PREVIO

Crónica de Iñaki Goicoetxea | México

El jueves 21 de agosto viajé a Vancouver, en donde pasé la noche para el viernes temprano tomar la carretera a Whistler. Ya desde el camino me podía dar cuenta de lo que iba a vivir el domingo sobre la bici. La carretera a la que llaman “Sea to sky highway” es espectacular, pero no tiene un solo metro plano. Después de instalarme en la casa que renté, fui a la plaza olímpica en donde el ambiente de IM se respiraba en todos los detalles. Al centro de la plaza, había un enorme escenario al más puro estilo de concierto de rock, en donde ya hablaba alguno de los muchos personajes que durante el día dieron conferencias que se podían escuchar descansando sobre el pasto y disfrutando de un día soleado y espectacular. Alrededor de la plaza ya estaban montados varios stands de productos y servicios y al fondo, dos grandes carpas. La primera en la que se hacía el registro, perfectamente organizado y en menos de dos minutos te despachaban hacia la salida que conectaba hacia la segunda gran carpa: la de venta de productos de la marca IM.

El sábado temprano, siguiendo las indicaciones de mi entrenador JuanP Vázquez rodé un poco para asegurarme que la bici estuviera en buenas condiciones y le hice los últimos ajustes para entregarla en la zona de transición 1 que estaba junto al lago Alta, apenas a 3 o 4 kms del centro del pueblo. Después de colocarla en su sitio, me acerqué al lago para hacer una pequeña prueba de natación, sobre todo para ver que tal me adaptaba a la temperatura del agua, que era muy, muy fría. Tras ponerme el neopreno me metí al agua y para mi sorpresa, solo el primer par de minutos fue incómodo. Pronto entré en ritmo y mi cuerpo empezó a generar calor. Nadé solo unos cientos de metros disfrutando las espectaculares vistas de las montañas que rodean el lago. Todo en orden para el gran día.
Solo restaba comer bien, hidratarme, descansar y preparar todo lo necesario para el domingo.

Temprano el domingo después de darme un baño y desayunar, caminé hasta la zona de donde salían los autobuses para llevarnos a la zona de arranque de la carrera. El viaje en autobús fue relativamente rápido. Al llegar al lago, acomodé en mi bici los geles y barras energéticas (no podías dejarlos la noche anterior porque sería un imán para los osos). Inflé las llantas a 110 PSI, probé los frenos, y tomé la segunda parte de mi desayuno. Hacía un frío espantoso, pero el día pintaba para ser espectacular. No había una sola nube y ya el sol empezaba a asomarse por detrás de las montañas.
Ya no había marcha atrás: me enfundé en el neopreno y me coloqué hasta atrás del gigantesco grupo de trialtetas para entrar en el lago. Faltaban pocos minutos para arrancar la aventura para la que me preparé durante tantos meses…

NATACIÓN

El ingreso al lago fue en la modalidad “rolling start” que no es otra cosa más que acomodarte en medio de la masa humana en la zona que consideres más apropiada según el ritmo al que pretendas nadar. Así que los más rápidos saldrían hasta adelante, y los menos rápidos más atrás. Yo me coloqué atrás (demasiado, según comprobaría más tarde). Pasaron cerca de 10 minutos desde que se dio el cañonazo de salida para que por fin pudiera entrar al lago y empezar a dar brazadas. Los primeros metros la temperatura del agua te “shockea” y te sube el ritmo del corazón a tope, pero unos minutos después yo ya iba en perfecto control y normalizando mi ritmo, mis brazadas, mi respiración. Pero muy pronto me di cuenta que todos los nadadores que tenía alrededor eran mucho más lentos que yo, por lo que constantemente me encontraba con tráfico, lo cual se traduce en patadas, manotazos, codazos y demás contactos. Traté de no descontrolarme con los golpes y empujones, hasta que me vi acorralado entre dos nadadores y decidí subir el ritmo para adelantarlos rápido, pero sentí un golpe en la cabeza que me arrancó los gogles. Entré en pánico y me puse a buscar como desesperado hasta que los encontré. Uf, menos mal!
Al dar vuelta a la izquierda en una de las boyas, el sol que salía tras las montañas me daba de frente en los ojos justo del lado por el que suelo respirar, y el resplandor hacía muy, muy difícil encontrar la línea hasta la siguiente boya. Intenté cambiar el lado de respiración al izquierdo, pero no me sentía cómodo, así que intenté desviarme lo menos posible levantando la mirada cada 5 o 6 brazadas. No dió mucho resultado porque constantemente me desviaba. De cualquier manera, a pesar de los golpes constantes, el sol en los ojos, y el frío, iba disfrutando tremendamente la natación. Llevaba un ritmo muy cómodo y pensé que saldría con un tiempo cercano al que había previsto. Efectivamente, al salir del agua pude ver que mi reloj marcaba 1.22, tan solo 2 minutos más de lo planeado. Nada mal considerando que según mi Garmin, terminé nadando casi 4400 metros.

