La gran mayoría de deportistas, no sólo triatletas sino de cualquier deporte, sabemos que hay algo mágico que sucede cuando te pones el dorsal y estás en la línea de salida. Esta es una de tantas historias del conocido EFECTO DORSAL

Se va acerando el día de la prueba. Tienes todo preparado, has planificado con tu pareja unos días de vacaciones en el lugar de la prueba, con tus visitas turísticas perfectamente localizadas, revisaste el listado de material necesario para hacer un triatlón, has organizado tu entrenamiento de esa última semana al dedillo para no llegar pasado de rosca, llevas días organizando tu paleodieta sin perder detalle, incluso has visto los cinco mejores vídeos de Josef Ajram para llenarte de motivación para tu gran reto del año.

¿Y qué pasa? Pues pasa que dando un paseo por el Shopping buscando un imán para poner en tu frigorífico  que corrobore tu visita, justo en el momento menos pensado, con el movimiento más simple, el gesto más cotidiano…Ouchhh!!! Te da el dolor!!

Un dolor que aunque seguramente haya sido una pequeña sensación mental más que física, en tu cabeza, en una milésima de segundo, ha creado un terremoto que rompe toda tu perfecta y ordenada preparación.

Miras a tu pareja, con la cara blanca, los ojos impregnados en sangre, un sudorcito frío que hace temblar a un pingüino,  y con la misma tristeza con la que darías un pésame, le dices:

“Cariño, acabo de lesionarme y no sé si podré correr este sábado”.

Acabas de tirar a la basura tu temporada, en tu cabeza eres un auténtico desgraciado, no vales para nada, sientes que te han maldecido (que nunca entenderé por qué no se dice “maldicho”), eres un ser despreciable que no vale para nada. Tanto esfuerzo para después llegar al sitio y fracasar.

Tu pareja, que te quiere con locura y que sabe el esfuerzo y sufrimiento que has pasado preparando esa carrera, te abraza, te anima, te dice que ya verás como no es nada, que se curará, que eres fuerte…pero eso en tu cabeza no vale para nada.

Con la mente puesta en tu “dolor” que por supuesto ha invadido el 100% de tus pensamientos, decides correr la carrera, y hacerla a terminar, a “que sea lo que Dios quiera”.

Te levantas temprano, haces tú protocolo de comida y logística, por supuesto totalmente hundido y desganado, y con el rabo entre las piernas te acercas al arco de meta para la salida. Tu pareja mientras te está echando fotos para el Facebook, se ha llevado la pancarta de “Ánimo, tú puedes” y todo con la alegría de saber lo que en un segundo ciertamente sucederá.

Pero aquí está el milagro.

Como si de algo sobrenatural se tratara, como si hubiese habido en ese preciso instante una alineación de planetas, como parte de un auténtico suceso sobrenatural… te encuentras rodeado de deportistas, el estrés no sólo se vive sino que se huele, todos con la mirada al suelo implorando a sus preciados dioses. Y llega el momento. Suena la bocina de salida y por obra casi celestial,desaparecen los dolores, nada te para, disfrutas de tu carrera, y casi sin saberlo has vivido EL EFECTO DORSAL.

¿Y a ti?, ¿te ha pasado alguna vez algo parecido?