Diez de la mañana del lunes, tomad asiento que esto va para largo. Iba a empezar esta crónica con un “plantar un árbol, tener un hijo, subir Solar Hill”, pero creo que ya la hice para la We ride Flanders, y no quiero repetirme. A tenor de la nochecita que llevo de visitas a la toilette, podría ser “plantar un pino, tener una hija, subir Solar Hill”, pero suena mucho a ripio, fuera aparte de ser un poquito escatológico. Así que nada, vayamos a lo básico:

Que soy finisher de Challenge Roth, chavalada.

Un larga distancia que hace honor a su claim, a su Welcome to the home of triathlon, donde hay 7.000 voluntarios para 5.000 triatletas, donde te tratan en palmitas en todo momento, donde todo está previsto y no se deja nada a la improvisación, donde te sientes querido y cada euro que has pagado merece la pena. En mi cabeza todo son parabienes y alabanzas hacia una organización que emana pasión por lo que prepara. Un gustazo, y ahora ya puedo entender porqué al día siguiente hay colas kilométricas para conseguir dorsal para la siguiente edición, y porqué hay gente que repite varios años seguidos.

Respecto a mi carrera, tenía un objetivo por encima de todos: no andar en el segmento de maratón, y lo he conseguido. Hubiera querido bajar de once horas, pero era lo de menos. De hecho la semana pasada cuando la gente me preguntaba (y tengo capturas de whatsapp que lo atestiguan) decía que cambiaba un 10h58′ petando en el maratón por 11h20′ y hacerlo de corrido. Al final, 11h25′ y todos contentos.

El viaje

De todos son conocidas mis diegadas en competición, ya sea en los días previos, ya sea en la carrera. Challenge Roth no iba a ser menos, y tuvo las suyas y por doquier. El miércoles perdí mi tarjeta de crédito. Ouyea. No me preguntéis dónde está, porque no tengo ni idea. A priori no había problema si llevaba efectivo, pero teníamos un coche alquilado al que tuvimos que renunciar, con el incordio que suponía: teníamos el apartamento en Nuremberg, a veinte kilómetros, y pasábamos a depender de que Jordi y Adri nos hicieran de taxistas. Diegada número uno.

A los pobres hay que ponerles un monumento, porque vaya finde les hemos dado.

El viernes volábamos desde Madrid con Ryanair a las 20.00h. A la hora de la verdad fue a las 21.00h, así que nos plantamos en tierras bávaras a las 23.30h y a las 00.15h en el apartamento, así que para cenar nos tuvimos que conformar con unas galletitas de chocolate que traíamos y dos barritas energéticas. Teniendo en cuenta que en Barajas, en previsión, nos habíamos metido un menú del Burguer King con cocacola bien grande -el tamaño importa, amigos-, una recarga cojonudísima.

El sábado

Suena el despertador pronto. Jordi y Adri nos recogen a las ocho menos cuarto y casi una hora después aparecemos en la zona de baño, donde hay una jartá de triatletas y acompañantes. Pruebo el agua embutido en el neopreno: sin corriente, sin suciedad, nada que ver con el Pisuerga, donde si tragas te sale un ojo en la espalda y se te cae el pelo del entrecejo.

De ahí nos volvemos a Nuremberg -otra hora- a ver si en la compañía de alquiler de vehículos tienen a bien darnos el coche pese a no contar con la tarjeta. Mis cojonestreintaytres. Entre pitos y flautas, dos horas perdidas. Me como un sandwich en la estación porque no hemos desayunado. Nutrición perfecta, ya veis. Nos bajamos de nuevo a Roth, que llegamos pelaos para escuchar el breafing en castellano y recoger las bicis.

Y ahí cambia nuestra vida, en un cliffhunger que, he de reconocer, no vimos venir: a la hora de entregar la bici en el checkin hay que dejar la bolsa del running también. Y nosotros no la llevábamos encima. Y el checkin acababa a las cuatro -o al menos a las cuatro acababa en nuestra cabeza, que comienzo a no tenerlo claro-. Por enésima vez nos toca ir a Nuremberg, recoger las cosas y volver a bajar. Y son las dos y no hemos comido. Y en el coche de Jordi y Adri no caben tres personas y tres bicis, así que la pobre Adri se tiene que quedar por la feria viendo camisetas térmicas, calzado deportivo de última generación y un Argentina vs Francia en pantalla gigante con locución en alemán mientras Jordi va a la T1 con su bicicleta y aprovecha para testear que todo está ok.