CICLISMO

Monté la bici y empecé a rodar a buen ritmo, subiendo las pendientes de la carretera que rodea el lago con ritmo cómodo pero decidido. La cosa no podía pintar mejor, la natación fue buena, la transición sin contratiempos y empecé a adelantar a muchos ciclistas. Pero que poco me duraría el gusto… escuché un tronido y me di cuenta que la cámara de mi llanta trasera se reventó. Me tomó algo de tiempo cambiar la llanta, pero al final lo conseguí y pude montar la bici otra vez. Ajúuuua! Que buena sensación haber salido del problema y estar rodando otra vez.
No había avanzado ni 500 metros cuando volví a escuchar un estallido, y pensé: no puede ser, no puede ser otra vez mi llanta. ¡Seguro es la de otro ciclista! Para mi mala suerte, fue otra vez mi llanta! ¡Maldita sea!
Otra vez me orillé, otra vez desmonté la llanta y volví a inspeccionar el rin buscando algo que ocasionara las ponchaduras, pero no encontré nada. Revisé otra vez la llanta y no había ningún orificio o algún objeto que estuviera ocasionando la ponchadura, así que la revisé con mayor detenimiento y me di cuenta que en un costado la llanta estaba desgarrada!
Me quedé frío, supe que mi carrera podría irse a la basura. Se me acercó una pareja de canadienses que estaban fuera de su casa animando a los ciclistas y me ofrecieron ayuda, pero no había mucho que hacer. Sin una llanta no podía avanzar un metro más.
Los minutos pasaban y pasaban, igual que todos los competidores rezagados. Mi única esperanza era que el servicio técnico de la carrera apareciera con una llanta nueva, pero nunca apareció. Mi frustración era cada vez mayor al ver que ya habían pasado TODOS los competidores y no llegaba la ayuda. Por mi mente pasaba el corte de tiempo que difícilmente iba a poder librar aunque apareciera mágicamente una llanta. Empecé a pensar en todos los meses invertidos en la preparación, el entrenamiento, los sacrificios… todo se esfumaba.

“Me sentí frustrado después de tantos meses de esfuerzo”

Cuando prácticamente daba por terminada mi carrera, pasó una canadiense paseando en su bici al otro lado de la carretera y me preguntó si podía ayudarme. Le expliqué que necesitaba una llanta y me dijo: lo siento, tengo una cámara, pero no una llanta. Avanzó unos metros, y se detuvo. Me preguntó: ¿te serviría la llanta de mi bici? Si te sirve te la regalo.
– ¿En serio? ¿Me regalarías tu llanta?
– ¡Claro, es solo una llanta!
Mientras yo desmontaba la llanta de su bici tenía un nudo en la garganta. Prácticamente no podía hablar por la emoción de que una desconocida estuviera a punto de salvarme el día! Monté la llanta en mi bici, agradecí a la gente que se acercó para darme apoyo moral, empecé a pedalear y mientras la gente aplaudía di un tremendo grito de emoción después de haber estado cerca de una hora detenido. Que sentimiento de emoción y agradecimiento!. Tuve un nudo en la garganta durante muchos, muchos kms.

