Foto: Flickr //Jesús

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No nos podíamos quedar sin crónica en primera persona de lo que ha sido la edición más dura en cuanto a climatología de la QH. Y ahí teníamos a mi amigo Óscar Castillo, ya conocido en el mundo del triatlón, cogiendo el toro por los cuernos y plantándose en meta con un tiempazo de 6h46min. No puedo estar más orgullosa de tener un amigo así, entrenar con gente como él te hace grande. ¡¡Enhorabuena Óscar!!

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Crónica Quebrantahuesos 2016 por Óscar Castillo

Todo comenzó hace tres años cuando me compré la “flaca” y empecé a salir con la grupeta de Cuatro Caminos en Guadalajara. En esas primeras salidas se me metió el gusanillo de hacer la Quebrantahuesos algún día y por fin, el pasado día 18 de junio, me enfrentaba a ese gran reto ciclista, lleno de ilusión y con un gran número de temores, dudas y mucho, mucho respeto.

El objetivo era claro: no caerme, que no me tiraran y acabarla sin sufrir en exceso, disfrutando cada kilómetro de lo que era mi primera participación en una gran ruta cicloturista.

El bagaje con el que me enfrentaba a la QH era de tan solo 3.000 Km recorridos de abril a junio, durante sábados y domingos, con algunas sesiones de ciclo indoor entre semana, lo cual, visto el resultado y tal cual me indicaban mis experimentados compañeros de fatigas, ha sido más que suficiente.

Para aderezar el reto, las predicciones meteorológicas eran de agua en la vertiente francesa y frío intenso en las cumbres de Somport, Marie Blanque y Pourtalet, lo cual se cumplió literalmente. Estas duras condiciones hicieron que de los 9.000 inscritos solo se presentaran en la línea de salida unos 7.700 valientes, completándola definitivamente tan sólo 5.000 participantes.

En Somport comenzó la parte más dura y difícil de la carrera, al principio algunas gotas, pero arriba, a partir de Candanchú y hasta la cima, agua y frío a raudales. Aquí muchos ciclistas, entre los que estaba el homenajeado Beloki y mi buen amigo Nacho Laso, al que me pareció reconocer cuando bajaba, decidieron con buen criterio dar la vuelta y regresar a Sabiñánigo.

 

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Para mi consuelo, en la cima me esperaba mi mujer, Miriam, y esta vez, por fin, ¡conseguimos vernos!, lo cual me supuso un chute de energía, que me hizo lanzarme al descenso de Somport, sin vacilar ni por un instante.

La bajada de Somport fue lo realmente duro, agua corriendo por la carretera, frenos que no respondían, cuerpo, manos y pies helados, tacto casi nulo, gafas completamente empañadas, ciclistas parados en la cuneta, otros emprendiendo el camino de vuelta a mitad de puerto, en definitiva, un panorama para “disfrutar” y ciclismo en estado puro.

En plena bajada y pensando constantemente, si avanzar o volverme, por el frío que llevaba, me adelanta como un auténtico misil, mi compañero de entrenos Toni Morán, diciéndome que no me parara y que teníamos que intentar entrar en calor. Con ello nos ponemos en cabeza de pelotón y empezamos a marcar el ritmo, como si de una de nuestras salidas semanales se tratara. ¡Vaya recuerdo inolvidable que me queda! nos pusimos a charlar, olvidándonos de las condiciones y ahí cambió la carrera para mí, empecé a disfrutar y ver la parte positiva de la misma, ¡lo más duro ya estaba hecho!

A la llegada a la falda de Marie Blanque, le pierdo la pista en el avituallamiento líquido y posteriormente me lo encontraría de nuevo en la subida a Portalet. ¡Vaya tío duro! Lleva toda la temporada con el agua persiguiéndole allá por donde vaya y ese sábado tenía doble ración.

 

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En Marie Blanque se despejan algo las nubes y me sobran hasta los manguitos, con lo que me centro en poner ritmo constante y por la izquierda, voy rebasando a un montón de ciclistas que serpentean para subir el puerto más duro del día. Arriba, paro de nuevo para ponerme el impermeable y afrontar la bajada abrigado y tranquilo hasta el avituallamiento. Allí encuentro de todo, pero cojo lo básico: líquido, plátanos, nueces y filipinos.

