Domingo, julio, cuatro de la tarde. Treinta y siete grados en la calle. ¿Vosotros saldríais de casa? Yo no. La verdad. Yo me quedaría apoltronado en el sofá, pegado al aire acondicionado, con una jarra de agua bien fría cercana y con el Tour de Francia de fondo, todo presto y dispuesto a caer en brazos de Morfeo con una señora siesta, de esas de caérsete la baba por la comisura de los labios, resbalar hasta la camiseta y terminar despertándote sobraltado y con cara de susto espetar un “Capasao? Se ha caído Ullrich?”.

Pues hoy ni siesta ni hostias. Hoy a las cuatro de la tarde, con treinta y siete graditos estaba yo sufriendo tan ricamente el Ironman de Frankfurt en mis carnes. Y vale que parece que a Jan Frodeno se la bufa que hoy se pudiesen freír huevos en las piedras -se ha ciscao el maratón en 2h50′, el #cachocabrón-, pero es que para los mundanos, para los que nos arrastramos como buenamente podemos, lo de hoy ha sido una puta odisea, un sinvivir inhumano completamente innecesario que te hace plantearte, seriamente, si esto de la larga distancia realmente merece la pena.

Pongámonos en antecedentes. Ola de calor que asola Europa. Llegamos el viernes a Frankfurt y la sensación de agobio es increíble. Da igual que te pegues al ventilador. El azote del aire caliente es inhumano. Breafing y confirman algo que ya comenzaba a barruntarse por los mentideros horas antes: la natación será sin neopreno y en el maratón se prevén temperaturas cercanas a los cuarenta grados. De locos.

Sábado. Me había puesto el despertador a las cuatro de la mañana, para aclimatarme a lo que me esperaba al día siguiente. Las típicas chorradas que hace un triatleta. Deambulo por el apartamento, hago un excel calculador de calorías, retomo el excel de costes de un ironman, redacto un artículo, hago calceta… ¡No sabéis la de cosas que se pueden hacer cuando la gente en sus cabales duerme, oye!

Salgo a correr a las ocho de la mañana para conocer el recorrido y doy auténtico asco a los diez minutos. Soy un ser resbaladizo y salado empapado en sudor. Bueno, también reconozcamos que yo rompo a sudar con la misma facilidad con que una participante de HYMYV le pega una patada al diccionario en su cuenta de instagram (aki, cn el Tete, sufriendo, haber si nos vemos mas este veranito xulo). Tengo más que asumido que yo nunca ligaré en el gimnasio. De hecho con que no me mire con cara de asco, y no se aparten al cruzarse conmigo dos metros en lateral, me doy más que satisfecho.

Bueno, que me despisto: Ocho kilómetros a 5’13”.De ritmo y pulsaciones muy cómodo. Buenas impresiones para el domingo, aunque claro, es distinto correr a 27 grados que a 37. Con 27 solo se te calientan los huevos, con 37 se te escaldan. En fin. Después, comienza el maravilloso festival de paseítos del sábado:

  • Del apartamento a la feria a recoger el dorsal y las pegatinas: dos kilómetros.
  • De la feria a un hotel donde la gente de Bike-transport me tenían la bici: otro kilómetro.
  • De ahí al punto donde se cogía el autobús al lago: otro kilómetro.
  • Al lago, en autobús, como sardinas en lata.
  • Del lago a la feria, en autobús, como almas en pena.
  • De la feria al apartamento: dos kilómetros.
  • Del apartamento a la feria, por la tarde, a dejar la bolsa roja, ya hasta los huevos de paseítos: dos kilómetros.
  • De la feria al apartamento, andando a lo Chiquito de la Calzada: otros dos kilómetros.

Teniendo en cuenta que todos los viajes los hice calzando unas alpargatas super hipsters (antes muerta que sencilla) pero incómodas que te cagas, al llegar al hotel tenía dos pedazo de ampollas del tamaño de la deuda griega. ¡Cojonudo, oigan!

