Pues ya está hecho, ya me he apuntado. Manolo llevaba un año poniéndome la cabeza como un bombo: apúntate, ya verás, que esto es la leche, que no te vas a arrepentir, que engancha, que una vez que hagas uno no vas a poder parar… ¡Joder, qué tio más pesado, espero que el resto de triatletas no sean así, porque si no, vaya drama de gente! Que a ver, que desde que le entró la fiebre, es cierto que él no ha parado y que el cabronazo se está poniendo como un puto toro, que cuando vamos a alguna fiesta de los pueblos de alrededor se le quedan todas las zagalas mirando con cara de lascivia y deseo. De ser un fofisano de esos que se han puesto de moda, con sus lorzas incorporadas, a estar fino y ágil cual gacela del Serengueti, que cualquiera le aguanta.

Total, que hace tres meses dije “este ya no me da la brasa más”, y me puse entre ceja y ceja lo de acabar un dichoso triatlón. Lo primero que hice fue mirar el armario: un chándal de táctel adidas que me regaló la Mari hará unos años pa’los partidillos de fútbol de los sábados con los colegas de la peña, unas zapatillas de futbito, camisetas de manga corta de Larios, Ron Barceló, Carrefour y una de imitación de la segunda equipación del Valencia de la última vez que jugaron la Champions. Ah, y una gorra de Caja Rural de Ávila.

Manolo me había hecho una lista de cosas que necesitaba, y la verdad, a tenor del armario tendría que comprar todo. Así que tras despedirme de familiares y amigos, cogí la furgo y para el  Decathlon que me fui.

Lo primero: un neopreno. ¿Vosotros habéis visto esos trastos? ¿Habéis visto qué precios? ¡Pero si cuestan más caros que el traje que me tuve que comprar para la comunión del niño! Y encima, ¡si no hay dios que entre en uno! Nada, que como el neopreno no es obligatorio, lo va a comprar su padre, yo no. Compro un bañador de estos apretaos, que se me marca todo el cimbrel, un gorro y unas gafas de natación, y finiquitado.

Foto: Lindsay Perry // Hearst Connecticut Media

Foto: Lindsay Perry // Hearst Connecticut Media

De ahí a la ropa de carrera a pie. Que manda huevos, los señoritos triatletas llaman a lo del footing de toda la vida “carrera a pie”. Venga, zapatillas, camisetas y unos pantalones. El chico que me atiende me pregunta si soy pronador o supinador, y le digo que yo trabajo de tornero, que si eso importa mucho. Entonces insiste en hacerme una prueba en una máquina igualita a la que tenía el podólogo cuando fui a mirarme lo de los callos y empieza a hablarme de drops, amortiguación, si voy a correr por asfalto o albero… Yo le digo que yo es que soy triatleta, que las necesito para la carrera a pie, todo orgulloso. Acabáramos. A partir de ahí, todo a peor: Que qué ritmos llevaba, que si las adidas boosts,que si las asics noosa, que si cierres rápidos para no perder tiempo en la transición… ¡Qué transición ni qué niño muerto! La transición fue hace treinta años, de eso ya no se acuerda nadie, que yo solo quería unas zapatillas.

Al final el hombre se da cuenta de que soy un novato y me endiña unas adidas no se qué con colores más horteras que un traje de faralaes. No podía haberme dado unas J’Haiber de las de toda la vida, no. Vaya descojone va a tener la Mari cuando me vea con ellas puestas.

Lo de los pantalones y las zapatillas, fácil: las más baratas.

Foto: Global Sportcoach

Foto: Global Sportcoach

Me voy a por las cosas de la bici. Maillot, culote, zapatillas, casco… Esto era fácil, porque como algunas veces en el pueblo he salido a dar un paseo por los caminos con la bici de montaña que nos tocó en la feria hace unos años, en lo de las chochonas, estoy experimentado. Así que compro la equipación completa del BMC, así en rojo y negro, unas zapatillas así muy apañadas con cierre de velcro y casco uno verde. Queda lo más importante: la bicicleta. Voy al dependiente: hola, buenos días, quería una bici para hacer triatlón. Me pregunta que si para larga o para corta distancia, y yo le digo que para larga. Joder, y tanto que para larga. No he hecho yo veinte kilómetros en bici en mi vida. Me dice que ahora vuelve, se va al almacen y a los cinco minutos aparece con una cosa que parece una nave espacial, solo que con dos ruedas. El tío viene más henchido que un pavo real. Me dice: pues aquí tienes la argon ecientodiecinueve triplus, es la que lleva Iván Raña.

