Diez de la noche del seis de octubre de 2014. Para mí, el Ironman Barcelona ha acabado hace un rato, más de 36 horas después de que diese comienzo, ahora que por fin he acabado mi primera jornada laboral en tierras castellanas y disfruto de un merecido descanso..

He vivido nueve años, diez meses y un día en Barcelona. El destino ha querido que mi último día en la ciudad fuese disputando la prueba más dura a la que me he enfrentado (solo comparable a un día que no estaba Judit en casa y me tocó poner la lavadora sin ayuda externa porque me había quedado sin calzoncillos) y que llevo meses preparando. Supongo que no hay mejor manera de marcharse; supongo que igual  que llegué a la ciudad dejando mi coche siniestro total a la altura de Fraga, siempre recordaré que me marché de Barcelona dejando mi cuerpo siniestro total a la altura de Calella.

Hilo fino, ¡eh!

He de reconocer, supongo que por todo el estrés del traslado y la mudanza, que aún no he asimilado lo del ironman de ayer. Ni lo he asimilado ni soy capaz de verlo con perspectiva. Me gustaría estar eufórico, encantado de haberme conocido, pero en cambio no es así. Lo he hecho, me lo he quitado de encima. Punto. Supongo que es una carrera de digestión lenta y con el paso de los días comenzaré a ser consciente de la gesta en sí, de qué he hecho. Espero.

Mientras tanto, me queda pensar en que sí, en que efectivamente el ironman es una carrera que engarza con lo más parecido que un deportista popular puede imaginar cuando piensa en la épica, que es una carrera de muchísimas horas contra uno mismo, en la que los malos ratos se van acumulando uno detrás de otro para terminar siendo un buen rato de dimensiones pantagruélicas, en la que te duele todo, en la que todo te molesta y la mayor nimiedad tiene el don de tomar tintes dramáticos.

Ahora vamos al lío.

Domingo. Seis de la mañana. Desayuno tranquilamente, intento estar relajado y concentrado a partes iguales mientras como el bocadillo de queso, tomo el té verde de marras y el yogur. Salgo a la calle, veo cómo diluvia y de repente todo se me cae al suelo y los miedos escondidos en los últimos días, afloran de golpe. No quiero, si tengo que abandonar abandono, no es ningún drama… Dónde vamos a ir con esta lluvia, me voy a meter una hostia del doce en la bicicleta, yo mañana tengo que estar en Valladolid en perfectas condiciones, no tengo que rendir cuentas a nadie…

Fuerte tormenta con aparato eléctrico (que dirían en el tiempo de La 1). Mi padre y yo nos acercamos al box para dejar las barritas, la nueva gorra y comprobar que todo está en su sitio. La bici, completamente calada. La situación me supera, pero en el fondo soy consciente de que estamos ahí 2.500 tíos y que si todos están locos por participar, llueva, nieve o haga un sol espléndido, yo no puedo ser menos. A veces, toca y punto. No hay otro remedio.

Llego a la cámara de llamadas a las ocho y cuarto, tal y como estaba previsto. El speaker está comentando que la tormenta se aleja camino al mar pero que aún no pueden permitir que entre nadie al agua y que todas las salidas se postponen “unos minutos”. Tras confirmarnos que se disputará la prueba en formato full ironman, sin recortes, mi salida tendrá lugar a las 09.17, media hora más tarde de lo previsto.

Voy ya enfundado en el neopreno y la espera me calma. Llevo meses esperando este momento. Hay que salir a nadar, y que sea lo que dios quiera. Ya en el tramo de bicicleta decidiremos qué pasa. Por ahora, esperan 3.800 metros.

Salimos: 200 metros a la primera boya. Voy muy cómodo, sin llevarme hostias. El agua está a una temperatura ideal y no hay nada de viento. Voy nadando con técnica, relajado. Paso los primeros 500 metros en apenas seis minutos. No puede ser. Miro el garmin y cuadra. No le doy importancia, ya todo se pondrá en su sitio con el paso de los minutos.

