Hablar de Anders Hofman es hablar del Proyecto Iceman, o lo que es lo mismo, el primer intento de terminar un triatlón de distancia Ironman en la Antártida empezando el 2 de febrero de 2020 y terminando en marzo de 2020. Bajo el lema «limitations are only perceptions«, este joven pretende demostrar que las limitaciones las ponemos nosotros mismos y que se pueden conseguir muchos retos que nos proponemos.

Este proyecto no se trata de una competición oficial abierta a más competidores, sino de un intento de conseguir algo extraordinario nadando 3,9 kms en aguas heladas con la amenaza depredadora de las focas leopardo; recorriendo 180 kms con nieve y vientos heladores, y corriendo 42,2 kilómetros en la superficie glaciar de la Antártida, cerca de la Bahía Marguerite el próximo año.

Primera prueba: Medio Iceman

Hace tan solo unos días Anders Hofman decidió ponerse a prueba e intentar conseguir la mitad del reto que se ha propuesto para el próximo año. Para ello tenia que completar medio Iceman, extraoficialmente el triatlón más septentrional jamás terminado en la localidad de Svalbard, un archipiélago situado en el océano Glacial Ártico que forma parte de Noruega.

Hofman decidió hacer un medio en lugar de un cuarto de Iceman para esforzarse a sí mismo y ver cuáles eran sus límites físicos y mentales. No tenía ni idea de lo que le esperaba por delante, pero lo terminó. El día más duro de su vida, pero como él mismo ha referido en Instagram, «terminó feliz, exhausto y con mucho respeto de lo que le espera en 2020«.

La natación en aguas heladas

Antes de meterse en la frías aguas polares, se respiraba tensión. Hasta el momento 593 Anders Hofman sólo había conseguido nadar metros en agua helada en Islandia, así que el primer objetivo era terminar los 1,93 km de natación. Nevaba, había un poco de viento y el agua estaba alrededor de los cero grados centígrados. Junto a él, guías polares siguiéndole desde la orilla por si hubiera algún problema o entrara en el peor de los casos en hipotermia. También un kayak de seguimiento. La ruta era una línea recta de un punto a otro, por lo que la estrategia era bastante simple: ir recto y no dejar de nadar.

 

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El primer kilómetro fue sorprendentemente bien. La parte inferior de su cara estaba expuesta al agua y se adormeció. Tras 500m sus manos empezaron a enfriarse, pero aún así se sintió bien. A mitad de camino, cometió el primer error. La máscara que llevaba le empezó a presionar contra la frente y decidió parar e intentar reajustarla. Pero luego no consiguió sellarla y empezó a entrarle agua. De ahí que tuviera que parar varias veces para ponerla de manera adecuada. Su espalda empezó también a enfriarse y fue una verdadera tortura terminar la natación. Al final, distancia completada en 46:09 min.

Ahora venía otro de los momentos duros, la transición a la bici. Hacía mucho frío. Como ya había empezado a sufrir la bajada de temperatura corporal en la última parte de la natación y como se tuvo que cambiar afuera, mientras nevaba, todo se convirtió en un infierno. Un infierno que duró 24:36 minutos antes de subirse a la bici.

La bici, 90 kms en la nieve

Probablemente fue el segmento más duro para Anders, tanto física como mentalmente. Antes de ir a Svalbard, nunca había montado en bicicleta en la nieve, ya que la mayoría de las veces lo hacía directamente sobre hielo en Islandia. Sin embargo, nunca se habría imaginado que sería tan horrible como resultó ser.

Viniendo de la natación, se sintió muy bien al subirse a la bicicleta. El primer kilómetro y medio fue el único kilómetro en el camino regular a través de Longyearbyen y hacia el valle. Pedaleaba lo más rápido que podía para calentarse y acabar con el temblor después de nadar. Los primeros quince kilómetros transcurrieron dentro de lo previsto, logrando entrar en calor y pedalear de manera aceptable sobre  nieve relativamente dura, aún con mucha energía.

Sin embargo, una vez las condiciones del terreno cambiaron, tornando a nieve blanda, más profunda y suave, pedalear se convirtió en un martirio, ya que practicamente era imposible avanzar.

Tras 25 km solo conseguía deslizarse por la nieve y era difícil agarrar (primera lección: neumáticos demasiado estrechos y demasiado aire), necesitando de mucha energía para avanzar.

En este punto empezó a tener los primeros problemas: se había quedado sin batería en el pulsómetro y no sabía a qué pulsaciones iba, aunque con la conciencia de ir por encima de lo marcado al planificar la prueba. Si esto fuera poco, la percepción de esfuerzo le jugó una mala pasada: en ese kilómetro 25 él creía encontrarse alrededor del 45, así que ser consciente de que aún le quedaba la mitad de la prueba fue un golpe moral muy importante.

Carrera a pie

«Ahora tenía que terminar el Half Iceman con mi mejor disciplina: correr«, escribia en Instagram. «Sólo que en un estado muy diferente al habitual y la carrera también resultó ser la más lenta de mi vida«. En este momento, ya no le importaba el tiempo ni el ritmo, todo se trataba de llegar a la línea de meta.

 

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«El primer kilómetro fue sorprendentemente bien, con un ritmo por debajo de 5:00/km«. Incluso llegó a pensar que el segmento podría ser relativamente sencillo. Nada más lejos de la realidad: nieve de treinta centímetros de altura, tener que correr cuesta arriba hasta el kilómetro ocho y un profundo dolor en las rodillas cambiaron su percepción.

Ante estas condiciones del terreno, se fue al suelo varias veces. Pese a que los trece kilómetros finales fueron más accesibles, necesitó de 2h22′ para completar el segmento, y nada más y nada menos que 10h52′ en total para la prueba al completo. «Estaba tan cansado y deshidratado que no podía ni celebrarlo, pero al menos podia sonreír».

Él mismo reconoce la falta de -aparente- lógica del proyecto: «Me sentí completamente surrealista al terminar, especialmente después de todas las dificultades que había pasado para terminar la carrera«.