Cenamos en un italiano a la vuelta de casa con los grandes éxitos de Café Quijano de fondo. Estas son las cosas de la globalización. Las cosas malas, claro. Pero oye, que lo mismo los alemanes nos estaban haciendo guerra psicológica a los españoles, lo cual me parece completamente lícito. Yo en su papel también lo haría. ¿Que vienen a hacer el Ironman de Barcelona?, pues les pongo de fondo los diálogos de una peli de Fritz Lang de su etapa expresionista. Que se jodan.

Ah, que eran pelis mudas. Bueno, pues les ponemos una cinta con chistes de Arévalo. Que se jodan de todas las maneras.

A la cama a las diez. Castigado. Pese al calor, consigo dormir más o menos bien.

Suena el despertado a las cuatro de la madrugada. Pego un salto, me doy con el techo y tras el coscorrón, tiro para la ducha. A partir de ahí, la parafernalia habitual: desayuno, revisión del material que te vas a llevar al lago (gorro de agua y gafas), vestirte, ponerte las lentillas, volver a revisar el material (vale, siguen estando las gafas, no se han ido al baño por sí solas), un poco de relajación en el sofá, respiraciones, un poco de cuento de la lechera sobre los tiempos a hacer a lo largo de la prueba, tercera revisión del material (espera, ¿había metido el gorro?) y salgo de casa, tras el pertinente beso a Judit. Frase importante que me dice:

-Cari, hazlo muy bien y muchísimo cuidado con el calor, si te tienes que parar, te paras, ¿eh? No es obligatorio acabar, ¿vale?

Todo dicho con una dulzura maravillosa. Ay, me la comería a besos.

Total, que me piro, desmodus rotundus. Entramos a los autobuses como los que son conscientes de que van al matadero, unos cargados de risas nerviosas, otros completamente en silencio y luego otros como yo: con el moflete pegado al cristal echando un sueñecito. Es la ventaja de correr en países lejanos: no conoces a nadie y te la bufa hacer el ridículo.

Llegamos al lago a las seis menos diez, aunque nos toca andar unos cinco minutos, que el autobusero está un poco vago. De pronto la gente entra en éxtasis mariano y, enfervorecida, comienza a gritar: “Seve, Seve, good luck Seve! go Seve go!”. Me sorprendo con la tremenda afición al golf de esta gente, hasta que veo que el que viene de cara a nosotros es Sebastian Kienle, ultimando su calentamiento. Vaya armario empotrao el zagal.

Reviso la bici, coloco los geles, frutos secos, cápsulas de electrolitos, ternasco, pizza cuatro estaciones y frigopieses que voy a ciscarme por el camino, y tiro para el agua. Meto los piececicos pensando que aquello, por mucho que digan que no hace falta neopreno va a estar gélido y que se me va a quedar la tita como un cacahuete… Y no: el agua está como babas. Pa’mí que el sábado ahí han meado todos los habitantes de Frankfurt, Angela Merkel, el Bundestag, el consejo de administración del Commerzbank en pleno y un señor de Albacete que pasaba por allí. Dios, qué asco.

Hago unos largos y todo ok.  Me duele un poco el biceps izquierdo (tengo un moratón que no sé de qué es), pero nada que no se pueda soportar.

Salida de los PROs y de las PROSAs, salida de la primera ola y llega nuestro turno. Siete de la mañana, cañonazo, y al lío. Entramos en tropel pero no hay un tráfico denso, así que natación limpia. Voy bien, alargando la brazada. Llego al ochocientos, se gira a la izquierda y comienza a haber hostias por todos los lados (mira, ¡como en la comunidad de Madrid!) en 15′ justos.

A partir de ahí, voy nadando con la misma constancia que un funcionario de la Hacienda Publica. Un dos tres, un dos tres, salida a la cafetería, un dos tres, un dos tres, salida a hacer un recado, un dos tres, un dos tres. Termino la primera vuelta, 1.700 metros, en 32′. Joder, superbien, ¡para no ir con neopreno!

