El año pasado, el 15 de agosto, pesaba ocho kilos menos que ahora. Ocho, se dice bien. Estaba, por entonces, como un puto toro. Siete por ciento de grasas, fibradito, corriendo tranquilamente a cuatro cincuenta en las tiradas largas y más feliz que una perdiz. Creo que, si me apuráis, hasta tenía melenaza digna de un anuncio de pantene pro v. Hoy, un año después, marco una excelsa barriga, tengo muslamen que parezco una de las Kardashian y mis últimas carreras, según Strava, son dignas de un octogenario que ha comenzado a trotrar para apuntarse a la VI Caminata del Hogar del Jubilado del barrio.

Así que si el año pasado hice 5h18′ en el I Desafío Castilla y León estando en plenas facultades, no era aventurado pensar que hacer 5h30′ en esta edición y luchar porque Alexis no cruzase la meta por delante de mí, ya era todo un triunfo. También a los ridículos sonados de Bilbao y
Zarautz me remito. Mis últimas experiencias en media distancia eran como la carrera televisiva de Pilar Rubio: el futuro no auguraba muchos éxitos.

Hay que añadir que si la prueba era el domingo por la mañana, mi ingesta alimenticia de los días previos distaba de ser la más adecuada, para mayor hondo penar de Lorena, mi dietista:

Viernes noche: cena en el Fosters Hollywood, hamburguesa ibérica, aros de cebolla, patatas fritas, un litro y medio de pepsi y un postre denominado Death by chocolate. #sensecomentaris

Sábado: tres minicroissants de chocolate, patatas bravas, una cerveza, arroz negro para dos (solo para mí), mousse de tres chocolates, licor de hierbas y, para cenar, patatas fritas en salsa de calçots y, para no sentirme mal, ensalada de couscous, rúcula y tomate.

Vamos, que tenía la barriga al irme a la cama como el ego de Risto Mejide: bastante hinchado.

Así que llegamos al domingo en unas condiciones lamentables. Además, para más inri, veo a Alexis inmaculado: superconcentrado, cumpliendo a rajatabla una dieta espartana, con todo planificado… Vamos, mi antítesis. En fin, que no se preveía otro desarrollo de los acontecimientos que no terminase conmigo entrando en seis horas bajo el arco de meta.

Me despierto a las 05.45h. A la misma hora a la que me acostaba hace diez años. Uhm. Me meto en el baño y saco la vena más femenina: me hago la pedicura para evitar que ocurra lo mismo que en el Ironman de Frankfurt y luego me depilo. No me hago un peeling y me pongo pepino en los ojos de puro milagro. Alexis me despierta de mi momento esteticién y me doy cuenta de que son casi las seis y media. Hostias, y yo sin desayunar. Pillo dos croissants rebosantes de grasas saturadas y los paso con urgencia por el gaznate empujando con un vaso de leche desnatada sin lactosa. Desayuno cojonudo para un media distancia. Ole yo.

Llegamos a las siete y veinte a Medina de Rioseco. Suerte que en los media distancia de pueblos de cinco mil habitantes todo es muy rápido y no tengo que esperar colas innecesarias para entrar en boxes. A las siete y media, todo colocado, las ruedas a reventar de presión y tratando de meter estos jamones que se me estan poniendo dentro del neopreno. Cámara de llamadas. Como tengo el dorsal 105, soy de los primeros afortunados en poder irme a la dársena del Canal. Me da más miedo tirarme que a Mariano Rajoy una rueda de prensa con preguntas. Un juez me hace tirarme al agua, así, a pelo, sin calentamiento, sin caricias, sin preliminares…

¿Os sabéis el chiste de “Hace un calor qué te-torras”? Pues dentro del agua hacía un frío que te-titas. Nada más entrar, comienzo a tiritar. Y para más inri, la prueba comienza con retraso. Ya sabéis, que en pleno 2015 aun hay triatletas que no saben que si te dicen que te tienes que poner detrás de la boya, eso no significa ponerse 25 metros por delante.

Que no sé si la gente es despistada per se, o directamente tramposa. Empiezo a seriamente tener dudas.

En fin, que me enciendo. Arrancamos. Llevaba un mes en el que no entrenaba la natación con continuidad, así que no sabía cómo podía ir la cosa. Me noto fatigado en las primeras brazadas, aunque veo que voy en buena posición. A los mil metros, me adelanta por la derecha una de las chicas. Espera. Esa cara. Esos pendientes. Joder. Que es Silvia. No. No puede ser. Seguro que es Gurutze Frades, que como es vasca, le pega llevar esos pendientes. Me pasa cual rayo. Yo sigo a lo mío.

