Era ya mi sexta maratón y parecía que ya me hubiese estancado por encima de esas 3 horas y 30 minutos que son tan difíciles de superar. Una única vez lo intente de verdad, teniendo medido el tiempo de paso cada 5 kilómetros y fue un sufrimiento constante. Al final, el tío del mazo me metió una ostia que aún la recuerdan en Valencia.

Así que decidí no volver a ponerme retos, simplemente a correr con todo lo que tenía y si alguna vez en el kilómetro 36 lo veía al alcance, pues morir en la carretera. A mí me gusta desmontar mitos del maratón, porque creo que la gente se está volviendo un poco tonta con el tema de los entrenamientos, así que lo mio fueron dos meses de entrenamiento y solo dos tiradas largas de 24 y 25 kilómetros… Siempre lo he hecho así y siempre me ha funcionado.

Maratón de Chicago 2017

Foto: Facebook /Bank of America Chicago Marathon

Pero vayamos a la Maratón de Chicago… Teníaas que estar allí sobre las 5:30 de la mañana para salir a las 7:30 (gracias al jet lag que me hacía despertarme sobre las 3 de la mañana, es no fue problema). Y, joder el frío que pasé… era de noche cerrada y todos vimos al final el amanecer sobre el lago Michigan. Y el problema es que el cambio de temperatura con el día es brutal… alcanzamos los 25 grados a las 12 de la mañana.

Antes de empezar a correr, una soprano cantó el himno americano y fue bastante emotivo si no fuese por un grupo de 10 argentinos que estaban haciéndose una foto y que no paraban de gritar…. Y después del himno un poco de espera y sonó el comienzo de la carrera.

Yo estaba en el cajón D, en el penúltimo cajón de la primera oleada y menos mal, porque los que salieron después acabaron más allá de las doce, con desfallecimientos y todo. Nueve minutos después de que saliesen los primeros pulse el botón de mi reloj y comenzó mi aventura.

Mirad, había gente que me dijo que no era muy bonita la maratón… Pues no sé en qué pensaban cuando me lo dijeron. A una maratón la hace “bonita” la organización y la gente de la ciudad y nunca he estado en ninguna maratón que se la acerque ni de lejos. Habría como 2000 voluntarios para dar agua, bebida y comidas, cada 3 kilómetros tenías un avituallamiento, miles y miles de personas animando durante todo el recorrido, grupos improvisados tocando, a fin de cuenta una ciudad entregada con la maratón…. Nos queda mucho que aprender.

Los primeros kilómetros son un poco raros, porque al estar entre los rascacielos el reloj perdía la señal de GPS y se volvía loco… así que salí en el kilómetro 4 con 500 metros de más en el reloj, por lo que a partir de ese momento no pude hacer caso a la distancia que marcaba y lo utilizaba únicamente para ver mi ritmo en cada kilómetro. Había hecho un estudio de la carrera y sabía el kilómetro donde se hacía cada giro (es lo bueno de las ciudades con calles tan cuadriculadas) así que usaba está información para ver cómo iba mirando el tiempo.

Maratón de Chicago 2017

Foto: Facebook /Bank of America Chicago Marathon

El entrenamiento duro estaba dando sus frutos, ya que me puse a un ritmo constante de 4:40 y notaba que iba muy cómodo. Esto ya me ha pasado alguna vez… pero hoy era diferente, me movía con una soltura impropia de mis 1,89 metros y 82 kilos, notaba que no necesitaba esforzarme mucho para conseguir ese ritmo…. La cosa iba muy bien.

A partir del kilómetro 4 había una recta hacia el norte de 8,5 km y sabía que eso iba a marcar un poco mi ritmo… Pues no bajé, seguía en mis 4:40 e incluso me daba alguna alegría en alguna de las pequeñas bajadas que había en el parque Lincoln (la maratón es bastante plana y las subidas y bajadas son muy tendidas). Además, mi mujer, mis hijas y unos amigos me esperaban un poco pasado el kilómetro 12, eso es algo que te da fuerzas siempre para ir como una moto.

Y después de subir hasta el norte, tocaba bajar otros 8 km hacia el sur…. Esta parte seguía siendo plana y mis entrenamientos espartanos sin música dando 12 vueltas a un parque de 2km estaban dando sus frutos. Mi ritmo era constante, el bullicio de la gente animando era mucho mejor que la banda sonora que tenía la gente que iba con cascos… Y además, los avituallamientos de agua y Gatorade cada 2km y pico hacía que nunca estuvieses aburrido… En el avituallamiento siempre cogía las dos cosas, doblaba las bocas de los vasos y un traguito de gatorade, un traguito de agua y el resto de agua por la nuca…

Y llegaba una de las partes duras, por lo menos a nivel psicológico, y era la parte cuando nos íbamos y volvíamos al oeste, a la zona de la Universidad del kilómetro 20 hasta el 26… Aquí era donde había menos público y donde yo pensaba que iba a empezar a pagar esos 4:40 que estaba llevando… pero no. Seguía con buenas sensaciones. Miraba el reloj y poco a poco me daba cuenta que bajar de 3:30 era una posibilidad real, empezaba a calcular en mi mente a cuanto tenía que hacer el resto de kilómetros para bajar de ese tiempo, pero cada kilómetro que hacía seguía superándome y el cálculo ya empezaba a indicar que si el resto lo hacía a 5:15 lo iba a conseguir. Yo nunca he sido de los que van de menos a más… Yo siempre doy lo que tengo en cada momento y la apuesta me estaba saliendo bien.

