El mayor circuito de triatlón popular de nuestro país, el de las Santander Triathlon Series, eligió el pasado domingo Málaga como sede de su octava prueba. Alrededor de 1000 triatletas se dieron cita en la que era también la VII edición del Triatlón de Málaga, que batía así su récord de participación.

Y es que, aunque el circuito nacional acaba en el norte con sus dos últimas pruebas en Getxo y Gijón, no imagino yo -será por eso de que la tierra tira mucho- un cierre de temporada mejor que el que se puede hacer en la ciudad andaluza. El circuito malagueño, por su perfil llano, es idóneo para aquellos que buscan hacer una buena marca o un debut “asequible” en la media distancia. Además la fecha de la prueba permite llegar con un buen volumen de entrenos y competiciones que nos ayuden a poner un broche de oro a nuestra temporada. Y no vamos a hablar del clima, la calidad humana de la gente o el “pescaito frito” de después, que nos podemos meter en materia densa.

En todo esto debí pensar yo, que como buen andaluz y buen conocedor de la tierra, decidí hace unos meses escoger Málaga para intentar lograr algo que, por entonces,  parecía muy lejano: acabar un Media Distancia. Efectivamente, la tierra tiene que tirar mucho, porque mira que la agonía de pasar un verano entero echándole horas y horas al asunto, tirar, tira, pero para atrás.

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Foto: Facebook

Y no, los triatletas no estamos hechos de otra pasta, pero si tenemos cierta veneración al sufrimiento. Así que al final nos tiramos al barro y, claro, nos toca pasarnos un verano de barro hasta los ojos. Que si venga horas en la piscina, que si venga tiradas largas a pie, la transición del sábado, las tres horas y media de bici del domingo, etc. Por supuesto nos olvidamos de hacer vida social. No, no es un mito. Yo tengo amigos que ya no me saludan si me ven por la calle -si es que con suerte te los encuentras por la calle-. Y los que antes te escribían para salir todos días acaban ofendidos con tanta negativa a sus proposiciones de fin de semana. Porque a ver quién es el valiente que se va de copas el sábado por la noche y el domingo se sube en la bici. Ni el pan de higo casero de mi abuela pone fin al sufrimiento que eso conlleva. Y ojo con el pan de higo de mi abuela.

Los triatletas tenemos cierta veneración al sufrimiento

En fin, mientras tanto van pasando las semanas y, aunque hay algunas en las que tus ganas de vivir son inversamente proporcionales a tu agotamiento, empiezan a subir los ritmos, bajan las pulsaciones, van apareciendo las buenas sensaciones en los entrenamientos de calidad y empiezas a creértelo aún más. Pero claro, toda esta historia es maravillosa hasta que, como en la pelis, se lía la de Dios.

El mundo se te empieza a caer encima en el momento de empezar a hacer la maleta. Ya es caótico cuando vas a hacer un sprint cerca de casa, pues imaginaos largarte a 300 km para hacer una prueba que llevas preparando meses. Como para dejarte una bota de la bici -yo he llegado a tener que hacer la bici de un duatlón con tenis por mi loca cabeza-. El trastorno obsesivo-compulsivo que vives haciendo y deshaciendo la dichosa mochila una y otra vez para asegurarte de que esté todo es más digno del Oscar que Jack Nickolson en Alguien voló sobre el nido del cuco.

Maleta hecha, unas cuantas horas de coche y lo que parecía que no llegaba llega. Y allí estas tú  la noche de antes, en la cama de un hotel, a kilómetros de casa, creyendo que mañana saldrás al campo de batalla en Vietnam. Lo mejor de todo es cuando oyes eso es “hay que dormir 8 o 9 horas el día antes de la prueba”. Claro, invitas amablemente a tus nervios a que duerman en el pasillo, ¿no? ¡Anda ya! ¡Pero si está uno en un sinvivir!

Y ahí estás meses después, tras tantas horas, tanto sacrificio, queriéndote morir

Cuando te das cuenta suena esa alarma tempranera que te dice: “chaval, ha llegado tu día”. Últimos detalles, un buen desayuno para coger fuerzas y dirección a la zona de salida. Y mientras te recuerdas a ti mismo lo que te has contando tantas veces, vuelves a repasar tu estrategia –porque digan lo que digan, todos llevamos una-, piensas en todo y en nada a la vez y te entran esas ganas locas de que la fiesta acabe pronto y vuelvas a casa.

Y ahí estás meses después, tras tantas horas, tanto sacrificio, queriéndote morir. Ahí estás sobre la arena de la playa, a las órdenes del juez, esperando el bocinazo. Y suena. Y el corazón te da un vuelco. Pero respiras, aunque no tranquilo, pero respiras porque sabes que por fin ha llegado ese momento y que nada te impide lanzarte a la aventura.

