En deporte, de vez en cuando nos encontramos con (horribles) noticias sobre deportistas de élite que una vez han acabado su carrera profesional no saben cómo encauzar su vida. De repente, ya no hay objetivos y nace un abismo al que enfrentarse. Sin necesidad de ser un deportista profesional, los triatletas que entrenan duro para superar una meta o alcanzar un reto personal pasan por algo similar y se da lo que se llama la depresión del finisher, o un vacío inmenso cuando se logra. ¿Qué papel tienen las emociones y las expectativas en todo esto?

En este contexto hablamos de deporte y más concretamente de un deporte con elementos de compromiso, esfuerzo y dedicación extrema, pero este tipo de bajones emocionales podemos encontrarlo en cualquier otro contexto de la vida.

¿Se puede gestionar la depresión del finisher?

¿Podemos prever que esto va a ocurrir y crear una estrategia para afrontarlo adecuadamente?

Las emociones y expectativas del deportista tienen una relación directa con la caída del ánimo que va a experimentar el deportista.

Evidentemente cada caso será diferente, habiendo situaciones en las que el propio deportista no va a ver apenas mermado su ánimo y situaciones en las que, y  como ocurre en una cantidad significativa de los atletas, vamos a apreciar un conjunto de emociones negativas que pueden llegar a convertirse en trastornos depresivos.

Esta relación se establece en términos de alejamiento de la realidad, es decir, cuando nos formamos unas expectativas acerca de algo, lo que hacemos es construirnos una idea mental de cómo va a ser tal cosa cuando ocurra (en este caso el deportista va a crearse una expectativa de cómo se va a sentir, cuál va a ser su rendimiento, cómo piensa que será el momento de cruzar la meta y lo que experimentará…).

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Foto: ITU Media

Pero la idea de la cosa, no necesariamente va a ser real, por tanto la distancia que hay entre la expectativa creada y la realidad va a ser la cantidad de frustración o malestar que va a experimentar la persona.

Es decir, si mi expectativa es algo así como: “En el momento de cruzar la meta seré feliz, habré cumplido mi sueño, me sentiré fenomenal, será una gran recompensa a todo el esfuerzo que he realizado. Todo será perfecto”, podemos encontrarnos con una realidad muy diferente, “Estoy agotado física y mentalmente, ya se acabó y ¿ahora qué hago?, mi vida no tiene sentido, ya no tengo por qué luchar”.

Lo que nos llevaría a experimentar una fase de caída del estado emocional y sentirnos desorientados, desmotivados, sin objetivos y desesperanzados.

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Como directamente ya os he dibujado en la gráfica, esta situación es algo que se puede gestionar e invertir para volver a la normalidad del estado de ánimo.

¿Hablamos entonces de un cambio de actitud?

Un planteamiento apropiado sería incluir durante la fase de entrenamiento, un trabajo psicológico para tomar conciencia de la situación presente, teniendo en cuenta en qué consiste tu vida, los objetivos que te has planteado, la dedicación que estás llevando a cabo, así como el tiempo invertido, por nombrar algunos de los elementos que habría que tener en cuenta.

Desde esta visión lo que se pretende es hacer consciente al deportista de la situación que está viviendo, de la dedicación (en la mayoría de las ocasiones completa) que está dando a la preparación de la prueba y del vacío que puede estar generándose en otras áreas de su vida, así como advertirle de los peligros de funcionar en la vida con un único y extremadamente definido objetivo.

¿Sería conveniente plantear nuevas metas en estas fase?

Sería interesante abrir una vía de definición de objetivos motivacionales paralelos y/o posteriores para el atleta, puesto que en el momento de concluir su reto, la carencia de metas puede ser peligrosa y difícil de gestionar.

Lo ideal sería hacer un enfoque global, en el que se trabajaran tanto las emociones derivadas durante toda la fase de preparación, así como ajuste de expectativas, redefinición de objetivos y planteamiento de nuevas metas, además de trabajar en la gestión emocional de frustración, rabia, ira o cualquiera de las emociones que se derivan de una situación así, que son absolutamente normales y abordables.

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