Si alguna vez te has calzado unas zapatillas, has salido a la calle, has empezado a correr y has terminado extenuado, apoyado en un árbol tratando de coger aire, sin duda has fantaseado en cómo tiene que ser la sensación de acabar un maratón. Si has sido de los afortunados que han sido capaces de recorrer los cuarenta y dos kilómetros y ciento noventa y cinco metros, mi más sincera enhorabuena. Si aún sueñas con ello, desde Planeta Triatlón te animamos a que perseveres, que luches, que sudes, te canses, que notes que te duelen las piernas tras las tiradas largas hasta conseguir esa dichosa medalla. Porque amigos míos, acabar un maratón es la hostia.

El domingo corrí por cuarta ocasión el maratón de Barcelona. Bueno, correr es un decir, porque terminé abandonando en el kilómetro 31. Tampoco quiero extenderme mucho, porque no es el tema que quiero tratar, pero sí que contaré que hasta el kilómetro 25 iba bien, a ritmo de 4’50”, lo que suponía llegar a meta en 3h24′, mejorando en seis minutos mi mejor marca personal. Sí, una marca del montón, de esas que nunca nadie recordará, pero al fin y al cabo mi marca, esa de la que estoy orgulloso y cuya consecución, calle a calle, cuesta a cuesta, puedo recordar con los ojos cerrados. Pero el domingo no era mi día, no me lo había ganado y tuve que ceder ante las obviedades: no había preparado bien la prueba.

Pero la verdad, mi abandono es lo de menos. Llevo ocho maratones en mis piernas y ya he pasado la fase de tener que acabarlo. Porque esto es jodido, eh, que a lo largo del recorrido siempre surgen imprevistos que, por desgracia, suelen ser dolorosos. Cuando el muro te llega, cuando te golpea el hombre del mazo y te quedas sin fuerzas, hay que ser muy valiente y tenerlos bien puestos, para saber sufrir esos ocho, nueve, diez kilómetros que faltan hasta el arco de meta. Y aquí es donde entran en juego las pequeñas historias, esa de cada uno, que llenan de orgullo a un finisher de maratón: dolores por una herida en el pie, una ampolla, contractura en el gemelo. Y la capacidad humana para saber sufrir para alcanzar un sueño, saber apretar los dientes y continuar, dar un paso, otro, otro, y así hasta alcanzar los últimos doscientos metros, esos en los que hay miles de personas animando y apenas oyes el estruendo: sólo te oyes a ti diciéndote que eres un puto crack y te llegan de pronto a la memoria todos los entrenamientos, los días de lluvia, los días de sol, las mañanas de sábado levantándote pronto para poder entrenar, las dudas, los temores…

Y cruzas la meta en cuatro horas, y sonríes y tienes alguna que otra gana de llorar y te fallan las piernas y te sientes, por un instante, completamente invencible.

Porque el orgullo de acabar un maratón es indescriptible.