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Foto: Winsports Factory

No os cuento nada nuevo si os digo que el agua es el talón de Aquiles del conjunto de  triatletas populares, a la mayoría nos toca tomarnos el segmento como un mero trámite. Lo principal es tratar de no parecer una depuradora tragando agua, que ya tiene mérito. Después con no perder las gafas o el gorro por el camino vamos bien. Y ya lo ideal es llegar a la orilla con una expresión decente. Pues nada, ritmo crucero, pero sin dormirse en los laureles, que queda mucha tarea por delante y a disfrutar del fondo marino –si no le tienes el mismo yuyu que yo, que imagino extrañas criaturas a cada brazada-.

Cuando vienes a darte cuenta estás tocando tierra firme, y encima de manera mucho más digna de lo que esperabas. ¡Estoy vivo! Venga, va. Has completado el primer asalto, el que más le temías, ya queda un paso menos.

Viento en popa a toda vela, coge la bici y vuela. Pero vuela con cabeza, que luego pasa lo que pasa. Si correr una media maratón a secas ya es duro, imaginaos lo que supone correrla después de 1.9km nadando y 90km en bici. Ojo con este segmento y con cebarse demasiado. Lo mejor es no abusar del desarrollo, usar una cadencia cómoda y pensar siempre en que el verdadero sufrimiento llega después, que a muchos se les olvidó y cayeron como moscas.

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El sector de bici para los que debutamos en un Media Distancia creo que es el que más podemos aprovechar y disfrutar. En el agua, por las dificultades y exigencias del medio, no podemos pensar mucho y en la carrera a pie estamos cansados y nos toca hacer un esfuerzo mental para aguantar el último apretón. Pero en la bici, una vez que hemos recuperado la compostura, nos hemos echado algo de comer a la boca y hemos cogido el ritmo,  llega el momento de creérselo, de vivirlo: ¡estoy haciendo un Half! ¡Joooder!

El paso de los kilómetros es clarísimamente proporcional al aumento de cansancio, pero también de felicidad

Disfrutar del ambiente, de la gente, de la ciudad –en Málaga, por ejemplo, pasábamos tres veces por la ciudad e incluso durante el recorrido muchos coches te pitaban y animaban-. Es el momento de sentir que estás ahí, de que estás vivo y de que vas a por ello con mucha decisión pero sin cometer excesos, porque como dicen, el Half empieza tras la última transición.

La última transición de la carrera habla por sí sola. La primera zancada revela más información que la escena de un crimen. Esa primera zancada te dice si has hecho las cosas bien o si has pecado de inconsciente en la bici y te has excedido. Si con esos primeros pasos tu cuerpo responde, adelante, la medalla está más cerca.

Con el paso de los kilómetros llega la hora de empezar a usar un poco de corazón. Por mucho que nos hayamos regulado, a estas alturas llevaremos seguramente 4 o 5 horas de competición pero verdad os digo, si habéis entrenado, si habéis hecho las cosas bien, habéis puesto ilusión y de verdad estáis ahí porque os apasiona, tened clara una cosa: jamás os preguntareis “¿qué hago yo aquí?”. Falacia pura y dura.

El paso de los kilómetros es clarísimamente proporcional al aumento de cansancio, pero también de felicidad. Sabed que si después de tanto estáis ahí, a tan solo unos pocos kilómetros de la gloria personal, el poder de la satisfacción es mucho más poderoso que el de cualquier fatiga que pueda agarrarnos a estas alturas.

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Y al final la ves. Aquello que meses atrás parecía tan lejano se postra ante tus ojos. Ahí la tienes. Ves que todas las horas de sacrificio han servido de algo. Ves que todo el trabajo realizado se ha reflejado durante los 107.9 km.  No encuentro adjetivos para este momento. Días después aún cuesta asimilarlo. El pasillo que te lleva a meta entre vayas, entre el calor y los aplausos de la gente tiene algo que te vuelve mucho más débil que las 5 o 6 horas de desgaste previo. Cruzas la meta llorando y te desplomas en el suelo.

En ese momento el speaker se acerca a ti, que sigues con las manos sobre la cara sin poder evitar las lágrimas: ¿te encuentras bien? -Pregunta-. Mejor que nunca.”

P.D: Yo pido otro fuerte aplauso para todas esas parejas, familiares o amigos y amigas incondicionales que deciden desinteresadamente acompañarnos en un día tan importante para nosotros, soportar nuestros nervios, cargarse nuestra mochila y esperar a solas durante hora. Gracias de corazón por hacer que todo sea mucho más fácil.