Nadie puede poner en duda los beneficios que el deporte nos aporta. La práctica deportiva repercute de manera muy positiva en nuestra salud, manteniéndola adecuada y previniendo enfermedades. Sin embargo, últimamente se nos está yendo un poco de las manos esto del deporte y se ve muy bien reflejado en el mundo del triatlón. Tenemos la suerte de que cada vez es un deporte que al que se suma más gente. Poco a poco este deporte minoritario va cogiendo fuerza y haciéndose un hueco cada vez mayor entre otros deportes principales. Quizá por eso oímos hablar de la “fiebre del triatlón“. Pero, ¿hasta que punto es esto bueno? Hagamos una reflexión.

Los estudios que avalan la practica deportiva, no sólo por sus beneficios físicos, si no también psicológicos, son numerosos. Pero en los últimos años han surgido estudios que apuntan al otro lado de la moneda, cuando el deporte puede llegar a ser un problema. Hablamos de la adicción. El hecho de que el triatlón sea un deporte cada vez más popular es algo que nos alegra a todos los que formamos parte de este mundo, el problema no está ahí.

La duda surge cuando este hábito, este estilo saludable de vida llega convertirse en una obsesión o un vicio. Sí, el ejercicio físico puede convertirse en una adicción. Así lo determina, por ejemplo, el estudio de Robin Kanarek, de la Universidad de Tufts (Massachusetts). Tras un experimento con roedores, Kanarek y sus colaboradores demostraron que estos manifestaban cierto grado de adicción tras pasar demasiado tiempo corriendo en sus típicas ruedas a diario. Para el estudio los investigadores administraron naloxona, un fármaco que no produce efecto alguno en individuos sanos pero que, en individuos con dependencia genera síndrome de abstinencia. Las ratas que habían estado sometidas a un exceso de actividad física desarrollaron los síntomas propios de la abstinencia: dilatación pupilar, taquicardia, temblores musculares, etc. Esta respuesta indicaba que se habían producido en su cerebro los mismos cambios que experimentan los consumidores de drogas.

Cuando veo casos como el de John Wragg, un tipo que ha completado 222 triatlones de larga distancia, me surgen muchas dudas. Este maestro de escuela jubilado empezó a hacer triatlón en 1986. Dos años después completo su primer triatlón de larga. Desde entonces lleva 222. Si hacemos cuentas nos sale una media de más de siete por año. Wragg completó el número 100 en 2008. Es decir, en los últimos 9 años ha hecho 122. Casi 14 por año.

¿Saludable? Pues no sabría que decir. A mí me parece una completa locura. Dudo yo que hay algún profesional médico que avale semejante barbaridad. Afirma Kanarek que “el ejercicio, como el abuso de drogas, hace que se liberen en exceso neurotransmisores como las endorfinas o la dopamina, ligados a la sensación de recompensa“. Quizá seo eso lo que lleve a gente como Wragg a “hazañas” como esta. La búsqueda de recompensa, la recompensa del reconocimiento.

Lo de Wragg parece que se “pega”. En 2005 conoció a su actual mujer, Elizabeth Model, que en 2016, a sus 57 años se convirtió en la primera mujer del mundo -cuarta persona- en completar todos los Ironman del mundo. Lo que tiene que costar esto en salud y en dinero. Ya no hablamos sólo del desgaste físico, si no también del económico. Diego Rodríguez hacía cuentas hace unos meses y diez años “normales” de triatlón daban para un apartamento en Benidorm “a tocateja”. No quiero ni pensar los 220 Ironman alrededor del mundo para lo que dan.

Para el doctor Christopher Delong “la adicción se detecta en el momento en que el deporte comienza a afectar a la vida social, familiar y profesional de las personas“, según señala artículo publicado en el diario francés L’Equipe. Y está claro que, de un modo u otro, historias como la de Wragg y su mujer condicionan en gran medida estos ámbitos de la vida.

Los investigadores aclaran que no se puede calificar como adictos a aquellos que se dedican profesionalmente al deporte, para los que es su medio de vida y sustento económica. Sin embargo no son ellos quienes cometen estas locuras, si no todo lo contrario. Los propios deportistas de élite son muchos más cautelosos a la hora de competir aún cuando tienen a su disposición mejores profesionales y recursos.

No deberíamos olvidarnos nunca de que para el resto de los mortales esto no es más que un hobby y la búsqueda de un estilo de vida más saludable que nos haga un poquito más felices. Yo una cosa tengo clara: hacer 12 o 13 Ironman en un año me haría cualquier cosa menos feliz. Seguramente acabaría con mi salud y con todo mi dinero.

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