Adelanto posiciones. Empezamos a encontrar a los de menos de 35 años que habían salido tres minutos antes que nosotros. Trago algo de agua en momentos puntuales, pero no más de lo esperado. Llego al 1.500 en 24 minutos. Atención, que esto ya va en serio. Al 2.000, en 35. Ni en mis mejores previsiones (1’57” el 100) contemplaba un escenario así. Trato de mantener el ritmo (no voy fatigado, voy como en un entrenamiento “normal” de piscina). Al final, en los 300 finales, noto algo de fatiga en los brazos y termino saliendo en 1h14′.

Encantado.

Hago transición larga (siete minutos) con saludo a Judit incluido. Salgo a la bici y me doy cuenta de que no llueve, aunque el terreno está mojado. Pedaleo por las calles de Calella con sumo cuidado: el resto de recorrido es sencillo, pero aquí hay demasiadas curvas de noventa grados y no quiero tomar riesgos innecesarios. En una de las últimas, un italiano se va al suelo, pero soy rápido y consigo poner pie a tierra antes de caerme con él. Primer obstáculo superado, bien. He salido contento del agua, y las cosas en la bicicleta van en su cauce. Un día gris se está tornando en uno genial. Como me decían, empiezo a disfrutar el Ironman.

Entro en la nacional con ganas. Trato de equilibrar pulsaciones, me acoplo para ir cómodo. Lo voy, pero por alguna razón, voy a 150 pulsaciones. Con Txema habíamos marcado las 138 como media idónea, pero no hay manera de alcanzarlas. Lo achaco al estrés de la natación, y procuro reducir la cadencia de pedalada, aflojando. Hay mucho tráfico, evito el drafting pero la inercia del ritmo de aquellos que me adelantan, me hace ir a 34, 35 e incluso 36 kilómetros por hora.

Ironman Barcelona

Al llegar a Mataró me doy cuenta de que me lo estoy pasando como un enano. Los kilómetros quedan atrás sin darme cuenta y me encuentro bien, rodando fácil.

Y entonces llega el primer momento malo (de una larga lista). El isquio de la pierna derecha, ese que en las últimas semanas comenzaba a buscar mi atención, quiere su parte de gloria y empieza a tocar los cojones. Duele. Pedalear se hace más complicado. Siento como si alquien me estuviese clavando una aguja. Inconscientemente cambio la postura de pedaleo, y esto deriva en que el nervio ciático también duela. Ay.

Supero la situación poniéndome de pie en los tramos planos  de subida y bajando piñones para buscar más desarrollo. En la primera vuelta funciona, que aún tengo fuerzas. El dolor se mitiga. Voy alimentándome bien: barrita cada media hora, tragos constantes al bidón aero, tragos de isotónica cada cierto tiempo, cápsulas de sales cada hora…

Salvo lo de las pulsaciones, que siguen entre 145 y 147, el resto va conforme al guión previsto. Al fin y al cabo, con los dolores ya contaba. Me alegra encontrar a Joaquín en la rotonda de llegada a Calella. Es un impulso de animo que hace pedalear con más ganas. Agradezco que se haya pegado el esfuerzo de acercarse hasta allí.

Ironman Barcelona

Empieza la segunda vuelta. En mi previsión, la jodida, la que se iba a hacer aburrida, recorriendo los mismos pueblos que había hecho dos horas antes. Hasta Mataró vuelve a ser relativamente cómodo (Miquel me anima en Arenys), aunque luego vuelve a dolerme todo (incluido dedo gordo del pie izquierdo, que decide que el Ironman no va con él y se duerme). Volver para Calella, con un ligero viento en contra es como Gran Hermano 15, un coñazo. Me cruzo con Sergi, que va en medio de un grupo de unos treinta. Pese a que llevamos casi cuatro horas entre pecho y espalda aún hay mucho tráfico, se han formado pelotones y evitar el drafting es muy complicado. Me saca unos diez o doce minutos. Inaccesible alcanzarle.

Al llegar a Llavaneres (entorno al kilómetro 130, diría), empiezo a ser consciente: si aguanto los quince kilómetros que faltan hasta Calella, acabo el Ironman. Estoy a punto de superar mi record de distancia en bicicleta, pero es todo mental. La vuelta corta es un paseo. De una hora, sí, pero un paseo.