No sé quién coños es el Iván Raña ese, pero la bicicleta es más rara que un perro verde. Le pregunto que cuanto cuesta, y cuando me dice que veintiún mil euros, comienzo a hiperventilar. ¡Cómo que veintiún mil euros! Pero si cuesta tres veces más que el seat arosa de La Mari. ¡Ay dios, Manolo, la que me has liado! ¡A los triatletas se les va la pinza! ¿Pero cómo puede alguien comprarse una bicicleta que es más cara que un coche? ¿Hemos perdido la cabeza?

El hombre se da cuenta del susto que me ha dado, y empieza a enseñarme cosas más apañaditas: que si vamos primero a ver las cabras, que si luego carbono, que si hay que buscar posiciones aerodinámicas… Yo comienzo a recuperar el pulso y la atención cuando el hombre baja de los mil euros. A los setecientos, le atiendo perfectamente, aunque sigo sin entender una mierda de lo que dice. Al final, una btwin blanca de aluminio, bien apañadita.

Voy a pagar. Más de mil euros. La Mari me mata cuando se entere. Pero bueno, cuando dentro de tres meses me vea entrar en meta, vas a ver tú qué orgullosa.

Manolo me había dicho que me iba a poner un plan de entrenamiento online, asi que yo estaba impaciente por empezar y revisando el correo electrónico cada diez minutos, que vaya cabreo se cogía el niño cada vez que le quitaba el ipad. Al final me llegó. Microciclo 1. ¿Microciclo? Joder, ¿que esta gente no puede poner nombres normales a las cosas, hombrepordios? Era como un resumen de toda la semana, con las cosas que tenía que hacer toda la semana. Era fácil, había que entrenar todos los días. Y cuando digo todos los días, es todos los días. No exagero. Lunes natación, martes la carrera a pie, miércoles salir con la bici… Y así hasta el domingo. ¡Manolo, carajo, que yo tengo una vida!

Por vergüenza no os voy a contar el primer día en la piscina. Tenía que hacer 600 metros de calentamiento, cuatro series de 400 metros y luego 200 relajados, y creo que solo hice los 200 relajados. ¡Cuánto dolor innecesario! No sé todo el agua que tragué, pero creo que la piscina del pueblo ese día tuvo que volver a llenarse de nuevo, por no hablar por los dolores que tuve luego por la noche, que tenía de cintura para arriba que veía las estrellas cada vez que me movía. Llamé a Manolo: Manolo, esto es de locos, macho. Me calmó y me dijo que los primeros días era normal, que no desfalleciese, que el dolor es pasajero pero la gloria para siempre…

¿La Gloria? Pero si su mujer se ha llamado Matilde de toda la puta vida…

En fin. Que correr y pedalear me imaginaba yo que iba a ser más sencillo, pero no. Para correr, el primer día, tenía unas series, que ya me había avisado Manolo que iba a haber series para todo. Y joder, y tanto. A mí, que la única serie que me gustaba eran Los Serrano, ahí con el Resines, quién me iba a haber visto con el corre, descansa, corre, descansa, corre, descansa… de marras. ¡Vaya ansiedad de vida! El primer día con el estómago en la boca. Y en la bici más de lo mismo: que si técnica, que si pedalada redonda, que si solo un pie… !Y kilómetros y más kilómetros! Se me iban a poner las piernas como a Contador.

Y así fueron pasando los microciclos, y los mesociclos: uno, dos y tres. He de reconocer que le iba cogiendo yo gusto a esto de tener vida de triatleta, que la Mari empezaba a hartarse. No, cariño, a partir de ahora la alimentación en casa tiene que cambiar. Carbohidratos y proteínas, que la tenía abrasada a la pobre de comer macarrones y pechuga de pollo. No, mi vida, que es lo que comen los profesionales. Lo peor ha sido lo de quitarme la cervecita con los colegas, que no veas cómo se cachondean de mí cuando en el bar pido un aquarius. Pero eh, que París bien vale una misa.

Ahora ya solo queda competir, pero eso os lo contaré otro día.