Llevo desde el jueves jodido con la gripe. Me levanté tosiendo ligeramente, a mediodía tenía un dolor de cabeza considerable y por la tarde tenía menos fuerzas que el ejército del Vaticano. Pero claro, soy triatleta, así que una gripe no podía ser cortapisa o valladar para continuar con mi entrenamiento.

Dolor articular, mareo y fiebre. Pero yo tenía entrenamiento, así que con mis santos huevos salí a hacer unas series de carrera a pie. Tenía que hacer, tras el calentamiento de marras, un interválico de diez repeticiones de 30″ a sprint, y 1’30» en Z2. Después aún me quedaba por delanter un 3.000 a ritmo intenso.

El 3.000 me salió a 6’24», para que os hagáis a la idea de cómo estaba. ¿Y eso importa? No. Un triatleta no se detiene ante nada. ¿No lo habéis visto en todas las frases motivacionales rollo Mr. Wonderful con las que nos acribillan desde todos los lados? Parar es pecado. Antes muerta que sencilla. El dolor es temporal, la gloria permanente. Vendo Opel Corsa.

Volví a casa tiritando, con las piernas más flojas que la defensa del Osasuna y jurándome a mi mismo que el viernes iba a entrenar su prima la de Albacete. Me tomé un espidifen, una couldina y me tumbé en el sofá a ver pasar las horas. La noche fue horrorosa, pero extrañamente, a la mañana siguiente me encontraba más ligero. Efecto de la medicación, sin duda, que distorsionaba mi situación real.

Pero ya fue óbice para creerme sano y decir: Hoy se entrena. Ana me decía: «Diego, no hagas el tonto, no entrenes». Pero claro, nada es capaz de frenar la ilusión de un triatleta. Bueno, sí, el precio de algunos dorsales, pero eso es harina de otro costal. La cosa es que miré mi plan de entrenamiento: una hora y veinte minutos de rodillo. Y ahí que me fui yo, envalentonado. Me enchufé el netflix (Trollhunters, os la recomiendo), y empecé a pedalear más ilusionado que Cristina Pedroche escuchando el cuento del Traje nuevo del emperador.

A los cinco minutos, cuando aún estaba en el calentamiento, me decía a mí mismo «quién me mandaría entrenar hoy, mira que lo dije ayer». El recorrido de bkool que escogí era completamente plano, los 30 primeros kilómetros del Tour de Flandes de 2016, e iba a 22 kilómetros por hora. Intentaba incrementar velocidad, pero el cuerpo no me daba, era un querer y no poder. A la hora, hastiado y frustado, lo dejé, jurándome y perjurándome que al día siguiente, ayer, no entrenaba.

Pero hete que el sábado amaneció el día despejado, cuatro grados en Valladolid, que al cambio vienen a ser como unos veinticinco en el resto de la península, y decidí salir con la bici. Dos horas. Nah, un paseo. Mi santa señora me miraba con cara de «este es bobo perdido», y no dudo que tuviese razón. Me abrigué, cogí mis bidones de agua y mis buenas intenciones, y salí a comerme la carretera. Obviamente, fue al revés, y creo que batí algún tipo de récord en Strava: «has conseguido 27 peores tiempos hoy, enhorabuena, mangüan». Pedalear era una odisea, y la sensación de flojera, acojonante.

Llegué a casa como pude, arrastrándome, me di una ducha de media hora, me vestí como para ir a colonizar el Polo Norte, me tapé con el edredón en el sofá y estuve tiritando dos horas. Era la viva estampa de cualquier anuncio de Frenadol de la tele. Y me juré, de nuevo, que hoy domingo no entrenaba.

¿Conseguiré cumplirlo? Aun quedan horas por delante para que tenga que tragarme mis palabras…