20 de Agosto, a escasos momentos de que empiece la final olímpica de triatlón femenino. Pantalla en blanco. ¡Qué difícil es a veces rellenar esa pantalla en blanco con letras! Y muchas veces, apuras al final, como en un examen, como en una final olímpica. Pero ¡ay! pensar, que diferente. Que difícil es intentar no pensar. Y claro, en esta recta final de los juegos que en breve acabarán, a uno le da por pensar, y por repasar.

Han sido unos días intensos en cuanto a noticias olímpicas, a casi un récord del mundo al día en diferentes disciplinas, las miradas se han centrado en otras cosas, y claro, uno piensa. Y recapacita. ¿Qué valor tienen hoy en día los Juegos Olímpicos? O mejor dicho, ¿qué valor se les está dando?

Casualmente el otro día volví a ver la película de «El héroe de Berlín«, donde las olimpiadas en la Alemania nazi constituían un hecho simbólico importante y donde los atletas eran vistos como casi héroes. Hoy en día me da la sensación de que ese respeto, esa admiración está en constante devaluación. Los atletas son constante objetivo de críticas, cotilleos e incluso me aventuraría a decir abandono. Si ya suena ridículo que deportistas como Phelps tenga que pagar impuestos por ganar medallas en su país, imagina que seas un «monigote» que ha estado dando el callo años y años durante incontables entrenamientos para que sólo se fijen en ti una vez has trepado a una posición alta.

Es más, imagina que ni estando ahí arriba, donde has llegado a base de trabajo, eres objeto de reconocimiento, sino de críticas o nimiedades. Igual es cosa mía, y de lo que surca mi cabeza cuando me paro a pensar, pero me resulta inconcebible que a una persona que acaba de ganar un oro olímpico se le retrate por sus vestimentas o se le pregunte que equipo de fútbol español prefiere. Que se ningunee hablando de otros deportes cuando te has proclamado «el mejor deportista del mundo» en una disciplina. Señores, los Juegos Olímpicos en su día eran incluso motivo de Paz en tiempos de guerra cuando surgieron y ustedes las están dejando a la altura del barro, con sus portadas sobre sus ídolos futbolísticos, sus adjetivos de «ridículos» por no conseguir un diploma olímpico o por poner de comentarista en una prueba deportiva a un fisio y no un periodista o criticando los resultados deportivos en las redes sociales.

A día de hoy, la mayoría que tienen el valor de criticar a los atletas olímpicos vuelven a ser los mismos que el Tour. Son aquellos que critican una persona que queda el último de su serie sin tener en cuenta que ha corrido a casi 30km/h. Hay que tenerlos bien gordos.

A lo mejor es que pienso más de la cuenta, pero me indigna ver cómo la gente es capaz de criticar semejante labor, siempre buscando la paja en el ojo ajeno. Humildad, ojalá se repartieran medallas de eso, o de respeto, o de admiración, admiración a lo que son posiblemente los mejores deportistas del mundo… Pero posiblemente ni con esas quien señala y critica desde el sofá se esforzaría mucho, porque a fin y a cabo, hoy por hoy el sacrificio no está valorado. Ellos mismos se han dedicado a devaluarlo.