Cariño, si en diez minutos me oyes gritar no te asustes, es que Alejandro Valverde está a punto de ganar el Campeonato del Mundo de ciclismo“. A las cuatro y media, más o menos, he tenido el detalle de subir a la habitación a avisar a Judit Izquierdo de que existía la posibilidad de que, viviendo en Valladolid, mis gritos de alegría se escuchasen en Monforte de Lemos.

En esos momentos el murciano Alejandro Valverde transitaba por las inmediaciones de Innsbruck, apurando los últimos kilómetros de una nueva edición del Mundial de ciclismo en ruta. Le acompañaban Romain Bardet y Michael Woods. De los tres era el más rápido al sprint, y por tanto, también el máximo favorito para hacerse con la victoria. De nuevo en el sofá me miré las pulsaciones. 66.

Tom Dumoulin llega desde atrás y el trío se convierte en cuarteto. Ya no hay medallas para todos. En la tele Carlos de Andrés se muestra también nervioso. Cruzan la flemme rouge con Alejandro en cabeza, ocupando el lado derecho de la calzada. Cada diez segundos mira hacia atrás, tratando de controlar la carrera. Por un momento recuerdo a aquel Indurain que, en 1995 y en Duitama, secó a Pantani y a Gianetti. Ni Romain Bardet, ni Michael Woods ni Tom Dumoulin se atreven a hacer nada. Y pasan inexorables los metros, van cayendo uno a uno y la línea de meta se acerca.

Entonces, a falta de 300, Alejandro arranca. “Sabía que era mi distancia“, dijo minutos después. Arranca, pedalea y con él pedaleamos los millones de españoles que desde nuestro sofá le animamos en la distancia. Por un momento parece que Romain Bardet puede superarle, pero es un mero espejismo a causa de la toma de televisión. Alejandro, treinta y ocho años, seis medallas en ediciones anteriores, se corona Campeón del Mundo. Y alza las manos. Y yo grito. Grito. Grito lo más fuerte que puedo. Sacudo los brazos como si la victoria fuera mía. Como supongo que, en otras casas, hacían otros aficionados al ciclismo.

Porque la victoria de Alejandro es la victoria de todos. Los que le hemos visto a lo largo de los últimos quince años impartir cátedra ganando en cualquier tipo de terreno: clásicas de las Ardenas, muros imposibles en las costas levantinas o andaluzas y una Vuelta. Los que le hemos visto asumir en silencio cada una de las decisiones de sus entrenadores y decir que él se debe a su club. Los que queríamos que tuviese más libertad, pero nos hemos quedado con las ganas. Su victoria de hoy es el cúlmen a una carrera espectacular, una carrera profesional de la que muy pocos ciclistas, a lo largo de la historia, pueden presumir.

Y entonces me doy cuenta de que estoy llorando de alegría. Igual que Alejandro Valverde en brazos de Juan Carlos Escámez, masajista del Movistar.

Me miro las pulsaciones. 135.

Y que luego digan que el sofá no es bueno para el corazón…