Acabar un ironman es un reto cojonudo, pero más reto es recuperarte bien. Cuando terminé el Ironman de Barcelona, estuve perfectamente cuatro semanas sin energías (unido al tema del cambio de ciudad, que también tuvo lo suyo), notando que aunque intentase correr, el cuerpo no daba. Todo sea dicho, necesité hacer el ridículo en el maratón de Oporto para darme cuenta (aunque de eso no hayamos venido a hablar hoy).

La cosa es que esta semana, en el foro de triatlón del trabajo, un aventurado ha dicho que quería estrenarse en la prueba en el nuevo ironman de Madrid. Y si ya hacer un ironman es algo que debe infundir respeto, el de Madrid, con esos desniveles en la bicicleta, debería hasta acojonar una miaja. Que vale, no es para meterlo entre los ironman más duros de Europa, pero más de un dolor de cabeza va a dar.

Total, que me quedé pensando en lo que suponen los 226 para un cuerpo humano, y buscando, encontré un artículo muy interesante de la Triathlete, que he traducido (con comentarios propios, cómo no). Hoy la primera parte. A lo largo de la próxima semana, la segunda.

Carrera a pie del ironman

Vistos desde fuera, la natación, el ciclismo y la carrera a pie aparecen como mero desplazamiento, pero vistos desde el interior de un triatleta no dejan de ser una aceleración del tiempo.

La sangre brota a través de las venas y arterias como el tráfico a través de las carreteras nocturas en un video en time-lapse: dentro de las células musculares, las moléculas de glucosa y triglicéridos son arrojados al horno de combustión de las mitocondrias a un ritmo vertiginoso. Al mismo tiempo, el oxígeno va haciendo agujeros en las membranas de esas células musculares, causando un deterioro general que recuerda esas animaciones que muestran como una persona envejece veinte años en diez segundos.

De hecho, completar un ironman es un poco como estar sentado en un sofá durante doce horas y el envejecimiento de dos décadas. En otras palabras, los cambios sufridos en el cuerpo a lo largo de doce horas de esfuerzo extremo son similares a algunos de los que ocurren en el transcurso de dos décadas de no esfuerzo, como resultado de un envejecimiento normal. Afortunadamente, sin embargo, esos años se restauran en un plazo de unas pocas semanas. Entonces es el momento de empezar a pensar en entrenar de nuevo.

Echemos un vistazo más detallado de cómo afecta la bromita de hacer un ironman a nuestros cuerpos serranos:

El ironman comienza a afectar bastante antes de que suene la bocina y nos lancemos en tropel al agua. Investigaciones recientes han demostrado que la mera anticipación de ejercicio aumenta el flujo de sangre hacia los músculos que están a punto de ser utilizados, así como el consumo de oxígeno y la liberación de hormonas, incluyendo epinefrina (adrenalina). Esta respuesta anticipada está originada, en gran parte, por una parte primitiva del cerebro llamada sustancia gris periacueductal, responsable de la regulación de la respuesta cardiorrespiratoria al ejercicio.

Salvando las distancias, cuando vamos a participar en un ironman estamos tan alterados como un perro cuando ve la correa de paseo. No movemos la colita (o sí, vete tú a saber), pero nuestro cuerpo en ese momento ya está dando saltos de alegría.

Natación en el Ironman

Al comenzar la carrera, nuestro estado bioquímico va cambiando, a medida que se van superardo los retos parciales: 3,8 kms nadando, 180 kilómetros en bici y por último esa maravillosa (#ejem) maraton final. Entre los mayores retos fisiológicos a los que se enfrenta nuestro cuerpo están la regulación de la temperatura corporal, la deshidratación, el suministro de combustible y su gestión, el daño muscular, la absorción de los alimentos y la fatiga cerebral. Casi nada.

La regulación de la temperatura corporal no es un gran problema en el tramo de natación, pero la bicicleta y la carrera a pie ya son harina de otro costal, sobre todo en días calurosos. Casi tres cuartas partes de la energía que los músculos liberan durante ambos segmentos toma la forma de calor residual. Si este calor se acumulase en los músculos, terminaría causando daño grave.

Nuestro cuerpo dispone de varios mecanismos para prevenir esta acumulación de calor. El más conocido es la transpiración (solo hace falta un viaje en el metro para comprobarlo), pero el más sencillo y efectivo es regular la intensidad del ejercicio: cuanto más reducimos la velocidad, menos calor se genera: de ahí que en los días calurosos no hagamos buenas marcas.

A lo largo del ironman, la temperatura corporal comienza a aumentar gradualmente al comienzo de la etapa de ciclismo, pudiendo alcanzar los 38’5º. En algún momento concreto puede llegarse a alcanzar los 40º, pero de manera muy puntual: el cerebro es más listo que nosotros (es fácil) y controla constantemente, produciendo sentimiento de malestar y fatiga que nos obliga a reducir la velocidad. Aunque claro, a veces también falla: el sistema nervioso central comienza a funcionar mal y el atleta se marea, desorienta y pierde la coordinación, pudiendo llegar al colapso.