Javi y yo subimos a Nuremberg en un coche de alquiler que no es nuestro, a toda hostia por la carretera, pillamos todo, y bajamos en otro santiamén. Nos plantamos en la T1 para hacer el checkin aceleradérrimos y atacados de los nervios a las 15.56h, cuatro minutos antes de que cierren el chiringuito. Recogemos a Jordi y nos vamos a Roth donde Adri nos espera sentada a la sombra y con una radler. Entonces, 17h.00, aprox, decidimos que es buen momento para comer. Pizza y radler para todos.

Ya total, qué más da: hamburguesa, galletas y barritas el día antes, ayuno intermitente por la mañana y pizza a las cinco de la tarde. ¿Qué puede salir mal?

Nada, hombre, nada.

A las ocho de la tarde, ya en Nuremberg, Javi y yo vamos a un Aldi. Compramos pasta, tomate, chorizo, fruta y chocolate. Y una cerveza que me tomaré “al día siguiente, como celebración de que soy finisher”. Nos vamos a la cama con un Uruguay vs Portugal en la tele. También en alemán.

El domingo

Suena el despertador a las cuatro y media. Tenemos casi todo preparado, y Jordi y Adri van a pasar a recogernos a las 05.15h. Desayuno una manzana, una ciruela, una tortilla de dos huevos, un vaso de leche y unos cereales.

Nuestros taxistas aparecen finalmente a las 05.30h, así que vamos apurados: Jordi salía en la hora de las 07.00h, yo en la de las 07.15h y Javi en la de 07.40h. A cinco kilometros de los parkings un atasco de tres pares de cojones, que hace que estemos más de media hora parados. El pobre Javi se pone de los nervios, Jordi en su línea lleva la procesión por dentro y yo tarareo a Bob Marley mientras saco mi mejor humor negro. Total, que aparcamos a las 06.30h y tenemos un huevo de cosas por hacer: dejar la bolsa de final de meta, dejar la bolsa de la bici, meter presión a las ruedas (“sois unas ruedas de mierda y como no rindáis os vamos a despedir a todas”, o algo así), ponernos el neopreno, hacernos la manicura, sacarnos fotos, saludar a Kienle…

Llego a mi bici: relleno el bidón aero, meto presión a las ruedas (“sé dónde vivís y no tengo nada que perder”), reviso los frenos, que la cadena esté bien, me pongo la parte de abajo del neopreno… Todo en su sitio, parece que hoy no la hemos cagado. Oh aleluya.

Hasta que me doy cuenta de que no tengo ni el gorro ni las gafas.

Hostia puta.

Corro donde Adri. 06.40h: “me he dejado el gorro y las gafas en la mochila que traía, por favor tráemelas!”, digo completamente acojonado. Todos mis planes se van a tomar por culo y me entran todos los miedos de golpe. A las 06.55h aparece la pobre, jadeando del sprint -el coche estaba a tomar por culo- y me quiero morir. Me ha traído un gorro rojo mío, y mis gafas, pero no el gorro verde que nos dieron al recoger el dorsal y que es obligatorio para nadar. Se vuelve a ir por donde ha venido. Miro el reloj y el pánico se hace dueño de mi cuerpo. Le cuento mis penas a un juez y pasa de mi culo: que el gorro verde es obligatorio, y que si no no puedo nadar.

Joder, que tengo que estar en el agua a las 07.10h y son las 07.05h y Adri sin aparecer.

Quiero llorar, o empezar a destrozar bicicletas de la rabia. Bueno, la scott de Kienle no, que es preciosa.

07.13h. Se me aparece la virgen en forma de Adri con la mochila. Tiemblo como no he temblado en mi vida. Sacamos el gorro verde y esprinto a la cámara de llamadas, donde ya están los de las 07.20h. Me abro espacio a codazos, me tiro al agua y tengo que nadar unos treinta metros hasta donde estaban el resto de triatletas de las 07.15 desde hacía un buen rato.

Llego justo en el momento en que dan el pistoletazo de salida, con las pulsaciones a mil pero con la tranquilidad de que al final, pese a la madre de todas las diegadas, estoy en Challenge Roth y ya ha empezado la fiesta. Llevo nueve meses preparando esta carrera a conciencia y es mi día. A partir la pana, coño ya.

