Lo que empezó con una cesta de Navidad y unas casi 700 papeletas vendidas, acabó con una jienense cumpliendo su sueño de ser ironwoman, cruzando la línea de meta en 10h 42′ 11”. Siendo del sur y acostumbrada a entrenar a temperaturas de casi 40ºC, los pronósticos de lluvia no eran los más favorables para alguien de Granada que se puede permitir el lujo de no entrenar bajo la lluvia.

El día se presentaba gris y las aguas del río Maas turbias, al escuchar la cuenta atrás y el sonido de Lindsay Starling con cristallize lágrimas empiezan a caer por mis ojos, y al compás de la melodía poco a poco nos amontonamos, los segundos parecen horas, la tensión se palpa, noto como las lágrimas se amontonan en mis ojos y empiezan a caer por mis mejillas… Y lloro, lloro por las madrugadas, lloro por los atardeceres y noches de frío, lloro por esa bendita locura que me hizo ponerme en pie cada mañana para luchar por algo que parecía que nunca llegaría, pero allí estaba yo, poco a poco acercándome a la línea de salida.

Por primera vez en todo este tiempo, tenía miedo, me sentía pequeña, insegura… entonces… Salté al agua y el agua del Maas, me devolvió a mi ser y allí estaba yo nadando sin prisa pero sin pausa (al ser mi primer Ironman no sabía cuánto guardar) quedaba todo el día por delante.

Salí del agua y corrí hacia mi bici, ella es la única en la que encuentro la paz, el chip cambia… yo y mi bici a pesar de no ser una cabra y la más apta para esta competición somos imparables, hasta que la lluvia empezó por esos caminos de cabras, por el empedrado de las calles de los remotos pueblos de Bélgica, con tantos; giros, rotondas, y dos cuestas que cortaban el aliento de todos los participantes cuando las teníamos enfrente, las caídas de muchos participantes hicieron crecer un poco la inseguridad… hemos venido a acabar, me recordaba, no podemos permitirnos una caída, y con un poco de tristeza acabamos el circuito de bici con la idea de que no lo habíamos dado todo.

Para completar el día con todos los climas posibles el sol brillaba mientras me ponía mis zapatillas y salía a volar, la sensación era muy buena las ganas de llegar me hacían correr los 5 primeros km a 4’30 y me di cuenta que lo máximo que había corrido en mi vida para preparar esta prueba fueron 25km, así que decidí moderar el ritmo e intentar mantener 5′. Justo en el km 4 había una cuesta que desde luego no tiene nada que envidar a las del Albaizin de Granada, y cada vez que la subía me repetía, bueno la próxima vez la subes andando pero esta vuelta no puedes parar, y de esa manera me engañaba para no parar, las vueltas pasaban y cada vez que llegaba a la cuesta apretaba lo dientes.

Al pasar el km treinta solo pensaba no puedo más se acabó me duele todo… Miraba a la gente en busca de esa motivación que poco a poco iba perdiendo en mi misma, entonces leí un cartel que decía: “When your feets hurt and you can´t run do it with your heart” Cuando tus pies duelan y no puedas correr más, corre con el corazón, de nuevo las lágrimas empezaron a correr por mis ojos… y ¡vaya si corrí!, corrí con mi corazón y con todas las fuerzas de mi alma, corrí pensando en esos amaneceres, en las pocas horas de sueño, en tantas horas de trabajo, universidad, entrenamientos, sacrificio, qué grande es el cuerpo humano y hasta que límites podemos llevarlo, y así entré en meta muy emocionada porque para esos últimos diez kilómetros tuve que sacar todo lo que me quedaba…

Dicen que el corazón mueve mareas, a mi hizo llegar muy lejos, las fuerzas de seguir eran guiadas por emociones y sentimientos porque mi aliento se había quedado bastante lejos de la meta.