Fue duro tener que remar contra corriente todo el camino. Primero rodé en total soledad y después de un tiempo empecé a adelantar a muchos competidores. No encontraba a alguien que rodara a un ritmo similar al mío, para cuando menos tener una referencia. Subidas y bajadas adelantando y adelantando gente. A buen ritmo, pero intentando reservar energías por que la ruta es muy dura. Hay subidas y bajadas constantes y desgasta mucho. Además lo peor vendría del km 145 hasta el 180 que son de pura subida. Eso sí, los paisajes son impresionantes todo el tiempo; montañas, bosques, lagos, y la carretera en perfecto estado. Las bajadas se podían atacar con mucha confianza porque no eran demasiado técnicas. Las subidas había que atacarlas con paciencia para no quemar las piernas.
Al pasar el km 70 ya empecé a sentir el calor, sobre todo en las subidas al circular a baja velocidad. Llevaba un plan de hidratación y nutrición que me preparó mi entrenador JuanP Vázquez y que respeté al pie de la letra y me iba dando buenos resultados, hasta que por ahí del km 140 o 150 me empezaron a dar nauseas. No era algo insoportable, pero me impedía comer. Lo único que podía hacer era esperar que la sensación pasara pronto.
Por el km 170, ya acercándome a Whistler, se podía ver a algunos competidores corriendo en maratón en la parte izquierda de la carretera con un lago y las montañas de fondo, mientras en la parte ciclista, muchos caminaban junto a sus bicis derrotados por el calor y lo implacable de las subidas. Me alegré que por fin la etapa de la bicicleta estuviera próxima a terminar. Ya tenía ganas de correr. Iba pensando: ya pasó lo peor, ya solo falta correr un maratón! Lo has hecho muchas veces!
Por fin desmonté la bici, se la entregué a un voluntario y entré en la carpa para prepararme: gorra, lentes, tenis, número, geles… vaaaaamonos!!!!

CARRERA A PIE

La ruta te lleva rápidamente fuera del pueblo a caminos en medio del bosque. Algunos pavimentados, y algunos de tierra, lo que hace que sea una ruta muy entretenida, además con mucho público animando. Entre lagos y montañas se veían corredores ir y venir. Los más adelantados, probablemente ya en la segunda vuelta y acercándose a la meta, con cara de sufrimiento.
Tenía la esperanza de que las náuseas y malestares que empecé a sentir en la bici desaparecieran, pero seguía sin poder comer nada, y bebía lo indispensable para no deshidratarme bajo el intenso calor. Pronto empecé a sentirme menos fuerte y empecé a dosificar las energías. Los tramos de subida los hacía trotando muy despacio y los tramos planos o de bajada corriendo. Los kilómetros pasaban lentamente pero sabía que estaba más cerca de convertirme en IM y ya nada podría detenerme. En los abastecimientos bebía un traguito de Pepsi y comía un pedacito de plátano. Más tarde probé la sopa de pollo, que empecé a tomar cada segundo abastecimiento. Era todo lo que mi estómago aceptaba y no parecía ser suficiente. La energía se me iba acabando, pero no me iba a detener.

Por ahí del km 30, un par de corredores que iban frente a mí se detuvieron y me dijeron que había un oso frente a nosotros. Ahí estaba, escondido entre la maleza. No parecía importarle mucho que estuviésemos a pocos metros, y salió para comer algo en la orilla del camino. Fue impresionante ver a ese bicho a pocos metros. Cuando volteaba la vista hacia nosotros, nos retirábamos un poco caminando en reversa sin hacer movimientos bruscos. Después de unos minutos no quedó más remedio que regresar algunos metros para poder brincar una cerca y continuar el camino por otro lado. 4 o 5 kms más adelante se llegaba al final del camino y había que volver por el mismo lugar. Supuse que después el tiempo que me tomó recorrer la distancia el oso ya se habría ido, pero ahí seguía, ahora arriba de un árbol, con dos osos más pequeños en otro árbol. Un “especialista” ya intentaba resolver la situación para que no representara un riesgo para los osos o para los corredores. Unos días después me enteré que los durmieron para retirarlos de la zona, pero al despertar, la mamá asfixió accidentalmente a uno de los oseznos. Aquí la historia completa: http://m.piquenewsmagazine.com/whistler … id=2798228

Los últimos kms fueron lentos y duros ya sin luz de día y con la reserva de energía en zona roja. Los voluntarios y el público no dejaban de apoyar y eso levantaba un poco los ánimos. Ya para el km 40 sabía ya lo había conseguido y que solo restaba disfrutar. Empecé a trotar con mejor ritmo, y por ahí del km 41 ya alcanzaba a oír al público en la zona de meta. La inyección de energía fue increíble. Me empezó a pasar por la mente una serie de imágenes de todos los meses previos, de todo lo que me llevó a estar ahí, y recordé nuevamente a la canadiense que me regaló su llanta.
La emoción de entrar en el pasillo final que lleva a la meta, con la alfombra roja, el público en los costados gritando, y el arco de meta al final, es indescriptible. Ahí vi a Carolina, le mandé un beso y recorrí los metros finales brincando y chocando las manos con la gente. Di un grito de emoción y festejé con el anunciador de fondo diciendo:

Iñaki, you aaare an Ironmaaaaan!!

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