es el tiempo.

Descansos antidemocráticos

¿Descansar 20 segundos entre serie y serie? ¿Y si necesitamos 30? ¿Quiénes son nuestros entrenadores para imponer? Si llegamos justos a las últimas series y consideramos que por nuestro bien lo más recomendable es alargar el descanso, este se alarga. Siempre y cuando el jefe no esté por allí, claro. Total, nadie se va a enterar y encima nuestra media quedará tan bonita gracias a ese respiro extra.

Lesiones que se sincronizan con el bloque principal

Es el momento de ponerse serios y, de repente, ¡zas! Empieza ese dolor en el hombro que se convierte en insoportable. Menudo fastidio, justo cuando llegaba el 20×50; con lo que nos gusta a nosotros la agonía. Pero claro, nos vamos a ser incautos: lo ideal es salirse y ver el entrenamiento desde fuera mientras estiramos, aplicamos algo de hielo y animamos a nuestros compañeros. La procesión va por dentro, nunca mejor dicho.

Respiraciones furtivas

El entrenador en su sabiduría infinita decide que no podemos respirar cada dos brazadas en el siguiente bloque, en el que lo haremos cada 3, cada 4 o cada 7. Según se le tercie. Una lucha por la supervivencia en la que cualquier descuido es una oportunidad de oro para sacar la cabeza a la velocidad de la luz. Un golpe de aliento rápido del que el entrenador no tendrá noticias.