Este fin de semana se ha celebrado el Triatlón Villa de Madrid, una de las citas clásicas para populares, aficionados y también para los élite. Allí todo el mundo tiene cabida. Desde los que acaban de empezar y sueñan con ser finisher en cualquiera de las distancias, hasta los que van puliendo ya sus marcas y afilando los cuchillos al tirarse al lago de la Casa de Campo. Hoy os cuento cómo viví mi supersprint el sábado pasado. Si hay una palabra que define a la prueba, es el calor que todos pasamos. No son las mejores condiciones para correr, pero con una buena base de entrenamiento y de sentido común para evitar deshidrataciones y golpes de calor, también se consigue “disfrutar”. Bueno, al lío.

La crónica del supersprint Triatlón Villa de Madrid

Dos chavales me preguntan: “ya has nadado aquí?, para nosotros es la primera vez”.

Con esta pregunta resurge la inseguridad de quien se inicia por vez primera. Estoy tentado de exagerarles los miedos de mi bautizo trialonero, pero sin embargo, les transmito los consejos que a me dieron a mí la primera vez. Conversación de camarería, mirada de agradecimiento y llamada a cámara.

Después de un retraso considerable en el que parecíamos una parrillada de triatletas, me encaro de nuevo al agua desde el pantalán. No me coge de sorpresa, sé lo que me voy a encontrar y esta vez voy entrenado mentalmente. Sí, sí, como lo leéis, entrenamiento mental. La mente es más jodida que cualquier engendro acuático que me pueda rozar. Suena el pistoletazo y ¡¡al agua!!! Pero a bomba.

No cuestionéis la forma de tirarse si nunca habéis perdido o llenado de agua las gafas y salís con los ojos como un besugo. El entreno en la piscina con los ojos cerrados balanceándome de corchera a corchera, toqueteando las manos de quienes estaban en las calles adyacentes y que luego en el vestuario me miraban raro, dieron sus frutos. Encontré las mismas sensaciones de comodidad y fui en aumento de brazada cual Titanic acelerando hasta pasarme de boya. Es lo que tiene ser miope y entrenar como Stevie Wonder.

Salgo del agua, postureo al fotógrafo y disparado a por la bici mientras paro el reloj 1 minuto por debajo de los entrenos en esa distancia. ¡¡Bien!!

 

Primera transición

Dejarlo todo preparado y saberse de memoria cómo hacer la transición es de primero de triatletas, pero que no encaje el broche del portadorsal recordando el problema de Jon Frodeno con el casco, es de licenciado en encabronar.

Salgo corriendo con la bici después de practicar cómo llevarla por el sillín como un  “pro” y decido cogerla en condiciones cuando veo que se atraviesa y nos vamos a piñar. Me subo y meto el pie en el “rastral” en la que es su última competición, porque tardé casi un minuto en enganchar (de hecho salió una chica para ayudarme, pero la echaron atrás porque está prohibido).

Calor infernal, así que espero que el aire en las bajadas refresque; creo que el generado por una bomba nuclear está más frío. Encaro la T2 escupiendo el isotónico de mi bidón casi derretido por el calor. Menos mal que dejé agua en el box.

Segunda transición

Tengo el cuello quemado y es del preciado agua que ansiaba en la bici. Casi 3 horas al sol era lo que no recordaba. Así que nada, empiezo a correr al trote cochinero deseando terminar por el calor y pendiente de una lesión que me persigue. Saludo a mi mujer, mis hijos, mi amiga con una ilusión enorme por su sacrificio de acompañarme bajo un sol de justicia. Casi terminando, oigo mi nombre entre los ánimos de una compañera que conozco personalmente ese día.

Veo la meta, y aunque es un supersprint popular, vuelvo a emocionarme. Significa mucho. Significa dejar atrás la ansiedad que viví y comenzar a soñar con objetivos alcanzables.