A ver. Entre nosotros. Ser el último es una putada, para qué negarlo. Por desgracia sólo tenemos un Gómez Noya o un Jan Frodeno, que lo ganan todo, que porque no les ha dado ninguna vez por hacer la quiniela, que si no se marcaban un pleno al quince. Para el resto de los mortales, en algún momento dado existe la posiblidad de terminar último. Sea en el triatlón de nuestro pueblo, sea en el Barcelona Triatlon o sea en el Campeonato del Mundo de IRONMAN. Y si no es compitiendo, puede ocurrirnos entrenando. ¿Os imagináis ser el nadador más lento de vuestro carril?

¿No tenéis acaso vosotros ese compañero -o compañera- que en la piscina siempre termina en último lugar? Da igual que hablemos del calentamiento, de unas series cortas o de un mil metros seguido con palas y aletas. Él -o ella- va impertérrito a su ritmo, poco a poco, hasta conseguir completar todo el entrenamiento. ¿Y qué pasa cuando eres tú? ¿Cuando ese que acaba el último eres tú?

Las series a pie cambiado

Empiezan unas series, sean del tipo que sean, y los compañeros comienzan a enfilar uno a uno, a buen ritmo. Imaginemos, para ponernos en situación, cuatro series de 200 metros con veinte segundos de recuperación. Nuestro protagonista sale en último lugar y al acabar la primera serie, se encuentra con que el resto ya están saliendo a hacer la segunda. Se espera sus veinte segunditos, y casi sin enterarse se los encuentra en la pared porque ellos ya están volviendo del primer cincuenta.

Y termina yendo a pie cambiado: cuando ellos nadan, él está al pie de la pileta cogiendo aire. Y cuando ellos descansan, él nada. Solo y sin unos pies que le marquen un buen ritmo.

Terminar haciendo otro entrenamiento

¿Qué ocurre cuando de manera sistemática te doblan cada tres minutos? Que cuando el resto de los mortales está en el siguiente ejercicio, en las siguientes series, tú aun sigues con tus cuatro doscientos, y mira que te están costando, copón. Y llegado el momento… uno pasa. ¿Que había luego 6×25 + 4×100 a tope + 3×300 progresivos? Da igual, se termina haciendo un 1.000 relajadito, y a tomar por saco. Es uno de los grandes problemas de ir el último, que se termina bajando la guardia por no andar preguntando constantemente qué toca después o molestar a los compañeros de piscina.

Una puñeta.

Los descansos son más largos

Otro problema fino. Como vas a pie cambiado en las series, y los compañeros te adelantan constantemente, cuando quieres dar el volteo te esperas pegado a la corchera para dejarles pasar. Y cuando estás descansando y les ves venir a media piscina, da igual que tu tiempo de recuperación haya terminado. Te esperas a que vuelvan a pasar para molestarles -y que te molesten- lo menos posible. Y donde marcaba 20″ de descanso, haces 35″.

Y eh, que no pasa nada. Terminas el entrenamiento fresco como una lechuga. Y lento como una tortuga, claro.

La primera serie te pone en umbral anaeróbico

Aunque seamos lentos, tenemos nuestra dignidad. Así que todos los días lo intentamos, indelebles al infortunio: primera serie, cogemos los pies que tenemos delante, y lo damos todo para intentar aguantar. Y por supuesto que aguantamos, pero con el corazón latiendo más que en el estribillo de una canción de reggaeton. Claro, descansamos, vamos a salir a la siguiente serie -con nuestros compañeros frescos fresquísimos- y nosotros que damos dos brazadas y… ay madre, que nos saquen con remolque de la piscina, por favor.

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