Y durante este tramo, pasó lo impensable, llegue al “globo” de 3:30, me puse a su lado, pensé que yo podía ir más rápido y le dejé atrás. Luego, al de 3:29, luego al de 3:25 y por último al de 3:20… No me lo podía creer, empezaba a pensar que el 30 iba a llegar el “tío del mazo” y me iba a dar un bajón de los que hacen época, pero me sentía tan bien.

La siguiente fase era del kilómetro 26 al 34,5…. Está parte era buena porque pasábamos por Little Italy y por Chinatown, además era tramos de entre 1 y 2 kilómetros y luego un giro, por lo que a nivel de cabeza era más fácil que cuando son rectas infinitas que haces que te hundas en este momento de la carrera…. Bueno, pues aquí empecé a temer lo peor, ya que los gemelos empezaron a quejarse… Empezaba a notar pequeños calambres y me preocupé un poco. Llegamos a la zona donde te daban plátanos y pensé que ahí estaba mi solución… Qué mal pensamiento, cogí un plátano, intente comerlo y no podía, estaba yendo tan rápido que no podía comer nada sólido, así que le dí fuerte a los geles para ver si eso aliviaba mi dolor.

Pero había dos cosas que me hacían seguir corriendo… Por un lado, que mi mujer y mis hijas me esperaban al final de este tramo, y que tenía que seguir corriendo por ellas y que desde Madrid un montón de gente me estaba siguiendo tramo a tramo y no quería decepcionarles (gracias Ana, tu “presión” me ayudó muchísimo para seguir adelante). Esto hizo que siguiese con mi ritmo brutal…. Y ya veía que podía hacer lo que me quedaba a casi 6:00 min/km y bajaría de los 3:30… pero quedaba lo peor.

Los últimos 7 kilómetros y pico son terribles. Vas hacia el sur algo menos de 3 km en una recta enorme y empieza a haber cuestas un poco empinadas. No lo entendía, porque en la altimetría solo marcaba una cuesta muy empinada, pero en esos momentos veía que todo mi trabajo se podía ir al garete… entendía que haber mantenido el ritmo hasta el 5 se debió a que el terreno era un poco de bajada y ahora tocaba sufrir. Y empezaron a desfilar los “muertos” a mi alrededor, una cantidad enorme de gente empezaba a pararse. Era increíble cómo a mi alrededor iban cayendo uno tras otro y yo solo pensaba que tenía que seguir. El reloj se disparó hasta los 5:10 min/km y pensé que llegaba la pájara… Pero entonces dejé de pensar en la carrera, me concentré en cada paso que daba, no había nada más en la carrera que una señal de tráfico a 200 metros a la que tenía, que llegar, luego un semáforo a 150 metros, luego otro corredor que se había puesto a andar… Pequeños retos que hacían que me esforzase y que pudiese pensar en otra cosa a que me estaba quedando sin fuerza. Y lo estaba consiguiendo, el ritmo no aumentaba, aunque mis pulsaciones sí.

Y llegó la recta del infierno, 4 kilómetros, del 38 al 42 en una recta infinita por la calle Michigan. Un rompe-piernas con subidas y bajadas, donde cada kilómetro se hacía eterno, donde que mi familia me esperase a mitad, en el kilómetro 40, me dio fuerzas para seguir… Intentaba no perder el ritmo, intentaba no pararme, pensaba en todos los días que he calentado a 5:15 y pensaba que no costaba nada y ahora sentía que era un mundo mantenerme a esa velocidad. Paso a paso, metro a metro le iba ganando la partida a la maratón. Mi cabeza seguía haciendo cálculos, podía andar rápido y bajaría de 3:30, pero no quería hacer eso, quería hacer una marca histórica para mí, quería que una vez llegado ahí esto pudiera recordarlo toda la vida, no me iba a parar iba a dar todo lo que me quedaba dentro.

“¡¡¡¡ Paco !!!!!” -gritó mi mujer-, y apenas podía levantar la mano para saludar porque estaba concentrado en seguir, en no bajar el ritmo en romper el crono… Miré el reloj y ya no iba a hacer menos de 3:20, pero siguiendo así, bajar de 3:25 iba a ser posible. ¡¡¡¡ Vamos !!!, le decía yo a mi cabeza. Kilómetro 41 y notaba las piernas a punto de decir basta, pero sabía que me quedaba muy poco y que luego podría descansar. La cara de sufrimiento en toda la gente de mi alrededor, pero yo seguía… ya se vislumbraba el final de la calle Michigan y el giro a la derecha del parque, luego otro giro a la izquierda y la llegada. Eso sí, sabía lo que me esperaba tras el primer giro… Una subida digna de la maratón de Madrid.

Giré a la derecha y me encontré de bruces con ella, velocidad ridícula por encima de 6 min/km en una subida donde lo importante era no pararse, miré donde acababa, entonces miré al suelo y me puse a contar en mi mente… 1, 2, 3, 4… No quería mirar hacia la cuesta, quería acabarla. Cuando llegue a 50 volví a mirar y ya vi como se acababa… ya estaba, giré a la izquierda y vi la meta. Unos 100 metros para disfrutar el final, el reloj marcaba 3:21, iba a romper todos mis records  ¡¡¡¡ 16 minutos menos que mi última maratón !!!.

Y luego las felicitaciones por whatsapp, el abrazo de mi mujer y mis niñas, la emoción de haber hecho algo que creía imposible. Un día inolvidable.

Ésta ya es mi última maratón… aunque eso dije el año pasado después de la de Praga….