Comienza la segunda vuelta. Pillo y unos pies cojonudos que me hacen incrementar el ritmo. Llego al 3.000 en 56′. Vamos, leñe, un último empujón. Me debato entre forzar para hacer mejor tiempo que en el Ironman de Barcelona, o reservar, que queda mucho por delante, y la natación no deja de ser la maría del triatlón. Al final, ni lo uno ni lo otro, arreones y frenazos, para terminar saliendo del agua en 1h13′. Supercontento, porque no estoy nada cansado.

Ironman de Frankfurt

Transición rápida y a la bici. Comienzo a caminar por la alfombra con ella… y aquello traquetea mucho. Qué raro. Me paro, la reviso un momento, y el eje de la rueda de palos mal cerrado. Soluciono el pequeño percance pensando -al mismo tiempo- en lo gilipollas que soy, que siempre tengo alguna historieta, y comienzo a pedalear. Los primeros veinte kilómetros son muy fáciles, plano y bajada, y voy a ritmo alegre y a 135 pulsaciones. Hay que recordar que el año pasado, en el Ironman de Barcelona, no bajé en ningún momento de 150. Sonrío ilusionadísimo. ¡Joder, que vamos de puta madre!

Primera tachuela que subo fácil. Ritmo de la primera hora: 32’8. Buah. Ni en mis mejores sueños húmedos. Segunda tachuela, que me hace sufrir un poco, susto en la bajada -a setenta por hora- con las turbulencias de la rueda de palos que me hace frenar en seco, sacar un pie y pensar que voy a estamparme contra el suelo y volver a las Españas desdentao, pero al final todo se queda en eso, en un susto. Bravo, segundo percance del día solventado. ¡Ay, que hoy es el día de hacerlo bien! Sigo pedaleando acoplado, aprovechando bien las bajadas. Hay mucho tráfico. Como lo definiría posteriormente un colega, parece Verano Azul, todos juntitos en bicicleta. En una de estas, y no sé muy bien por qué, me despisto, me pego a la rueda de uno que me adelanta, lo vuelvo a adelantar por la derecha, y aparece un juez. Tarjeta azul.

No discuto. La he cagado, tiene toda la razón del mundo. Cuando haces las cosas mal, hay consecuencias. Y punto.

Paro en el penalty box preocupado por cómo me va a afectar a la media. Aprovecho para comer, beber, tomar una cápsula de sales, dar conversación al juez de turno y ver cómo me adelantan la hostia de gente que había ido adelantando a lo largo de cincuenta kilómetros.

Salgo de nuevo a carretera con miedo: hay mucho tráfico y una segunda tarjeta supondría descalificación, así que trato de ir lo más a la izquierda de la carretera, adelantando. La pausa de cinco minutos me ha venido de puta madre y vuelvo a circular con pedaleo fácil. Me suben algo las pulsaciones, a 143 – 144, pero no me preocupo. Alcanzo las tres horas de segmento de bicicleta. 95 kilómetros. Teniendo en cuenta la parada obligada, para mí es un señor tiempo.

Ironman de Frankfurt

Son las once de la mañana y ya calienta de lo lindo, y comienzo a notar que la uña del dedo gordo del pie derecho empieza a hacer de las suyas. Es un problema que llevo arrastrando varios meses: me nace torcida, se me clava en la piel, y pasados unos cuantos kilómetros hace que el pedaleo sea una tortura. Se vislumbra una parada técnica en un momento dado -no muy lejano- para sacar el podólogo que llevo dentro y tratar de arreglarlo. Aparte, noto algo de fatiga por la carga de kilómetros. Ay, ¡que ya no es todo tan maravilloso!

Transcurren los kilómetros, me paro a pensar que me gusta el recorrido, que me recuerda a las salidas por Valladolid: planicie y campos de cebada en plena cosecha. Y pueblos diminutos. Y manguerazos de gente que se apiada de nosotros y nos moja al pasar. ¡Danke!

Al pasar la segunda tachuela el dolor de la uña clavándose en la piel es inhumano, y termino parando en torno al 130. Me descalzo y comienzo a tratar de enmendar aquello. Casquería fina. Me hago muchísimo daño, grito, pero termino levantando la uña y sacándola de debajo de la piel. Calcetín, zapatilla, y de nuevo al lío.

