Manuel Jabois tiene razón: no hace falta que te guste el ciclismo para sentarte una tarde de julio a ver ciclismo. De hecho no es ni necesario. ¿Qué valor tiene analizar cada movimiento táctico, cada estrategia, cada demarraje? ¿Disfruta Carlos Boyero de cada película que ve? Y una mierda. Disfruta lo mismo que yo leyendo el Ulyses de Joyce. Pura pose maniquea.

Nos sentamos a ver ciclismo porque nos arranca por un rato de la rutina diaria y nos lleva sin necesidad de Delorean a hace veinte años, cuando íbamos por la vida en pantalón corto y camiseta blanca llena de chorretones, cuando las tardes de julio nos comprábamos un negrito en la heladería y nos íbamos al bar de la piscina a ver a Pantani dejar a Induráin con el culo pelao subiendo Alpe D’Huez. Ver ciclismo nos hace recordar lo que éramos. Es nostalgia y melancolía.

Pantani, ese tipo calvo y de orejas amplias que se nos fue hoy hace doce años. Manda cojones. Doce años ya sin el mejor escalador de todos los tiempos, sin el Pirata, el Curro Romero del ciclismo del que solo recordamos las tardes de gloria, del que perdonábamos cada bajada a los infiernos porque nos devolvía la pasión, y los gritos en el sofá, y despertaba a nuestros padres de las siestas y los ponía en pie enfervorecidos. Le perdonamos porque nos hacía vivir de manera distinta, porque era nuestra adolescencia, porque no existían horarios, ni hipotecas, ni comparadores de seguros. Porque coger la bicicleta y pedalear por las calles del barrio se tornaba una cuestión de orgullo. No eran las calles de nuestro barrio: eran las rampas más dolorosas de los Dolomitas, eran los metros finales de la ascensión al Tourmalet. Nosotros éramos Pantani.

Porque nadie ha subido Galibier como lo ha subido él (hubo un día de 1998, no os acordaréis, en que le metió nueve minutos al amargado de Jan Ulrich en línea de meta), porque nadie ha alcanzado la cima de Alpe D’Huez tan rápido como él (37’35”), porque el mano a mano en julio de 2000 en Mont Ventoux junto a Lance Armstrong tiene un chalé adosado en nuestra memoria. Porque sí, porque el calvo de Cesena ha ganado en todas las montañas sagradas.

Y nos da igual que todo luego se fuese a la mierda. La vida de Pantani es como una metáfora de las nuestras. Hemos crecido, nos hemos hecho adultos. Ahora vemos el ciclismo y -como hacían nuestros padres- nos dormimos. Nos despiertan Nairo Quintana, o Chris Froome reventando el potenciómetro, o Purito Rodriguez tirando de testosterona, llevando las pulsaciones a cotas inalcanzables para el resto de los mortales. Pero no es lo mismo. Ninguno es Marco Pantani, igual que ninguna es como la primera novia.