La semana pasada, sin saber muy bien por qué (o bueno, sí, que los grupos de Whatsapp son lo que tienen) me vi inmerso en una discusión sobre si en competición convenía ingerir 55 gramos de carbohidratos o 60. Junto a un compañero de esta nuestra revista (que comentábamos en privado la jugada) asistía estupefacto al debate, pensando para mí mismo que en algún momento de toda esta historia alguien había perdido completamente el norte.

Huelga decir que nadie de los asistentes al debate éramos nutricionistas, como mucho aspirantes a entrenadores de triatlón. Con muchas ganas, eso sí.

Toda la vida se ha dicho que cada español tiene en su interior un médico, un político y un seleccionador de fútbol. Ahora que el triatlón está de moda, añadiría que todos también tenemos un psicólogo, un nutricionista, un biomecánico, un experto en material y un entrenador. De larga y de corta.

Por suerte o por desgracia, los cuñados han llegado al triatlón. Y por cuñado me refiero a todo ese experto en absolutamente todo (que de todo sabe, de todo opina), que usa lugares comunes generalmente aceptados, incapaz de hacer reflexión crítica y que forma su opinión en base a lo visto, leído o escuchado en medios de comunicación o vías no formales.

Toma definición, oye.

No voy a hacer una crítica al hecho de que la gente tenga por objetivo hacerse entrenador de terceros en una disciplina que le apasiona. Ni mucho menos. Mi reflexión es más bien una extrapolación de un todo que empiezo a notar en este nuestro deporte y que en cierta manera me preocupa. Me explico: para ser entrenador de nivel uno en este país la FETRI exige estar en posesión del graduado escolar y haber terminado un triatlón sprint. Uno. Uno y exclusivamente uno. A partir de ahí, y de un curso de unas cuantas horas de formación y otras tantas de prácticas, uno ya está preparado para enseñar a niños y no tan jóvenes cómo partir la pana en este nuestro deporte.

Foto: Flickr // Tove Lauluten

Foto: Flickr // Tove Lauluten

Para ser experto en una materia, sea del tipo que sea, se necesita tener al menos dos atributos de tres: experiencia, actitud y aptitud. Es decir: mi padre puede que no tuviese la formación reglada exigida para ponerle el portamanguetas a los coches que ensamblaba cuando iba a trabajar, pero una magnífica predisposición por su parte y 30 años trabajando en lo mismo hicieron que cuando llegó su jubilación fuese un trabajador extremadamente cualificado.

Llevad esto al triatlón y mirad alrededor: cuántos de vosotros tenéis cerca expertos en este nuestro deporte que son capaces de decirte, sin titubear ni pestañear, qué cadencia de pedaleo hay que arrastrar en un larga distancia, qué potenciómetro comprar o por qué unas barritas que contienen un once por ciento de cafeína son mejores que otras que tienen un seis por ciento de maltodextrina. Yo eso lo he visto, lo he leído. Incluso he visto dar lecciones de larga distancia a gente que no había participado nunca en un larga distancia.

¿Cuántos de estos que se jactan de darnos consejos cumplen dos de los tres requisitos? No parto de la duda de que todos tenemos muchísimas ganas de compartir nuestros conocimientos. Y que podemos discutir entre nosotros si nos gusta más un gel u otro, o si una bici o la de más allá. Cuñados los hay en todas las disciplinas, y el triatlón no va a ser menos. Pero de ahí a que tengamos la aptitud o la experiencia, hay un mundo.

Que no digo yo que dentro de quince años esa gente que sale en la grupeta de los sábados con vosotros y no para de dar lecciones, o ese compañero de club que llegó al triatlón hace año y medio, o ese otro que terminó Lanzarote esta edición por primera vez y está ilusionadísimo por contarlo en todo momento y lugar puedan todos tener la experiencia y la formación necesaria para explicarnos como hacer las cosas, pero por el momento no es así. Por el momento son unos simples cuñados a los que conviene hacer el caso relativo que se merecen.

Así que cuidaos mucho de qué opiniones tenéis en cuenta. Por el bien de todos.