Ahora rumbo a por los últimos 100 Km de la QH, con las fuerzas intactas,  piernas sin muestras de cansancio y manos y pies sin síntomas de congelación!!! Esto marcha a lo grande, hay que pensar en ir gastando cartuchos y disfrutar del paisaje y todo lo que le rodea a la carrera.

En la recta desde Bielle hasta Laruns, tengo mala suerte y no cojo ningún pelotón en el que acoplarme, descansar y alimentarme, tan solo cazo a dos ciclistas y entre uno de ellos y yo, trabajamos en relevos cortos para llegar a pie de Portalet, ¡se me hizo interminable!

En los comienzos del Portalet, la gente empieza a quedarse clavada y con buena cadencia, empiezo de nuevo a pasar a gente que va muy atrancada. A pesar de llevar poca agua, tan solo unos 200-300 ml, decido no parar en el avituallamiento a mitad de subida e intentar tomar algo de lo que me ofreciera la gente en la ascensión. Había leído que durante el ascenso de Portalet había un gran número de seguidores que ofrecían agua y ánimos, a la vez que abrían un pasillo a nuestro paso, al más puro estilo Tour o Vuelta a su paso por Pirineos. Pero tan solo había unos pocos vascos y algún que otro familiar de corredores, muy dispersos en el recorrido, con lo que llegué sin gota de agua y con principio de deshidratación.

La subida a Portalet, me resultó muy fácil, su suave pendiente hizo que disfrutara de las espectaculares vistas tanto al mirar para arriba y ver la interminable subida, como cuando miraba hacia abajo y veía el rosario de corredores que subían por el tramo que ya había recorrido. El que llaman el juez de la QH fue benévolo conmigo y me dejó unos recuerdos y sensaciones inolvidables.

 

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Arriba en la cima, frío y granizo para recibirnos, pero como si nada, ¡ya estaba todo hecho! De camino a la Hoz de Jaca, parada en el descenso para coger agua y algo de comida, ya que los bolsillos estaban casi vacíos.

Al comenzar el ascenso a la Hoz de Jaca, al quitar plato, se me sale la cadena y me cuesta un buen rato ponerme en marcha de nuevo, se había atascado con el cuadro y no acertaba a sacarla. Con el cabreo de haber perdido al grupo en el que íbamos siete u ocho ciclistas, pego un arreón y decido afrontar toda la subida de pie, era un puerto muy corto y similar a alguno de Guada, por lo que me lo podía merendar con un par de piñones de más y a buen ritmo. Recuerdo que arriba, en el arco de cima, un chaval al verme de pie y apretando de lo lindo, me dice “vamos Óscar que vas que te sales” y pensé exactamente lo mismo, parecía que el cansancio no había llegado y había que disfrutar del momento.

La bajada me resultó de lo más peligroso de toda la QH, con curvas cerradas y mucha pendiente, menos mal que el asfalto estaba seco y que íbamos muy separados entre nosotros.

Desde la Hoz de Jaca hasta Sabiñánigo, más de lo mismo, grupo reducido, pocas fuerzas de la gente y a tirar de nuevo de la grupeta junto a un andaluz que al darme el segundo relevo, me dijo: “aquí no va a entrar nadie, esto es cosa nuestra” y así nos plantamos en meta.

De broche a estos últimos kilómetros, en la recta del Pirenarium, antes de meta y encabezando el grupo, veo a mi esposa y se me disparan las emociones. Más tarde, en meta, al encontrarnos, no pude contenerme y al darla un beso y un abrazo, se me escapan unas lagrimillas que reflejaban el tremendo esfuerzo y la emoción de haber superado un día épico, que será difícil de igualar en emociones y satisfacción.

Finalmente un tiempo en meta de 6h:46´ y  medalla de oro, algo secundario y que en ningún momento era mi objetivo, por tratarse de mi primera participación y aún menos, con las condiciones meteorológicas vividas en la que, según los medios y organización, han definido como la edición más dura realizada hasta la fecha.

En este momento, ya estoy pensando en mi próxima participación, ¡¡¡seguro que no será tan dura!!!

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