El triatlón es un deporte ambicioso. Quizás de ahí llegue a generar ese nivel de “enganche” que en algunos casos no está lejos de convertirse en una obsesión. Ese interés  por la mejora continua no está exenta de riesgos. Los nervios previos a las pruebas, el estrés por encajar los entrenamientos en las rutinas diarias, la falta de descanso o los roces familiares son algunos de sus efectos secundarios. A ello, encima, se une un cambio de hábitos que pasan por las horas de sueño y forma de dormir y la alimentación.

Aunque inicialmente se suele hacer hueco a la alimentación saludable, la acumulación de horas de entreno y cansancio lleve algunos momentos a las ganas de tirar la toalla o preguntar “por qué estamos haciendo todo esto”. Entonces llega el temido atracón, que puede ser puntual o puede ser cíclico y dar pie a una fase de desazón y frustración que has podido vivir en primera persona u observar cómo otros la atravesaban.

Hoy hablamos con la psicóloga Vanessa G. de Marcos sobre ansiedad y alimentación y cómo la mente -una vez más-  se convierte en protagonista para tomar el control sobre las cosas buenas y malas que pasan en nuestra vida.

La afirmación “Cuando me siento ansioso o ansiosa me da por comer” ¿es correcta? ¿tenemos ansiedad por comer?

Es correcta en el sentido de que la mayoría de la población utiliza “el acto de comer” como estrategia compensatoria para la ansiedad, haciendo que su malestar (ansiógeno) disminuya inmediatamente, pero de una forma errónea y con una durabilidad muy escasa. Lo que convierte a esta estrategia en algo completamente inválido y peligroso para la salud del individuo. Evidentemente, esto hace que comamos en muchas ocasiones de forma ansiosa, puesto que no lo hacemos con el fin de alimentarnos o disfrutar de la comida, sino para prevenir o minimizar un malestar, así pues, pierde toda fuente de placer o sentido saludable, para convertirse en una acción nociva y destructiva para las personas. 

Foto: Ironman

Foto: Ironman

Nos llegan consultas de personas que entran en una dinámica de comer mal y parece que ello genera aún más ansiedad todavía. ¿Por qué se da este hecho? 

Cuando una persona se siente mal, por el motivo que sea (supongamos un estado emocional de bajo ánimo o estrés), la persona puede adoptar una estrategia “defensiva” para evitar su malestar, en este caso: “comer”, lo que le saca puntualmente de su estado de sufrimiento, al distraerse con la comida. Sin embargo, la persona sabe (o no) que esa acción de “picoteo” o “atracón”, no resuelve su situación y le añade, además, el malestar por el descontrol sufrido. Lo que nuevamente hace que se sienta mal (ahora incrementado por el acto de comer de forma poco saludable), y ello le dispara nuevamente al inicio del ciclo, tratando así de compensar el exceso de comida y el estado emocional de descontrol provocado, a través de una fase de restricción.

“Emoción negativa comer mal – nueva emoción negativa – restricción”. 

Por supuesto, no siempre el inicio de estas dinámicas es un estado emocional negativo. Hoy en día podemos encontrarnos con situaciones de comer mal, entendido desde “el ir con prisas”, o “no dedicar tiempo a preparar una comida saludable”. En estas situaciones el origen es diferente, pero una vez iniciado el ciclo, tiene la misma base explicativa que en el caso anterior:

 “Comer mal – malestar – comer mal nuevamente (atracón/restricción) – nuevo malestar”

¿Cómo podemos romper con ese círculo vicioso? 

La forma en la que podemos parar esta situación una vez se ha disparado, es un trabajo paralelo en dos aspectos. Por una parte, la persona tiene que aprender unos hábitos de comida saludables (calidad y cantidad de los alimentos, así como horario de comidas, entorno que rodea a la alimentación, distractores, tiempo que se le dedica…). Y por otra parte, una intervención desde el punto de vista emocional, para que la persona aprenda a resolver la situación que le está afectando.

Foto: Triathlete Competitor

Foto: Triathlete Competitor

¿Y qué hacer para evitar esas ganas de atracón?

Una vez que la persona trabaja en los dos puntos citados en el apartado anterior, tiene una estrategia desde el punto de vista de la alimentación y otra desde el punto de vista emocional. Lo que le brinda la posibilidad de entenderse y saber por qué se está llevando a cabo esas actitudes de comer compulsivo. Esta toma de conciencia hará que, en la mayoría de los casos disminuya el impulso irrefrenable de comer. Además, algo que siempre se trabaja en estas situaciones es no crear un patrón de comer restrictivo, puesto que es ahí donde en la mayoría de las ocasiones se crea el problema (sin restricción, no hay atracón).

¿Tiene que ver esta ansiedad con algún aspecto psicológico? Estrés, ansiedad, autoestima… 

En la mayoría de los casos sí. Los motivos que llevan a las personas a tener ese descontrol sobre su ingesta, son de índole emocional, por ello es por lo que proponemos un trabajo desde la psicología para ayudar a las personas a gestionar sus emociones y con ello resolver sus problemas de alimentación. Cuando se trabaja con situaciones como la que estamos planteando, nos encontramos con aspectos de baja autoestima (autoimagen, dependencia emocional…) en prácticamente la totalidad de los casos, así como factores de ansiedad y/o estrés, por lo que trabajar desde la perspectiva psicológica es fundamental.

¿Es solo un tema en el que nos puede ayudar un dietista o también un psicólogo? ¿En qué consistiría la terapia?

La ayuda que podamos recibir en una situación así, tiene que basarse siempre un trabajo psicológico, puesto que las emociones son necesarias tenerlas en cuenta para entender el origen y mantenimiento del problema, así como la forma de resolverlas y con ello proceder a sanar el trastorno de alimentación. Cuando una persona solicita ayuda a un profesional de la psicología para abordar este tema, el psicólogo lleva a cabo una evaluación completa de la situación que está viviendo el cliente y de los orígenes de la misma. Con el fin de entender completamente que ha hecho que esa persona se encuentre en la situación presente.

Tras esta evaluación, el psicólogo creará un programa de tratamiento basado en estrategias y pautas alimenticias (como se comentaba en líneas anteriores, cantidad, calidad, horario, entorno que rodea a la comida, forma de comer y de relacionarse con los alimentos…). Además le proporcionará una serie de estrategias emocionales (dependiendo de cada situación concreta) para resolver los aspectos que de su persona estén incidiendo directamente con este patrón de alimentación. De manera que poco a poco, la persona se encontrará con unas pautas y soluciones que le abrirán un mundo de conocimiento y dominio sobre sí mismo y sobre su alimentación.

Si tienes alguna duda o te gustaría recibir la opinión de Vanessa, puedes dejar tu consulta sin compromiso a través del portal de psicología Siquia.