Vale, parece que se ha solucionado. Quedan cincuenta kilómetros por delante, y sigo llevando una buena media. En el 140 se da la vuelta dirección Frankfurt y de pronto -algo que no había ocurrido en la primera ocasión que se pasó por allí- nos da el viento en contra. ¿Problema? Que es un viento a 35 grados, que más que molestar al mismo tiempo que refresca, molesta a la par que te abrasa la piel. Mal rollo.

La gente empezamos a ir más lento. Normal. Llevamos ya cuatro horas largas sobre la bici y aquello empieza a tirar a dramático. La última hora, con la gaita de la uña no me he dado cuenta de comer e intuyo que me quedan pocas fuerzas. Voy descontando kilómetros poniéndome como objetivo llegar simplemente al 150, luego al 160, después al 170 y a la transición. Y punto. Pero no es tan fácil. El viento duele, la piel duele, la uña vuelve a atacar y yo solo quiero bajar el ritmo y que llegue Frankfurt, pero por desgracia no está a la vuelta de la esquina. Y hay que llegar.

Intuyo, sobre el 160, que me está dando una pájara, por el cansancio pero sobre todo por el calor. Con el casco aero no me puedo refrescar la cabeza y me noto embotado, como si tuviese fiebre. Y lo peor es que vamos todos igual. Yo voy a unos 23 kms/h, pero es que poca gente me adelanta. Paro de nuevo a moverme la uña. Vuelto a gritar de dolor -y parte de frustración- pero se soluciona otra vez. Y pedaleo, desganado y sin fuerza. Solo queda un maratón por delante a cuarenta grados. Es imposible que acabe, no me queda cuerpo. Así que dedico los últimos kilómetros a concienciarme de que no voy a ser finisher en Frankfurt.

Llego a meta en 6h12′. Manda cojones, pese al sufrimiento, ni tan mal. Dejo la bici, comienzo a andar, y noto que me mareo. Tardo como dos minutos en recorrer treinta metros hasta las bolsas rojas. Confirmado, el ironman se ha acabado para mí. Todo se mueve muy despacio, a cámara lenta, voy como atontonado (antes de que lo digáis: más de lo normal), cojo la bolsa (no sin antes sorprenderme de que aún hay muchísimas bolsas, lo cual significa que voy bien en la clasificación), entro en la carpa, y me tumbo en el suelo. Se vienen a preocupar por mí, digo algo ininteligible, y me ayudan a incorporarme. Me siento y me pongo las zapatillas. Quedan dos kilómetros hasta el punto en el que he quedado con Judit (al lado del apartamento), así que nada, pienso en ir andando tranquilamente hasta allí y subirnos para casa a que se me pase la pájara aka golpe de calor. Lo que sea.

#gameover

Ando. La gente me anima y pruebo a ver cómo es eso de correr, pero se queda en un intento de apenas cinco metros. Tengo la mirada perdida y solo quiero llegar donde Judit y que me abrace y nos vayamos a casa. Y por fin la veo. Me apoyo en la barandilla y se lo digo. Cariño, abandono. Y entonces ella, muy firme, me dice “no, ¡no hemos venido a Frankfurt para no acabar!”. En ese momento yo reconozco que estoy supersensible y le digo que si quiere que me dé un jamacuco, y ella me dice que lo intente, aunque sea andando. Pero claro, la visión de cuarenta y dos kilómetros andando, casi siete horas, en mi estado y con la que está cayendo, se me hace inviable. Al final negociamos, vamos trotando hasta casa, me refresco y allí decidimos que hacer, ¿vale?

Y aquí comienza el rato kafkiano de mi maratón.

  • Subo los cinco pisos sin ascensor hasta el apartamento.
  • Me meto en la ducha, me refresco la cabeza y los pies durante cinco minutos.
  • Abro el frigorífico, me bebo una cerveza de medio litro que tenía reservada para por la noche de un trago. Gloria bendita.
  • Me vuelvo a meter en la ducha.
  • Me tumbo en la cama.
  • Noto que poco a poco me voy recuperando y comienzo a vislumbrar la posibilidad de volver a la prueba.
  • Estiro, y confirmo que con la bajada de temperatura corporal, todo comienza a ir mejor. Decido reengancharme.
  • Bajo los cinco pisos y vuelvo a correr.

