Como triatletas, una de nuestras mayores obsesiones es el peso. Es algo que algunos nos lleva por la senda de la locura. No se puede generalizar, pero seguro que todos tenéis ese compañero obcecado con la báscula y el peso óptimo. Es el tipo que sufre la neura de estar haciendo números cada día. Lo que los obsesionados de los gramos no saben es que la variación de peso diaria es algo totalmente normal y no se traduce como «he perdido peso» o «estoy más gordo».

No se puede engordar en una comida. Otra cosa es que una mala alimentación desequilibre nuestras hormonas de forma momentánea y afecte negativamente en nuestro rendimiento en la próxima sesión. Pero insistimos: no significa que hemos engordado (lo que para muchos es igual a tener más grasa).

El glucógeno determinada la variación de peso

Cuanto más entrenamos estemos y más cuidemos la alimentación más variará nuestro peso. ¿Por qué? Un deportista entrenado que lleve una alimentación adecuada consigue que sus reservas de glucógeno sean mayores de lo habitual (algo muy bueno en nuestro deporte). A diferencia de la grasa, el glucógeno procedente de los carbohidratos se almacena junto con agua y aquí es donde se resuelve el dilema: el agua pesa. Pesa más que la grasa incluso. Por lo tanto, cuanto más glucógeno, más agua y más peso.

¿Pero por qué varía el peso? Es simple, la cantidad de glucógeno que almacena nuestro cuerpo es muy variable a lo largo del día. Este se consume y se degrada -o se almacena- en función de las diferentes comidas y entrenamientos que llevemos a cabo. Así que cuanto mayores sean esas reservas mayor será nuestro peso en ese determinado momento. Por eso no debemos obsesionarnos con esta variaciones de peso. Lo que realmente importa es como actúa nuestro cuerpo a largo plazo. Las oscilaciones rápidas generalmente se deben al agua.