El reto fisiológico más importante al que se tiene que enfrentar un triatleta de larga distancia es, sin duda, suministrar a los músculos la energía suficiente para cubrir la distancia en el menor tiempo posible. De media, un ironman supone el consumo de unas 6.000 calorías entre la línea de salida y de llegada. Y luego mi madre todo liada con la dieta dukan cuando el truco está en hacer deporte.

Estas calorías provienen de grasas almacenadas en el tejido adiposo y en el tejido muscular, el glucógeno almacenado en los músculos y en el hígado, los aminoácidos liberados de la descomposición de las proteínas musculares y calorías ingeridas durante el evento, por lo general en forma de hidratos de carbono.

El saldo de utilización de estos combustibles va variando a lo largo de la jornada. Durante la natación y la primera parte del segmento de ciclismo, los carbohidratos son los que ofrecen la mitad de la energía de los músculos, con la grasa proporcionando la misma cantidad de proteinas. A medida que avanza la jornada, como las reservas de carbohidratos son limitadas, su aporte disminuye y la grasa toma el relevo. Más o menos a la mitad del maratón, el glucógeno muscular habrá alcanzado niveles críticamente bajos en culo, los cuádriceps y los isquiotibiales. En consecuencia, la contribución total de carbohidratos cae aún mas, se incrementa la oxidación de grasas y los aminoácidos pueden proporcionar hasta un 15% de la energia necesaria.

La resistencia está estrictamente limitada por la disponibilidad de glucógeno en el hígado y los músculos que utilizamos. Cuando el almacén se agota, se acabó la fiesta, de ahí que el entrenamiento de resistencia aumenta en gran medida la capacidad del cuerpo para el almacenamiento de glucógeno. Pero incluso el ironman más preparado no puede almacenar todo el glucógeno que necesita a lo largo de la prueba, aunque sí que es cierto que tiene una mayor capacidad para quemar grasas y, con ello, conservar el glucógeno más tiempo.

Foto: Getty Images // Warren Little

Foto: Getty Images // Warren Little

El efecto más visible de las carreras de Ironman en el cuerpo es la producción de grandes cantidades de sudor. ¡Demos gracias a dios por el sudor!

La transpiración es un mecanismo de enfriamiento vital para el cuerpo. La sangre transporta parte del exceso de calor producido por los músculos durante el segmento de ciclismo a los capilares, cerca de la superficie de la piel, donde abandona el cuerpo. Las glándulas sudoríparas cogen líquido de la sangre, y con ello el calor, y lo liberan a través de la supercicie de la piel, donde se evapora, consiguiendo el enfriamento busscado. Finalmente, esa sangre a menor temperatura fluye de nuevo hacia el núcleo del cuerpo a absorber y distribuir nuevo calor.

El único problema de este mecanismo es que es esencialmente auto-sabotaje: cuanto más sudor, más se reduce el volumen de sangre, y menos sangre llega a los músculos que están trabajando. Sin embargo, y contrariamente a la creencia popular, la deshidratación apenas aumenta la temperatura corporal. Así que su mayor efecto es sobre el rendimiento, ya que con menos sangre en circulación, peor eficiencia cardiaca, y menor cantidad de oxígeno que se reparte a los músculos. Un pitote, sí.

En un ironman a temperatura ambiente “normal” se suda aproximadamente un litro a la hora, así que hidratarse bien es básico, aunque tampoco no es necesario que sea en la misma cantidad que se pierden. Está comprobado que el cuerpo extrae líquido de la sangre de otros compartimentos.

Foto: Flickr // British Triathlon

Foto: Flickr // British Triathlon

Otro cambio fisiológico fundamental es el deterioro físico. El estrés que sufre el tejido muscular a lo largo de un ironman es un desafío tremento. Un gran número de las células musculares se rompen, dañan y deconstruyen a lo largo del camino.

La causa principal de daño muscular es la tensión mecánica, que es causada principalmente por contracciones musculares excéntricas. En una contracción excéntrica, el músculo se alarga mientras se contrae (por ejemplo, ocurre lo mismo en la fase de descenso de un curl de bíceps), en lugar de acortar como en una contracción concéntrica (por ejemplo, la fase de elevación de un curl de bíceps) o permanecer la misma longitud que en una contracción isométrica (por ejemplo, la flexión para mostrar uno de bíceps). El músculo en realidad se está tirando en dos direcciones a la vez durante una contracción excéntrica, por lo que las posibilidades reales de desgarro muscular son muy elevadas (iba a poner infinitas, pero sería un error estadístico: una probabilidad sólo puede tender a uno).

