Los gritos y las lágrimas de Alejandro Valverde ayer, en brazos de su masajista Juan Carlos Escámez, no solo eran de alegría. También eran de alivio, de descarga de una presión que llevaba años martilleándole en el interior al de Las Lumbreras: tras once participaciones en pruebas de Campeonato del Mundo de ciclismo en ruta, por fin se colgaba el oro.

Llegué a pensar que nunca sería campeón del mundo” dijo poco después de terminar la prueba. Con seis medallas hasta la fecha -dos de plata y cuatro de bronce- es el ciclista con más preseas de la historia, e incluso con el mejor ratio de participación: en el 58% de sus carreras ha logrado metal. Ni Peter Sagan, con sus tres oros consecutivos, tiene tal porcentaje de efectividad. Pero el primer cajón del podio se resistía: en 2003, hace ya quince años, cuando Igor Astarloa se coronó campeón, Valverde era el gran favorito, pero tuvo que “conformarse” con la segunda plaza ante el precioso ataque de su compañero. Y luego está Florencia 2013, cuando Rui Costa nos dejó con cara de tontos a todos. En medio, los mundiales en los que ha hecho de lanzador para Óscar Freire, sacrificándose por el equipo.

Siempre ha dicho que tiene gas hasta los cuarenta años -y vive dios que lo está demostrando-, pero ahora que se ha quitado el peso de encima, parece que se puede tomar las cosas con mucha más calma. “Ya no me queda nada por hacer” dijo ayer en rueda de prensa, después de escuchar los aplausos de casi cien periodistas. “Con un triunfo así, desde luego ya puedo retirarme tranquilo. Todo lo que venga a partir de ahora es un regalo“.

Puede que, sin saberlo, estemos siendo testigos del principio del adiós de uno de los ciclistas más grandes que ha dado este país.