Empiezo a buen ritmo, 5’15”. Me sorprendo, porque me noto bien. Adelanto muchísima gente que veo que van sin pulseras, así que están como yo. Hago la primera vuelta sin parar a andar, aunque al llegar al km 12 noto que voy tocadete. Judit no está en el punto de encuentro (supongo que se ha despistado pensando que tardaría más), y troto a 5’45” hasta el 15. Ahí, en un avituallamiento, comienzo a andar un poco. Hay que tener en cuenta que el calor es jodidamente insoportable. Han habilitado mangueras y duchas cada dos kilómetros, y aunque parezca mentira, de una a otra llegas completamente seco. Los rostros de la gente son de estar desencajados. Es inhumano. Y aún quedan 27 kilómetros por delante.

Ironman de Frankfurt

Hago de tripas corazón. Acabar voy a acabar seguro, así que visualizo que todo esto pasará, que diría Milena Tusquets, y troto como puedo. Me tomo los avituallamientos como auténticos oasis en el desierto, con su ritual incluido: ducha, tres vasos de agua, uno de coca cola, hielo a la gorra y cuatro esponjas de deliciosa agua helada para refrescar hombros y brazos. Y continúo.

Hace tiempo que el protector solar se ha ido y noto la piel ardiendo. Y como yo el resto, así que todos vamos buscando las sombras como perros. Hay un tramo, a la otra orilla de meta, en un bosque, que se hace muy aburrido y me pueden las fuerzas, así que combino trote cochinero con andar. Me viene bien porque noto ya las piernas doloridas. Alcanzo el kilómetro 20,5, me encuentro a Judit, que me acompaña un rato. Nos organizamos. Quedan dos vueltas y ya está hecho. Pese a mi ritmo machacón, sigo adelantando zombies. Cómo estaremos todos. En mi segunda vuelta, cuando llevo ya diez horas de ironman, hay gente incorporándose a la carrera a pie. Dos horas después de que haya acabado Jan Frodeno. Para flipar.

Ironman de FrankfurtLa tercera vuelta pasa sin pena ni gloria. Llevo tres pulseritas en el brazo. Ya está. Diez kilómetros más y podré tumbarme. Me cruzo con Judit por última vez, nos organizamos para cuando llegue a meta, y tiro para adelante. Lleva un buen rato dándome calambres en el gemelo derecho, tengo que parar cada cierto tiempo. Pero no pasa nada. Son gajes del oficio. Paro dos veces en los WCs. Los geles (me he ciscado cuatro en el segmento de carrera a pie) me están dejando el estómago a la virulé, aparte de que con tanta ducha, comienzo a tener una sensación muy extraña en el cuerpo.

Me dan la última pulsera, la roja. Quedan tres kilómetros para llegar a meta. Me veo besando a Judit, me veo entrando en la zona de tribunas y enfilando la entrada, y pienso en “¿qué haría Txema en este caso?”, así que me coloco bien el top, me coloco las pulseras, reviso que la gorra no esté torcida, me ajusto el pantalón, calibro que ambos calcetines estén a la misma latura, pido hora en la peluquería, me hago la manicura y maquillo… Hay que salir inmaculado en la foto. Eso es fundamental

Y llego. Beso a Judit, nos abrazamos. Si he acabado este ironman, ha sido gracias a ella, a su apoyo y a convencerme de continuar. Quedan doscientos metros. Es mi momento de gloria. La gente aplaude. Choco la mano a mi paso, y enfilo la meta. Ahí están, el speaker, el logotipo enorme de Ironman, el arco de meta. Camino. Oigo el “Diego, you’re an Ironman”. Corro. Quedan diez metros. Grito, grito de rabia como no he gritado en mi vida. Y entro en meta. Trece horas trece minutos. Medalla. Y fin de la historia.

Ironman de Frankfurt

Foto de portada: Ironman