Me calmo con las primeras brazadas y voy nadando fácil. Lo de salir de 200 en 200 es una puta gozada y no hay golpes. Creo que voy rápido. En una de estas me doy cuenta de que no me meado, y tengo que hacerlo mientras nado. Todo un pro.

Los 500 primeros en 8’32”, aunque hay cierto delay entre mi garmin 935 y las cotas marcadas por organización. Mi objetivo es hacer 1h06′ en los 3.800, y voy en ritmo de hacerlo.

Al puente de giro llegamos fácil, y voy muy cómodo, sin forzar ni nada. He acumulado cien kilómetros de natación desde el 1 de enero, y se nota. Se me empañan las gafas, pero en un movimiento rápido y certero, me las quito, las limpio con el dedo, y continúo. Oigo la animación de la gente, veo los globos aerostáticos y disfruto como un cochino. Al final, salgo del agua en 1h08, con el garmin marcándome 4.000 metros justos. A 1’44”, perfecto.

En la T1 es acojonante cómo te ayudan los voluntarios. Contaba con unos seis minutos de transición, y en apenas tres me lo quito de encima. Llego a la bici, y con mis santos huevos vallisoletanos, mientras me pongo el casco, dorsal y coloco el neopreno, vuelvo a mear. ¿Quién se va a dar cuenta? Nadie, salvo ahora toda España y mis padres que me están leyendo.

Me pagan unos estudios, una carrera, me dan una educación para que con casi cuarenta años me mee encima.

Biba llo y mi cavayo.

Monto en la bici y pedaleo con ganas. Pese a la diegada del gorro, todo está saliendo como a priori querría. Los primeros kilómetros se pasan en un suspiro, en un circuito divertido, con giros y pasos entre pueblos, con gente animando por doquier. Me he puesto una alarma que me avise cada 20′ para comer, y lo cumplo a rajatabla. Y bebo agua como no he bebido en otros larga distancia: mi idea es llegar al maratón en plenitud de facultades y con el estómago lleno, no quiero empezar vacío.

Sobre el treinta noto que tengo calentitas las piernas. Pega un viento de tres pares de narices, y es fácil irse a 220 vatios si quieres ir a treinta kilómetros por hora. Teniendo en cuenta que mi objetivo estaba en 175, tengo que aflojar, pero se me hace extraño: “joder, este circuito en teoría es rápido, y voy camino de hacer mi peor segmento”. Pero bueno, es lo que hay: prefiero ir en vatios, que pasarme de vueltas. Subimos Grening, en el km 40, y disfruto como un cochino en una charca. Es la subida más dura del recorrido, dos kilómetros sobre el 5%, con una primera rampa al 9%. La hago muy fácil. En teoría en ese punto tiene que cambiar el viento y darnos a favor, pero no lo tengo yo muy claro.

Sobre el cincuenta me noto que vuelvo a tener ganas de mear. Llevo dos bidones de 750ml bebidos, y se nota. Intento hacerlo en marcha like a PRO, pero nada. Los domingueros tenemos que pararnos a sacurdir la tita. Lo hago en el 68, dos minutos antes de entrar en Solar.

Ay amigos, Solar. Qué decir.

Hay dos tipos de personas: los que hemos subido Solar Hill, y los que no. Os puedo asegurar que estar en el segundo grupo es una auténtica pena. Qué decir de esta subida mítica, donde te sientes como un ciclista del Tour. Apenas se puede avanzar, te animan por todos los lados, filas y filas de gente gritando tu nombre e insuflándote ánimos. La piel de gallina y ganas de que esa rampa, de unos 500 metros, no se acaben nunca.

Pero por desgracia se acaba, y ahí comienzan veinte kilómetros muy rápidos en los que por fin se puede rodar a 35 muy fácil.

Comienza la segunda vuelta y vuelve el viento. Aunque voy comiendo noto que voy cansado, y me aburro un poco. Venía a por 5h30′ en la bici, y si bajo de seis horas será todo un éxito. Al menos voy cumpliendo los vatios de marras, así que es lo que hay.

Pasan Grening, pasan los kilómetros y vuelvo a mearme. Voy por el quinto bidón, así que soy una cantimplora con patas. Estoy a punto de parar en el mismo punto que la vez anterior, pero decido esperarme a la T2. En Solar ya no hay tanta gente como antes, así que se rueda fácil.

