Empiezo a cogerle el gustillo muy mucho a las carreras rápidas. A los hechos me remito: Carrera del Turrón, diez kilómetros, un mojón (mira, un pareado). Carrera del Pavo, siete y medio, chachi piruli. Hoy, I San Silvestre Riosecana, cinco kilómetros pelaos, pues también cojonudo, un pim pam que en apenas veinte minutos te lo has quitado de encima, en el que has ido todo el rato a tope, y en el que vas a velocidades que posiblemente en el diez kilómetros no te puedes permitir.

Si encima añades que estas carreras cortas están hechas con cariño, que son sencillotas, que huyen de parafernalias, pues casi que mejor. Son carreras humildes, hechas por el placer de traer gente a correr. Vamos, la antítesis del triatlón de los emprendedores de las narices que comentaba el otro día.

Por ejemplo: en Barcelona, aparte de tener que pagar quince pavos por cada carrera, no conseguías ni una mísera foto. Aquí, siendo carreras infinitamente más baratas, a los dos días tienes hondonadas de fotos que ha hecho la gente de Runvasport. Así, por la cara.

Por no hablar de lo del aparcamiento, que es una delicia. Hoy, de la línea de meta a mi ibiza destartalao (reyes magos, para 2015 quiero un qashqai) había apenas cien metros. Es decir, si he terminado a las 18:52, a las 18:55 ya estaba camino de casa.

Del inconveniente del frío que te cagas no digo nada, también es cierto. Hoy, a la hora de la carrera (18.30h), cuatro graditos. Afortunadamente, sin niebla.

I San Silvestre de Medina de Rioseco

Pero vayamos al lío, la carrera en sí. Medina de Rioseco, donde en verano se celebra el Desafío Castilla y León. Eramos unas trescientas personas, quizás más, y en salida amplia, sin peleas ni tropezones. Tres vueltas de 1.500 metros más otro medio kilómetro para empezar con rampa de activación, dicho finamente. Primer kilómetro en 4’15”, con la subida por la calle principal de Rioseco, con bastante gente en los soportales animando. Giros después por calles pequeñas, rodeando las iglesias, durante un kilómetro más o menos, y luego una larga curva que llevaba hasta la Plaza Mayor, donde estaba el arco de meta. Primer paso por allí, en 7’00 justos.

La segunda vuelta durilla, aunque rápida. Como ocurrió en la Carrera del Pavo, se me pasa en un santiamén: sufro subiendo, los recovecos los hago en un suspiro (principalmente porque la mayoría de las calles eran en bajada, también es cierto) y la curva parece que no se acaba, aunque aún voy adelantando gente. Segundo paso por meta, en 14’00”. Giro la plaza, enfilo la rampa de subida y ay, no me queda nada dentro. Ya lo había notado en la curva final, que empezaba a ir en la reserva, en 175 pulsaciones, y ese desnivel positivo lo corrobora. Me adelantan un par de zagales jóvenes (ya les vendrá la senectud deportiva, ya les vendrá) y soy incapaz de seguir su ritmo.

Empiezo con los cálculos de siempre: queda un giro aquí, un giro allá, la rampita esa para abajo, que si bordear una de las iglesias…Vamos, que no queda nada. Lo jodido es aguantar la curva esa de entrada a meta, y será un último esfuerzo. Recupero alguna posición, maldigo a ray-ban y al afflelú ese de las gafas porque se me han empañado los cristasles y no veo tres en un burro, y trato de esprintar como buenamente puedo. Entro en meta en 20’58” en el puesto 61 de 210, con los higadillos fuera y (y me parece un dato para tener en cuenta, hace mucho que no me pasaba) con sensación de sangre en la garganta. Lo he vuelto a dar todo. Así que bien.

Me apoyo en una valla a recuperar fuerzas. Pillo un botellín de agua y tiro para el coche. El viaje de vuelta se me hace duro, muy duro. Y largo. Solo tengo ganas de una cosa: cama. Afortunadamente no tengo que esperar mucho para conseguirlo.

Mañana, San Silvestre de Valladolid, otros seis kilómetros y medio para el cuerpo. Aunque eso sí: completamente planos.