Ya hemos hablado alguna vez de cómo afecta un ironman a nuestro cuerpo: que si millones de microrroturas, que si envejecemos veinte años, que si mentalmente nos deja extenuados… Sin tener en cuenta el después, el vacío que nos queda una vez que hemos acabado: la famosa depresión del finisher. Hoy vamos a ver cómo superarla, o hacerla más llevadera.

Cuando acabé el Ironman de Barcelona, con la gaita de mi traslado de residencia desde Barcelona a Valladolid, me di cuenta de que había perdido la ilusión por entrenar. Lo que antes eran ansias por terminar de trabajar y ponerme a nadar, pedalear o correr, se convirtió en una desidia absoluta llena de excusas: que si hace mucho frío, que si vengo cansado del trabajo, que si hay que hacer cosas en casa… Cualquier motivo inane valía para escaquearme de entrenar. ¿Y por qué era? Porque ya no había objetivo al que aspirar. Sin duda.

Y ese es uno de los grandes errores que se comete. La depresión del finisher (SDPF, Síndrome Depresivo Post Finisher, para ponernos exquisitos), en el fondo no existe. Un ironman es un evento especial y emocionalmente muy profundo (como la celebración de un cumpleaños, de una boda, o de una fiesta) que deja mella, y tras él no sabemos qué hacer. Así que lo primero es asumir nuestro éxito, digerirlo y disfrutarlo. No es ningún pecado estar dos semanas descansando, viendo las fotos de nuestra entrada en meta, y rascándonos las narices. No hay que presionarse con la idea de que no estamos entrenando, porque lo importante es descansar.

Incluso si notas que sigues agotado, descansa más. Yo cometí el error de no valorar el descanso que necesitaba, y tres semanas diez días después de mi primer ironman estaba corriendo 33 kms, y apenas otras dos semanas después, corriendo el maratón de Oporto. Me ha costado varios meses recuperarme, así que no caigáis en el mismo error. Descansad, disfrutad de las tardes sin tener que entrenar, valorad ese nuevo tiempo libre.

En segundo lugar, es importante marcar un nuevo objetivo en el que centrarse: no a corto plazo. Medio plazo, como por ejemplo cuál es el siguiente ironman en el que competir, algo que nos permita ir relajados al principio, yendo poco a poco recuperando las sensaciones y las ganas de entrenar, y que nos deje margen de maniobra para preparar bien la prueba. En mi caso, el nuevo objetivo es el Ironman de Frankfurt, ocho meses después del Ironman de Barcelona.

Esto nos ayudará a volver a nuestra rutina de entrenamientos sin estresarnos, con calma. En este camino de recuperación de las costumbres probablemente engordemos, comamos más donuts de los necesarios, pero no pasa nada. Porque esa es otra muy importante: sea lo que sea, nunca pasa nada. Esto es un hobbie, entrenamos y competimos porque queremos, no porque nadie nos obligue, y así nos lo hemos de tomar.

Como resumen, ésta es quizás la idea más importante. Un ironman es un evento que exige mucho de nosotros, física y mentalmente, y es básico que seamos felices a través de él. No puede ni ponernos de mal humor, ni estresarnos ni hostias. El camino hay que disfrutarlo, copón. Está claro que hay que tener disciplina, ser rectos y constantes en nuestros entrenamientos, pero desde la asunción de que si hay que saltarse un entrenamiento, porque un día no nos apetece, no pasa nada, hay tiempo más que de sobra para ponerse al día.

Así conseguiremos que cuando volvamos a llegar a meta, las sensaciones sean mucho mejores.