Al final, 5:54:52 para 178,71 kilómetros, con 1.611 metros de desnivel. A mí que me expliquen cómo hacen récord de la distancia aquí, porque no me ha quedado claro.

En la T2 una moza recia me hace sentarme y me saca todo de la bolsa. Me pone la gorra y las gafas mientras me pongo los calcetines. Me habla en castellano. Flipo y flipo fuerte. Lo de la organización es acojonante, vaya cuidado y detalle. Olé por ellos. Salgo a correr en nada, apenas dos minutos de transición, teniendo en cuenta que tengo que pararme a que me pongan un imperdible en el dorsal, que se me ha soltado. Pero vamos, es una transición que puede hacerse en un minuto perfectamente. De locos.

Salgo como en una nube, entre una animación tremenda y niños ofreciéndote esponjas, comida y de todo. Es tremendo. Llego al primer kilómetro sin enterarme, adelantando gente. Miro el reloj y voy a 5′. Pero no me noto ni forzando ni nada. Así que tiro millas. Vaya carrera me está saliendo. Tremendo. Entro en el tramo del canal, casi veinte kilómetros, yendo a 4’55”.

Los diez primeros, en 51′. Ni en el mejor de mis sueños, teniendo en cuenta que Txema había planificado una carrera a 5’45”. Ni me paro a pensar que voy forzando, porque en pulsaciones voy bien. Pero en el doce, que estoy a medio camino del tramo junto al agua, empiezo a notar que fallan las fuerzas. Se va hasta el 18, se da la vuelta, y en el 25 se abandona la zona para entrar de nuevo en la zona del pueblo. Es decir, me quedan aún trece kilómetros de recta eterna. Me armo de paciencia, y voy corriendo sobre 6’00” pelados.

Vaya petada bonica, oye.

En el 16 tengo que parar en el servicio, y suelto una meada de 1’30”. El maneken pis hecho triatleta. Paso de hacer los kilómetros a, como decía, 6’00” a ese en concreto a 7’40”, así que imaginad qué vejiga me calzo.

Me cruzo en mi km 22 con Javi, que va por el 14. Le saco ocho, ergo voy mejor que él por muy poco (teniendo en cuenta que ha salido 25′ más tarde que yo por la mañana).

Al llegar al 25, voy definitivamente sin fuerzas. Pero voy orgulloso: en los avituallamientos no paro y cojo solo el vaso de agua, que bebo mientras corro, y me echo agua con las esponjas. El calor -treinta grados- es agobiante. En el 28 paso a correr a 6’30” y solo tengo una cosa en mente: por favor que no me pare a andar. Se va bien entre bosques, a la sombra, pero el señor del mazo ha venido definitvamente a visitarme, y aún hay 14 kilómetros por delante.

En el 31 comienza la gran broma final: se va a hasta un pueblo vecino, y hay unas rampas simplemente acojonantes:

En el 32 no puedo más, y decido cambiar el plan: andar un kilómetro, y correr otro. Me digo: ahora cuando llegue al 33, comienzo a hacerlo. Pero llega el 33 y me digo: “bah, venga, ya total, aguanta otro”. Y en el 34, más de lo mismo: “venga, anda, que estas rampas se acabarán seguro en el 35, ya tira, qué más te da”. Y así con la tontería, me planto arriba del todo, en el 36. Giro de vuelta y entonces me doy cuenta que, si hay otros tres kilómetros hacia abajo, voy a terminar sin andar. Quiero llorar de la emoción.

Voy haciendo, hasta incluso bajo de 6′. El último kilómetro se me hace eterno. Solo quiero llegar a meta y descansar. Vaya paliza. No sé cuánto tiempo llevo, cuento con que ya he pasado de once horas, pero me da igual. No he andado en el maratón, eso es lo importante.

Entro en meta haciendo mi paripé de gritar y tal, pensando en la foto, pero hay un tráfico de triatletas y relevistas que seguro que me ha jodido la instantánea. Menos mal que Adri está en la grada y me ha grabado un buen vídeo…

Y poco más. 2.851 palabras de crónica después, recibo mi medalla, mi masaje y mi cervecita sin alcohol fresquita. Como pasta, unos bocadillos y bebo unas cocacolas. Espero a Javi, y nos vamos a las gradas a flipar fuerte con lo que tienen montado los de Challenge en meta.

Qué carrera amigos, qué carrera.