Y así es. Entro en la transición en 5h50′. He bajado ritmo pero es que no tengo las mismas fuerzas que al principio y el isquio sigue haciendo la guerra por su cuenta. Llevo compitiendo más de siete horas, y se nota. A ver el maratón. Debería intentar hacer cuatro horas para acercarme a las once horas y media, pero nada más salir noto que va a ser imposible. Estabilizo rápidamente las pulsaciones, y diseño la estrategia de carrera: parar en los avituallamientos a coger resuello y alimentarme bien. Llevo mis cuatro geles, pero no estoy convencido de utilizarlos. Tengo el estómago en las últimas antes de que decida que él también quiere unirse a la fiesta.

Ironman Barcelona

Doy pasos cortos y avanzo de aquella manera. Me cruzo con María que ha venido a animar. Después, con mis padres y con Judit. En último lugar, con Rafa y Txema. Veo la entrada a meta, aun inmaculada. Empiezo la primera vuelta. El recorrido ya me lo sé del Half. Paciencia y a por él. El cuerpo me pide andar. Me duelen los cuádriceps, los gemelos, hasta incluso se me queda bloqueado el antebrazo izquierdo. Puto pupas, tú, parezco el Atleti. Espero que Judit no me pida cumplir al acabar. #ejem

En el cuatro me cruzo con Albert, que me pregunta como estoy. Pienso que muy jodido, aunque no sé a ciencia cierta que le digo. Estoy en fase ahorro de energía.

Ironman Barcelona

En el siete, me junto con un chico del Team Calella y -qué casualidad- con el chico de León con el que hice los últimos cinco kilómetros del Olímpico de Lantadilla. Vamos hablando y recupero sensaciones. En el diecisiete me quedo solo, porque ambos tienen que aflojar ritmo,  y la vuelta hacia la civilización es horrorosa (lo del tramo más allá de la vía en Pineda se lo deberían hacer mirar). Termino combinando tramos andando con tramos al trote, consciente de en la parte de recorrido que transcurre por el paseo marítimo de Calella hay más animación y más incentivos para ir corriendo. Aquí no me ven ir andando rollo abuelito, hay que aprovechar. En tramo carrera, estoy yendo a seis veinte el kilómetro. Poco a poco se va haciendo de noche, hace frío y amenaza tormenta.

Soy completamente consciente de que voy a acabar, pero me preocupa tener que terminar andando y que se nos haga demasiado tarde. No hago cálculos de cuánto puedo tardar en completar la última vuelta, hago cálculos de cuánto puede tardar mi padre en llegar a Lleida contando que hay radares, si en el tramo de autopista hasta Zaragoza le puede dar zapatilla… Objetivo, llegar a Valladolid antes de las siete de la mañana. Sí, es así de triste.

Los dos últimos kilómetros los hago casi andando. Estoy vacío por dentro, no me queda nada. Pero ya está ahí. A falta de doscientos metros encuentro a Judit. Nos besamos, me anima enfervorecida, y me dice que abajo está toda la tropa esperándome. Entro en la moqueta azul en completo éxtasis. Más que gritar, rujo, saco fuera toda la rabia contenida en los últimos meses. Ahi están Javi, Alexis, Rafa y Txema animándome. Ya está. Entro en meta apretando los puños.

Once horas y cincuenta y ocho minutos. Soy finisher.

Me siento en una silla, intentando alejarme de todo el griterío. Aflora toda la tensión acumulada los últimos meses, los entrenos matutinos, los vespertinos, los dolores, el lidiar haciendo malabares para que mi hobby no influya en mi vida de pareja, los miedos a no acabar, al fracaso… Me relajo. Como algo, aunque no tengo hambre. Lamentablemente no hay donuts de chocolate, así que me contento con un chucho de crema, algo de pasta y un croissant.

Salgo a la calle con la camiseta de finisher y la medalla. Ahí están Txema, Rafa, Alexis y Javi esperándome. Me abrazo con ellos. Un trocito de este Ironman les pertenece.

Beso a mis padres, que se han pegado una paliza de dimensiones astronómicas para apoyarme. De ellos es un trozo más grande todavía.

Tardamos una hora en sacar la bici del boxes. Una hora en llegar a Barcelona. Siete en llegar a Valladolid. Quince minutos en descansar en la cama y otros diez en ducharme. A las ocho, de traje y corbata, en mi nueva oficina. Dolorido y cansado.

Pero feliz.

Ahora a descansar. Mucho.