Un mes sin competir ya era mucho. ¿Cómo iba a estar yo un mes sin subir una crónica a esta nuestra querida Planeta Triatlón? Imposible. Y mira que me he prometido que esta temporada sólo voy a competir en el Ultratri, que si hay alguna carrera en el camino, sólo será un entrenamiento (aviso a navegantes, ya he comprado el dorsal del maratón de Madrid). Pero ayer surgió la oportunidad de participar en la II Carrera de la Integración en beneficio de Proyecto Hombre junto al bueno de Jorge Martínez, de Filacero, y no nos lo pensamos. Tres euros, una buena causa, y pegar un buen achuchón al cuerpo para quemar los calimochos de anoche.

Porque sí, si vas a Logroño y no te pones fino a comer y beber, mejor que te quedes en casa.

Pero bueno, no nos desviemos del tema: la carrera.

Ocho kilómetros y medio en una de esas típicas carreras que no tienen ni chip, ni cronómetro, ni avituallamientos y en las que hay los voluntarios justos en los cruces. Y los vecinos aplaudiendo en mesa.

En teoría no quería apretar, lo suyo era rodar tranquilo y sosegado, acumular kilómetros poco a poco… Hasta que claro, dan la salida a grito pelao. Ni megafonía ni gaitas. Estas cosas me encantan, correr por correr, quitar todo esa parafernalia que los runners le ponemos a las carreras. Aunque eh, que eran ocho kilómetros y había gente que parecía que estaba a punto de embarcarse en la primera etapa del Maratón des Sables: portadorsales con geles, medias compresivas, mochilas camel… Lo de que hemos perdido el norte deportivo lo sabemos desde hace mucho tiempo. Pero eh, que cada uno con lo suyo.

Carrera por la integración de Logroño

Pero vuelvo a irme del tema. Yo no quería apretar, pero dan la salida, empiezo a correr y veo que de los doscientos valientes que arrancábamos, me planto entre los veinte primeros. Imaginad el nivel, yo, a mis 4:35, que hace que no voy rápido como dos años, que tengo más carbonilla en las piernas que los Picos de Europa, ahí, luchando por estar en el grupo de cabeza. Domingueros power. Y claro, te lías. Cuatro kilómetros y medio picando para arriba, saliendo de Logroño, llegando a la cárcel, y vuelta por La Grajera y el Alcampo. En el km2 nos toca lidiar con una romería, unos diez caballos que han salido de paseo con sus consabidos jinetes y que nos amenazan con una buena coz. La gente pasamos andando, con más miedo que Mariano Rajoy a una rueda de prensa en directo. Miro el pulsómetro y voy en 172 pulsaciones. Coñe, y quedan seis kilómetros. Anda que no voy a sufrir, más que una perra.

Pero estabilizo el ritmo y chino chano voy haciendo. Que a eso hemos venido. Hacemos una grupeta de cinco personas y nos vamos turnando en la cabeza. Un flipao con gorra térmica, compresivas y zapatillas salomon, que debió de entender que los cuatro primeros kilómetros eran los de “su vida” en vez de “subida” nos va jaleando como si ésta carrera fuese clasificatoria para el Ultratrail du Montblanc. Vamos, chavales, vamos que se enteren de quiénes somos, venga, joder, apretad un poco, hostias, viva España (al pasar al lado de un chaval con la camiseta de la selección)…. En fin, sin comentarios. Miro el reloj, vamos a 4’35”. Habría que verle bajando de 4’00”. No me lo quiero ni imaginar.

Pasamos el ecuador de la carrera. Ahora, para abajo. Voy corriendo pensando en no talonear, en acostumbrar a las piernas a hacerlo bien. Me distancio un poco del grupo de cuatro que me acompañan, y noto que por detrás viene una bestia parda que al parecer ha llegado tarde a la carrera, porque no entiendo que en el km 6 venga a 4’10”. Me adelanta y trato de pillarle el rebufo. Pienso que si hay que apretar, hay que apretar, que hay momentos en que sufrir es lo que toca, que si dejo que se me vaya, el entrenamiento se habrá ido por la borda.

Y junticos nos plantamos en el último kilómetro. Él acelera, y ahí si que no puedo acompañarle. Pero voy a tope, o lo que sea ir a 177 pulsaciones. Y termino entrando en meta en 34’15”, que obviamente es un tiempo lamentable para un 8’5kms, pero eh, que es lo que hay.

Y yo más feliz que una perdiz.