Unas cuantas horas después me enteraría de que sí, que era Silvia. Joder cómo están nadando los del Cerdanyola CH últimamente.

A medida que volvemos para la dársena, me voy encontrando mejor. Salgo del agua bien, aunque creo que voy alto de pulsaciones. Pese a ello, pego un buen arreón corriendo para llegar rápido al box, que por cierto, tiene más de la mitad de las bicicletas aún esperando a sus propietarios. Bien por mí. Miro el reloj: 36’39”. Puesto 80, sabré a posteriori.

El año pasado hice el ridiculo en la transición, así que este año era fácil mejorarlo. Y lo consigo, logrando hacer una T1 inmaculada, con mordisco a plátano y trago de agua incluidos. Salgo a la bici y comienzo a pedalear. Me sé el recorrido de memoria, así que aprovecho los tres primeros kilómetros para coger aire, ubicarme dentro de la carrera y una vez que salgamos a la carretera dirección Tamariz, empezar a  apretar.

No hay viento, así que se disfruta. Voy acopladito, apenas apoyado sobre el sillín, con el cuerpo en posición de ataque y la espalda recta. Si buscas la wikipedia “posición aerodinámica” sale una foto mía. Me estabilizo en los 35kms/h, más agusto que un arbusto. Hay muchísimo tráfico -y muchísimo caradura- y los jueces tienen demasiado trabajo. Yo me engancho a discutir con uno de ellos, diciéndole -a grito pelao- que si no piensa hacer nada con los pelotones.

Desafío Castilla y León

Hago una media de 33kms/h en la primera hora, teniendo en cuenta que los primeros minutos incluyen la salida de la  transición, la discusión, el giro de 180º y que al pasar al lado de Nuria GD freno para salir decente en la foto. Empiezo a hacer cálculos, con esta puta manía mía de convertir las competiciones en un excel. El año pasado hice 2h37′, así que para hacer menos tiempo, tengo que apretar mucho el culo. La segunda vuelta se me hace pestosa. Me noto fatigado, con las piernas algo bloqueadas cuando la carretera, pese al falso llano, tira hacia arriba. Pero no pasa nada, pese a las sensaciones, sigo dándole zapatilla.

Desafío Castilla y León

La tercera vuelta es una maravilla. Engancho un grupo de tíos con cabra y, guardando las distancias (salvo uno, de cuyo nombre y dorsal me acuerdo perfectamente y a quien algún día -en sueños- le echaré en cara que hacer drafting es de tramposos) hacemos los últimos 30 kms a un ritmo de 37kms/h, así que termino plantándome en la T2 en 2h36′, a una media de 34’6kms/h. Co-jo-nu-do. Posición 74 del segmento.

Desafío Castilla y León

Empiezo a correr. Paso junto al arco de meta. Llevamos 3h18′ compitiendo, así que tengo dos horas justas para hacer la media maratón. Malo será que no lo consiga, ¿no? Primer km en 4’20”, segundo en 4’38”, tercero en 4’45″… Los cinco kms, en 24’30”. ¡Recoñe! Paso por el box, y sigue sin llegar Alexis. Primer objetivo de la prueba, superado XD

Desafío Castilla y León

Tengo miedo de que me dé el bajón de golpe y me plante en los seis minutos de media, pero no ocurre. Los geles me sientan bien, y noto cómo recupero. Así que voy acumulando kilómetros, saludando a Silvia y Alexis y a gente del Tripi, y sigo sin desfallecer. Por fin. Es el día. Si a lo largo de la semana pensaba que soy un jodío desastre y siempre me pasa algo, hoy no va a ser así. Hoy -por fin- lo bordo. Hoy por fin voy a notar lo que nota cualquier triatleta que haga bien las cosas.

En el 18 ya voy en la reserva, pero tengo margen más que de sobra. Entro en meta en 5h07’16”, once minutos y medio mejor que el año pasado, marcando mi mejor marca personal en la media distancia. Ya está. Sin juicios de valor, sin tener que pensar qué ha fallado. Me duele todo, me noto superrígido, pero ya está hecho. Puesto 80, 25 mejor que en la edición de 2014.

¡Y comiendo como el culo!