Veo el mar agitado y siento taquicardia. ¡Bocina de salida! Corro hacia las olas, una rompe justo en mi pecho, el agua está helada, comienzo a nadar, siento golpes de brazos y piernas sobre mi cuerpo, casi me arrancan las gafas, alguien pasa por encima de mí y literalmente me hunde, intento nadar pero trago agua, mi corazón sigue acelerándose, siento que no puedo respirar, creo que me voy a ahogar, intento sacar la cabeza de debajo del agua, brazos y piernas me lo impiden, paro de nadar, cojo una gran bocanada de aire, pero la sensación de asfixia sigue, pienso en abandonar, no he hecho ni 150m. Llevo meses entrenando para este triatlón, he seguido al pie de la letra todas las pautas de mi entrenador, cuido mi dieta, debería estar tranquilo pero sin embargo pienso en abandonar.

¿Qué ha pasado? Este triatleta ha sufrido un ataque de ansiedad. Breve en el tiempo. Intenso en el sufrimiento. Ha sentido que perdía el control. Ha temido llegar a morir ahogado. El instinto de supervivencia le ha hecho pensar en renunciar a su reto. Algunos llegan a hacerlo. Es lícito, es lógico. Pero no deseable, no sólo por las ilusiones truncadas, sino porque lejos de solucionar el problema lo empeora. Abandonar la competición puede suponer un alivio instantáneo, “Uf, ahora ya no lo voy a pasar mal, ya lo haré otro día”, pero es un arma de doble filo, porque en el fondo se piensa “Me retiro porque no me siento capaz de continuar”. Por lo tanto, en otra ocasión la sensación de incapacidad posiblemente se haya consolidado y sea todavía más difícil afrontar esa dificultad. Así es como comienza la trampa de la evitación.

La ansiedad es miedo a que suceda algo y puede llegar a ser pánico. En este caso, miedo a perder el control de lo que está sucediendo e incluso de llegar a morir ahogado. El triatleta (desde el novato al pro) intenta controlar, tranquilizarse, pero se asusta de sus propios síntomas (taquicardia, hiperventilación,…) y ve que a su alrededor hay variables que no puede controlar como el oleaje, el agua helada o los golpes de otros triatletas y todavía se pone más ansioso, intenta controlar más y más ansioso que se pone… Así hasta llegar al ataque de ansiedad, al pánico. Aplica la lógica, “siento que me descontrolo, intento controlar”, pero justo eso es lo que provoca más descontrol, más ansiedad, más miedo, hasta llegar al pánico.

¿Qué hay que hacer entonces después de haber sufrido un ataque de ansiedad en el agua?

Entender cómo funciona el miedo para darle la vuelta 180º. El miedo es un proceso que se pone en marcha de manera automática ante lo que nuestro cerebro detecta como un peligro. Nos prepara para huir y salvar la vida. De ahí que antes de comenzar, sólo viendo el oleaje, haya taquicardia e hiperventilación.

Lo que hay que hacer es aprender a sostener eso que nos está pasando, que es normal y saludable. Pero no mediante la relajación, que en ese momento será extremadamente difícil, sino gestionando ese miedo.

Si cuando nuestro cerebro pone en marcha ese instinto de supervivencia, que nos dice que nos vayamos, intentamos tranquilizarnos y relajarnos es como querer parar una locomotora en marcha. Resultado: siguen los síntomas de ansiedad y todavía nos ponemos más ansiosos.

Intentar controlar nos hace perder todavía más el control. El camino eficaz es todo lo contrario: intentar ponernos más nerviosos, intentar tener más miedo. No de cualquier manera, sino con técnica, con un “Entreno psicológico”, llamado “La meditación de todos los males”, que consiste en aprender a mirar a los ojos al miedo, en lugar de ser el miedo el que se presenta, nos asusta y nos paraliza, vamos a ser nosotros quienes le evoquemos y tratemos de hacer más grande. Paradójicamente de esta manera podemos gestionar esta situación. Concretamente:

  • Dos semanas antes del triatlón, hay que dedicarle 15 minutos cada día a este ejercicio durante 7 días: Hay intentar recordar y recrear alguna situación de ansiedad en el segmento del agua que hayamos vivido, intentando revivir las sensaciones físicas de ahogo, taquicardia, emporando la escena, preguntándose constantemente “¿cómo podría ser peor esta situación?” y poniendo paulatinamente un final más catastrófico del que realmente fue. Se trata de intentar provocar la ansiedad. El resultado es que nuestra mente, voluntariamente, no puede ponerse mal y si lo intentamos, no lo conseguimos, por más que queramos no podemos provocarnos un ataque de ansiedad, por lo tanto, este ejercicio nos va “inmunizando” a ese miedo a perder el control. ¡Compruébalo! Por mucho que intentes provocar la ansiedad, no lo vas a conseguir.
  • Los 7 días previos hay que hacer el ejercicio 5 minutos en tres ocasiones diferentes del día.
  • El mismo día de la prueba hay que hacer este ejercicio 5 minutos antes de comenzar.
  • Si durante el segmento de natación hubiese ansiedad, en ese momento exacto, tienes que pensar “¿Cómo sería peor?”. Intenta ponerte más ansioso. Sucede todo lo contrario. ¡Funciona!