Una segunda causa de daño muscular durante el ejercicio es la descomposición de las proteínas del músculo para la energía, lo que llamamos catabolismo. La proteína no es que sea una fuente de energía preferida durante el ejercicio, pero cuando las reservas de carbohidratos se agotan en la parte posterior de un Ironman, la proteína está llamada cada vez más a tomar el relevo (que vamos, que llega un momento que te da igual carne o pescado).

Como curiosidad, si alguna vez habéis acabado un entrenamiento largo con olor a amoniaco, no os asustéis, este es un subproducto del catabolismo protéico: cuando el nivel de glucosa en la sangre baja, las glándulas suprarrenales segregan cortisol, la hormona del estrés, que ayuda en la descomposición de los hidratos de carbono, grasas y proteínas para obtener energia.

El daño muscular también es causado por el estrés oxidativo durante el ejercicio. Un pequeño porcentaje (un estimado de 2 a 5 por ciento) de las moléculas de oxígeno que entran en el cuerpo tienden a perder un electrón durante su participación en la liberación de energía en la mitocondria, convirtiéndose en “los radicales de oxígeno.” Esto aumenta su inestabilidad y obliga a robar un electrón de un célula viva con el fin de recuperar la estabilidad. El resultado suele ser una reacción en cadena de daños a las membranas celulares, ADN y diversas proteínas estructurales. Durante el ejercicio de resistencia de la tasa de consumo de oxígeno puede aumentar hasta siete veces por encima de los niveles de reposo, con un aumento correspondiente en la producción de radicales de oxígeno.

Dicho esto, completar un ironman es estresante para el sistema gastrointestinal: los problemas más comunes incluyen malestar estomacal y distensión abdominal, náuseas, vómitos y diarrea. Esto es debido principalmente a la agitación mecánica del intestino, a los cambios de líquidos, la disminución del flujo sanguíneo esplácnico, aumento del tono simpático y parasimpático, los cambios en el tránsito intestinal y los cambios autoinmunes. ¿Acojona? Mucho, sí.

Aparte, está el elevado consumo de líquidos y alimentos difíciles de digerir, que no son tolerados por el sistema gastrointestinal.

Pero pese a todo lo que he contado, aún no hemos llegado al muro del maratón: calambres, consumo energético mayor que en el resto de la carrera, zancada ineficiente, mayor tiempo de contacto con el suelo… Todo motivado porque hay una especie de motín corporal y las órdenes desde el cerebro no llegan en condiciones a los músculos. Es la fatiga mental: es tanto el consumo de energia a lo largo de la prueba, que llega un momento en el que el cerebro dice basta y decide que la energía se ha de consumir dentro de la cabeza, y que al resto del cuerpo, por si acaso, les den dos duros. Así, nos encontramos ante sensación de malestar, pérdida de voluntad para continuar, pensamiento fracturado, disminución del estado de ánimo y disminución de la capacidad para activar las neuronas motoras.

Pero bueno, ya está llegamos a meta. Ya solo nos queda asumir las secuelas. Un estudio austriaco encontró que los niveles sanguíneos de enzimas antioxidantes permanecieron significativamente reducidos, mientras que los biomarcadores de daño muscular y la inflamación se mantuvieron significativamente elevados en triatletas casi tres semanas después de haber cruzado una línea de meta del ironman.

Foto: Francisco García "Lucanux"

Foto: Francisco García “Lucanux”

El sistema inmunológico juega un papel importante en ayudar al cuerpo a recuperarse después del ejercicio exhaustivo, pero el propio sistema inmunológico se ve abrumado por el estrés de las carreras de resistencia y sus secuelas. La función inmunológica celular sigue deprimida por hasta tres días después de tal experiencia, aumentando considerablemente la susceptibilidad del atleta a infecciones virales y bacterianas. Las causas de este efecto parecen ser múltiples y en la actualidad aún no se sabe muy bien por qué. Parte del problema es que los combustibles principales de las células inmunes, como el aminoácido glutamina, se agotan durante el ejercicio exhaustivo. Parece que el sistema inmune también regula a la baja su respuesta inflamatoria al daño del tejido para evitar la inflamación sistémica, pero esta misma regulación a la baja deteriora la capacidad del sistema inmunológico para combatir a los invasores extranjeros.

Ya solo queda un problema: la depresión post-ironman, que no deja de ser otro síntoma del síndrome de sobreentrenamiento que afecta a los triatletas de larga distancia. Este es conocido por interrumpir los neurotransmisores cerebrales que influyen en el estado de ánimo. Se ha planteado la hipótesis de que, como un síntoma de sobreentrenamiento, la depresión es la forma con que nuestro cerebro trata de desalentarnos de esforzarse en exceso otra vez, en este caso, hacer su siguiente Ironman-por un tiempo.

Afortunadamente, pocas veces se sale con la suya.