Ha pasado una semana y sigo mirando la predicción meteorólogica a diario para saber si los dioses del triatlón querían prepararnos para el Ironman de Lanzarote o el vendaval que azotó  Peñíscola el domingo pasado es algo habitual. No he vuelto a ver rachas de 50km/h ni en en la localidad Castellonense (y tampoco en Lanzarote o Hawaii) así que decididamente el Infinitri Half Triatlón estaba destinado a ser un test muy realista de cara al Ironman del 20 de mayo.

Las predicciones toda la semana ya avisaban. En el móvil el sol reinante pasaba a ser ese símbolo que quiere decir “viento, mucho viento”, y en la previa ya comenzaba a avisar… Un día soleado en el que cuando soplaba no era agradable, y ese no es agradable pasaba a preocupante cuando caían al suelo por la fuerza del dios eolo las clásicas vallas ancladas al suelo con un bloque de cemento. Si hay que prepararse para el viento de Lanzarote parece que lo haríamos a lo grande.

A las 5:30 de la mañana sonaba la diana el día de la carrera para bajar a desayunar. Ahí me encuentro con Marco y quitamos un poco el nervio con bromas y risas viendo a algunos participantes desayunando con el neopreno (puesto). Desconozco si tiene alguna utilidad o sería una manía pero angustiaba verles a las 6 de la mañana preparados cuando la salida era a las 8. Subimos a la habitación, cogemos todo para llevarlo a la transición y dejar listos los últimos detalles: dejar zapatillas, calcetines, gafas, geles, hinchar ruedas… Todo preparado y revisado hasta cinco veces, que nunca se sabe si la rueda que has hinchado hace un segundo es la del vecino o si has puesto las zapatillas de andar por casa en lugar de las de correr en el cesto. Los clásicos nervios precarrera…

Vamos a la playa norte en la que se tomaba la salida, a cinco minutillos andando de la transición, y cuando estamos allí todos embutidos con el neopreno nos dicen que por corrientes y cierto peligro la natación se haría en su totalidad en la playa sur, y se cambiaban los 1.900 metros por 1.000 y la bici pasaba a ser de 72 kilómetros en lugar de 90… Otro ‘problema’ al que hay que amoldarse (digo otro porque el viento soplaba ya animado), sumado al retraso en la salida para preparar todo.

salida natación

Foto: Infinitri Sports

Allí estábamos cuatro amigos nerviosos, cada uno con su objetivo en la cabeza acompañados de nuestras ‘supporters’ con sus legañas y su cara de “con lo a gusto que estaría yo durmiendo”, esperando el pitido de salida, que al final llegó… PIIIIIIIIIIIIIIIIIII!! (O MECCCCCCCCCCCCCCC, cada uno imagina el sonido como quiere).

¿Sabéis lo que es ponerte una bolsa de hielo en la cara? Pues fue mi sensación al meter la cabeza en el agua… ¡Helada! Se me cortó la espiración, no podía ni nadar y me agobié demasiado así que en ese homenaje a mi primer triatlón en el que nadé los 750 metros a espalda…. me di mis 10 brazaditas mirando el cielo para habituarme.

Como siempre, salgo atrás en la natación por el miedo a que el triatlón se convierta en lucha libre acuática y, si bien es verdad que no recibo mucho (algo siempre te llevas), se me complica mucho la natación teniendo que adelantar a mucha gente. Los pies  que cojo se me quedan muy cortos, y al adelantar siempre hay alguien cogiendo mi espacio, bloqueándome o cortando el pasó, por lo que no es una natación cómoda. Y para colmo, al giro de la segunda boya… “¿Dónde está el arco de Red Bull?”

Una cosa es que este nadando regular y siguiendo algunos pies mejorables pero mucho me extraña que estemos yendo tan mal… Relax, levanto la cabeza y veo que sigo a todos los gorros rojos. Nada raro entonces… Al llegar a la playa el arco en el suelo destrozado por el viento… Me salen (nos salen a todos) 1.200 que termino en 20 minutos y ‘acojonao’ me voy a por la bici.

Con los pies con arena decido ponerme las zapatillas sin calcetines y comienzo a rodar… He de decir que la bici es mi sector más delicado, en el que peor estoy pero también donde más he mejorado por lo que cada vez que me subo es una especie de examen para mi y a los 300 metros… tengo que pararme. El reloj me marca lo que quiere y yo sin el reloj… no puedo. No saber si voy rápido, lento o el ritmo es algo que me puede así que me toco resetear y empezar de cero.

Y cuando reloj empezó a funcionar marcaba un ritmo penoso en los primeros kilómetros. Me resultaba complicado ir a mas de 20km/h y sinceramente, no sé ni de dónde me venía el viento. Si lo llego a saber tiro el reloj al mar y me casco 2 horas de rodillo y luego a correr.  Aquello era un despropósito y había que tratar de no caerse en bici, algo que se da por hecho pero muy importante a la hora de avanzar, porque el viento soplaba racheado, de todos lados y soltar el manillar era más peligroso que unas muletas con rueditas.

