Poco después de hacerse con su quinto título de Campeón del Mundo Javier Gómez Noya dijo en una entrevista ofrecida a El País que la única parte de su cuerpo que no le había dolido entrenando eran las pestañas, lo que deja claro los niveles de dolor que los élite pueden llegar a asumir. Me les imagino con una capacidad increíble para sobreponerse y pese al lactato, al cansacio, a la falta de fuerzas, ser capaces de hacer una nueva serie por encima del umbral. Y les envidio. Muy mucho. Porque como hemos dicho otras veces, salir de la zona de confort es complicado, y a los populares, por mucho que lo intentemos, en el fondo nos cuesta lo nuestro y lo del vecino hacer un entrenamiento de series a sangre.

Pero es que no hay otra: queremos rendir más, hay que sufrir más. Ya sabéis el dicho: No pain, no gain. El silogismo es extremadamente sencillo. ¿Y como podemos hacerlo? ¿Cómo podemos incrementar la tolerancia al dolor y maximizar la capacidad de apretar en los entrenamientos, o en el último cinco mil de un triatlón olímpico?

Partamos antes de nada de una base previa muy importante: hablamos del dolor vinculado al esfuerzo, no al relacionado con lesiones. Según un estudio del European Journal of Applied Physiology, aquellos que son capaces de llegar a umbrales más altos de dolor -o a una percepción inferior del mismo- tienen más posibilidades de alcanzar el podio que los que no. Y la buena noticia es que al igual que la técnica, o la resistencia, la tolerancia al dolor se puede entrenar.

Cómo entrenar el umbral de dolor

Hay tres entrenamiento básicos para conseguirlo. En primer lugar, hay que aprender a emular las condiciones de competición. Os pongo un ejemplo: Mi entrenador me pone muchas veces entrenamientos por encima del umbral a los que me cuesta llegar y terminan quedándose en series en Z3. ¿Por qué? Pues porque no hay motivación exógena. Me explico: no es lo mismo entrenar un martes por la tarde, tú solo, que competir un domingo por la mañana en una carrera junto a otras 500 personas. Salvando mucho las distancias, es como para un futbolista: no es lo mismo jugar en el Bernabeu o el Camp Nou que el campo de fútbol de mi barrio.

¿Y qué podemos hacer? ¡Pues competir! Planifica un calendario cargado de pruebas que te sirvan de entrenamiento para tu objetivo de temporada. Por mucho que las tomes como “solo un entrenamiento” terminarás dando lo mejor de ti mismo, esforzándote al máximo simplemente porque llevas puesto un dorsal y al acabar hay una clasificación. Además competir te da la oportunidad de emular la atmósfera que te vas a encontrar en el gran día.

En segundo lugar, los intervalos de alta intensidad. Hace un momento decía que si sales a entrenar tú solo son complicados de conseguir. Trata de hacer dos cosas: busca un compañero de viaje. Y si es mejor que tú y puede llevarte con la lengua fuera, mucho mejor. En segundo lugar, forma una idea en tu cabeza en la que focalizarte mientras las estás pasando putas: visualiza la entrada en meta, visualiza los aplausos, visualiza la medalla. Lo que sea que te sirva para apretar y decir: “me la bufa que duela, quiero conseguirlo”.

Y en tercer y último lugar: aprende a recuperar. Puede parecer una contradicción, pero no lo  es: si no estamos recuperados, mentalmente no vamos a estar preparados para mejorar nuestra tolerancia al dolor. Si nos centramos siempre en el sufrimiento, nos cansamos por el esfuerzo y no tenemos reservas, lo que disminuye es el umbral del dolor.

Por tanto, para aumentar nuestra tolerancia dolor, es necesario implementar entrenamientos cada vez más difícilespero combinados con días de recuperación. Así nos daremos cuenta en pocos meses de que somos capaz de manejar el dolor mucho más de lo que podíamos en un principio.