Siempre se ha dicho que para mejorar nuestro tiempo en un ironman lo importante era, aparte de hacer una importante inversión en material, como en las películas de Disney o las comedias románticas, tener un gran corazón.

Concretamente, un gran corazón, fuerte y eficiente que permitiese bombear más sangre a los músculos. Y sí, es cierto: los triatletas que practicamos ironman tenemos un elevado gasto cardiaco, así que si conseguimos incrementar el volumen sistólico (cuánto se bombea) y la frecuencia cardiaca (número de veces que se bombea), tenemos bastante terreno ganado. Al fin y al cabo somos gente que disponemos de sistemas circulatorios bien desarrollados, células musculares mayores que la media (en volumen y tamaño) y una alta actividad aeróbica.

Todas estas modificaciones cardiovasculares llevan a que los corredores de ironman dispongan de un VO2 max superior, aunque a la hora de la verdad (y aquí va el tema), este no es el factor más importante por el que nos hemos de preocupar. Si queremos ser finishers de cualquier prueba ironman, o mejor dicho, finishers más rápidos, tendremos que centrarnos principalmente en cuenta los factores que afectan a la velocidad y nuestra resistencia a la fatiga.

Foto: Flickr // GoPro Camera

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Estos incluyen factores biomecánicos, la fatiga neuromuscular y el cómo nuestros sistemas interactúan entre ellos.

Aparte, influyen la genética (que, lamento ser yo quién os lo diga, no podemos cambiarla), la fisiología, nuestro historial de entrenamiento y la técnica. Sobre todo la técnica: cuanto más largas sean las carreras (y creedme, un ironman es bastante largo) más hemos de preocuparnos por la eficiencia de nuestros músculos. Si vemos que tenemos fuerza y capacidad de sufrimiento, pero no una técnica refinada, casi mejor que por el momento nos centremos en carreras cortas, mucho más agónicas y en las que lo básico es, por ejemplo, tener más frecuencia de zancada que una buena zancada.

También nos va a influir nuestra capacidad de sufrimiento, nuestra capacidad para mentalmente gobernar nuestro cuerpo y darle las órdenes suficientes para que nuestro potencial físico continúe acercándonos a la línea de meta al mismo ritmo. Aquí entran en juego entrenamientos en solitario, sábados y domingos que otrora estábamos acostumbrados a ir con la gente de nuestro club, a rebufo y en buenas velocidades, tienen que desaparecer para convertirse en sesiones en solitario: varias horas pedaleando, transiciones a carrera a pie nosotros solos, aprendiendo a manejar las distintas situaciones que nos vayan ocurriendo. Es la única manera de aprender a gestionar los “qué carajos hago aquí, me quiero parar, quién me mandaría” que nos van a surgir a lo largo de nuestra carrera de larga distancia.

Esto entronca con la disciplina en el entrenamiento. Los entrenamientos están para cumplirlos, haga frío, llueva, o haga un calor insoportable. Y en los entrenamientos, por cierto, se entrena, no se compite. Nada de picarse con compañeros en las sesiones intersemanales de carrera a pie, o subiendo un puerto. No. Ahora hay que centrarse en cumplir una planificación a medio plazo. A todos nos gusta competir, claro, pero ya lo haremos el día del ironman.

Y luego ya vendrá asumir el cómo afecta un ironman a nuestro cuerpo.