Reconozcámoslo: en el ambiente triatleta, nos pasamos el día hablando de nuestras bicicletas. Que si el plato que tenemos es un 53, que si queremos cambiar el manillar, que si el sistema es shimano o campagnolo… Y en las revistas, en esta y en otras, gran parte de nuestro contenido versa sobre nuestras queridas flacas y, sobre todo, de su mantenimiento. ¿Pero nos hemos parado a pensar qué hacemos mal? Eh, pensadlo bien, lo mismo así tenemos una excusa perfecta ante nuestras parejas para comprar una nueva… Quizás no es tan mala idea…

Aquí va la manera de destruir nuestra bicicleta en cinco sencillos pasos:

No limpiarla

Da igual si utilizamos bicicleta de montaña (sucia por naturaleza) o bicicleta de carretera. La calzada, el polvo, el sudor, la lluvia van minando poco a poco los componentes de nuestra bicicleta. Yo, por ejemplo, he tenido recientemente que desmontar la potencia porque el sudor en el rodillo había minado completamente la capacidad de giro de mi manillar. Hay que tener en cuenta que las bicicletas son de aluminio o carbono y que la mayoría de los componentes corren riesgo de oxidarse. ¿Así que para que dedicar veinte minutos después de cada salida para dejar la bicicleta inmaculada? Ni agua ni desengrasante ni gaitas: que se vaya acumulando la mierda y en un año podremos decir que está para el arrastre y necesitamos una nueva.

No engrasarla

Los manuales de mantenimiento dicen que conviene limpiar la cadena cada 150kms, más o menos, y engrasarla, pero nadie habla del pifostio que se monta cada vez que nos metemos en el berenjenal: paños, papel de cocina, manos sucias que luego cuesta horrores limpiar… ¿Y cuánto cuesta el squirt ese de las narices? ¿doce pavos? ¡qué barbaridad! ¿Y para qué? ¿Para que la bici funcione perfectamente? Pues ahí tenemos otra vía para cambiar de bicicleta: dejar de engrasarla cada dos semanas. Pronto tendremos un hierro que cuesta dios ayuda hacer avanzar. En una salida a veinte kilómetros por hora en plano acabaremos tan cansados como subiendo el Tourmalet y en nada estaremos pensando en qué modelo queremos dejarnos un nuevo pastizal.

No hacer caso de los ruidos

Las bicicletas son como los coches. Si se oye un ruidito, es que algo pasa. Así que a partir de ahora, si quiere acabar con ella, nada de prestar atención a chirridos, crujidos o golpes de piezas cada vez que la rueda da una vuelta más. Nada. Y nada de fijarse en los cables. ¿Para qué?

No reparar la suspensión o no revisar los frenos

Estas dos las pongo juntas, para que nos demos por aludidos tanto los que van en BTT, como los que le damos únicamente a la carretera. ¿Que tenemos las pastillas de freno como papel de fumar? No-pa-sa-na-da. Y sobre la suspensión… uff, qué lío, ponerse a meter mano entre tanto componente, tanto rodamiento, tanta leche… Nada. Y por supuesto, nada de llevarla al mecánico a que la revise, que es mucho mejor estrenar bicicleta todos los años…

Dejarla al aire libre

Quien más quien menos cogemos la bicicleta los sábados y los domingos. ¿Y el resto de la semana, qué? Pues a la terraza, ¡por supuesto!, que quede al libre albedrío de las inclemencias del tiempo, a los cambios de temperatura. Hay algún desaprensivo que la tapa con un plástico para que no se moje. Pero da igual. Estas mañanitas de niebla, o los lunes de febrero a dos grados bajo cero seguro que le sientan perfectamente, que la dejan inmaculada para que el sábado volemos sobre ella. Sin duda, este puede ser, de los cinco pasos, uno de los más efectivos para cambiar de bicicleta cada temporada: que duerma a la intemperie.