Foto: Infinitri Sports

Foto: Infinitri Sports

La realidad es que también soy muy muy diésel y voy muy poco a poco cogiendo ritmo. En la mitad de la primera vuelta ya me encuentro mejor, y por primera vez en una carrera cojo a gente subiendo, aunque bajando me pasan ellos. A mi lo de ir muy rápido como que no me encanta y veo las bajadas más como un descanso que como un terreno para seguir ganando tiempo, así que ahí lo pagaba.

Pese a todo voy con un grupo de triatletas (sin hacer drafting que conste) que nos vamos adelantando y perdiendo posiciones continuamente. Yo paso en las subidas, me pasan en las bajadas, de repente en el llano era aquello una lotería, así que acabamos  saludándonos y bromeando en cada adelantamiento. Buen ambiente…

Si hubiera podido me hubiera encantado una tercera vuelta o hacer los 90km originales pero la seguridad era lo primero así que se nos quedó un ‘holfimpico’ un poco raro pero bueno, hay que adaptarse. Terminadas las dos vueltas, de nuevo volvemos a Peñíscola ante la voz alentadora de una voluntaria: “Que ya es todo bajada”. En ese momento tu piensas en que sin dar un pedal te plantas en la transición por lo que en la tercera tachuela estuve a punto de dar la vuelta y decirle al voluntario, “venga, haz tú la bajada hasta Peñíscola”. Esos calentones mentales que cada uno se lleva  pero muy top todo el equipo de voluntarios….

En la transición me bajo de la bici con las zapatillas, quitarme las calas en marcha y bajarme hubiera sido motivo de portada en el diario de Peñiscola al día siguiente así que con cuidadito me baje de la bici y la puse en su puesto. Tocaba prepararse para correr… ¿Sabéis eso de que hay que dejar todo preparado para rápido correr? Pues yo dejé los calcetines como quien los recoge del tendal después de secarse, hechos una pelota, por supuesto al deshacer el nudo estaban los dos del revés, ponte a darles la vuelta, estirarlos… Me falto el vestidor y haberlos planchado para evitar arrugas pero me pareció grosero así que todo lo rápido que pude me puse a correr…

La salida de la Transición estaba muy animada, el comienzo del pueblo, mucha gente  y eso te embala… Además ves ahí a los tuyos y para que te vean bien y animado sonríes, aprietas y cuando te das cuenta estás corriendo a 4:35… “A dónde vas”, me digo. A ese ritmo mueres en 10 minutos, así que me obligo a bajar un poco corriendo en 5 bajos. Me encuentro bien en carrera, y me voy controlando. Llevo una estrategia de geles toda la carrera que me está yendo bien y cada 45 minutos me chuto uno…

infinitri peniscola meta

Foto: Infinitri Sports

Pero la alegría dura poco y un muro se pone delante de mí… Vaya salvajada. Regulo, rodillas arriba y lo subo pero pienso que lo tengo que subir 4 veces, dos por cada lado, y me pongo malo.  Recupero un ritmo bueno y continúo la media maratón, estoy contento con cómo corro hasta que llega otra subida criminal y como punto de giro para volver hacia Peñíscola otra. Qué pasada, nunca había corrido una media maratón tan dura y menos en un tri, pero también es verdad que pocas que corrido con un paisaje tan increíble en el que solo el mar y un parque natural eran testigos del esfuerzo de 800 tíos dejando sus últimos esfuerzos por sus cuestas.

Y en el kilómetro 14 empezó la odisea. La madre naturaleza llamó a mi puerta (vejiga) y miren, yo soy más de pararme que de mearme encima (tan respetable como poco higiénico) así que allí me paré mirando el Mediterraeo durante 26 segundos según mi reloj, y aprovechando para recuperar algo de aliento de cara al final. Para este tramo tenía mi último gel en el mono y… ah no, que no llevaba. ¿Recordáis lo del pulsómetro en la bici? Pues estas son las cosas que te rompen los esquemas. Se me cruza la mente, en el último avituallamiento pido uno y nos les quedan y otro corredor me ofrece lo poco que tiene, la mitad del suyo.

Agradezco enormemente el detalle pero ese gel tuvo el mismo efecto que un chupito de jagger a las 5 de la mañana. Arcada instantánea, inclinarme en la cuneta y… (no sigo no?). Ando unos metros pare recuperar, trato de beber y me pongo a correr porque solo quedan 5 kilómetros. Voy cogiendo el ritmo, me recupero, los muros ahora van despareciendo a mi paso hasta que enfilo la calle principal y, un clásico, mi carrera se convierte en académica después de ir retorciéndote como un gusano los últimos kilómetros. Incluso subo el ritmo…

Enfilo la línea de meta. Allí están los míos animando y cruzo el arco de meta bajo un 4:44 que es en realidad 4:40:42. Un tiempo que, según los expertos del lugar, de no haberse recortado las distancias sería mas o menos una hora menos del tiempo final. 5:40:40, casi 40 minutos menos que mi mejor half y con margen de mejora.

La próxima parada será Lanzarote. Si hay justicia parte del viento que debiera haber en Canarias ya nos lo comimos en Peñíiscola así que podría ser un día tranquilo pero qué demonios, vamos preparados para lo peor. A un futuro hombre de hierro no se lo lleva el viento (o eso espero).