-Y estás diciendo, que aún me quedarían otros sesenta kilómetros a este ritmo, y luego una maratón?

-Correcto.

Esta conversación tuvo lugar ayer, a eso de las doce del mediodía, en un parking de El Masnou. Xavi Mimoso y yo estábamos apoyados en el maletero de su coche, exhaustos, después de 120 kilómetros por la NII. Para mí era la primera vez que pasaba de 100 kms entrenando. Para él, la segunda o la tercera. Y quedan menos de dos meses para el Ironman de Barcelona y he de reconocer que tengo algo de vértigo ante la idea de que no esté preparado para tales niveles de exigencia.

Esta semana en teoría era dura en cuanto a carga de entrenamiento, casi quince horas, pero el lunes mismo le tuve que pedir a Txema que aflojásemos: tenía las piernas del revés tras un fin de semana intenso tanto con la bici como con los ejercicios de técnica de carrera. Lo cual da que pensar. Estamos en el bloque duro de la preparación del ironman y me desborda. ¿Acaso no estaré aún preparado para acumular estos volúmenes?

Me paso el día pensando en el ironman, disfrutándolo, deseando que llegue la hora de entrenar, pero luego la realidad me descubre que mi cuerpo va a un ritmo inferior que mi cabeza y la realidad me pone en mi sitio.

Hoy estoy descansado, me espera una subida al Forat del Vent y 18 kms de carrera a pie después. Tengo ganas de empezar, de ir con la lengua fuera, romper a sudar y terminar con las pulsaciones a tope al llegar a casa, y sé que lo haré y que al acabar pensaré que tengo cuerpo para hacer otros siete kilómetros. Muchas veces recuerdo lo que Albert Caballero cuenta de Miquel Blanchart y su necesidad de acumular entrenamientos pantagruélicos para estar tranquilo, y creo que -salvando las distancias, claro- soy del mismo palo. Necesito tener la seguridad de saber que puedo asumir la distancia, porque ya he hecho la distancia. Y sé que es imposible e incluso contraproducente, pero mi cabeza me pide entrenamientos de larga distancia en mi zona de confort. Porque sé que al fin y al cabo todos podemos tirar en Z2 todo el tiempo que haga falta. Eso es lo fácil. Lo complicado (y lo bueno para el entrenamiento), son esos momentos en Z4 que me rompen las piernas…

Y en esas estoy, en una lucha conmigo mismo, viendo pasar los días y acercarse el 5 de octubre. La semana que viene llega el Media Distancia de Medina de Rioseco. Soy consciente de que lo voy a hacer bien y bajar de manera sustancial las 5h49′ de Calella (porque la bicicleta es plana, principalmente), pero después, ¿qué? Tengo una semana de vacaciones en Valladolid en la que podré dedicarme a entrenar todo el día, en los volúmenes que toquen. No tengo otra cosa que hacer. La siguiente semana el triatlón de Capillas el viernes y el olímpico de Lantadilla el sábado. Y el domingo espero que tirada larga de bicicleta.

Después Noruega donde espero hacer algo más que correr por las montañas. Algo inventaré. Y nos plantamos en septiembre. Y se acaba el tiempo…