Debutar en una distancia, o ir a participar a una prueba mítica, tiene un componente emocional que por desgracia no tiene el triatlón de nuestro pueblo. Es así. Cuando escribo este artículo lo hago pensando en mi debut en media distancia, en lo que antiguamente era el Challenge de Barcelona, y hoy es Ironman 70.3 de Barcelona, y en mi amigo Albert Boix y su primera cicloturista, la We Ride Flanders. Pero es extrapolable a cualquier runner, ciclista o triatleta que tras varios meses de preparación, logra alcanzar la meta, su meta y, con ello, cumplir sus objetivos.

 

We ride Flandes

Albert Boix. We ride Flanders

Es acabar la prueba, recibir la medalla, y accionarse una serie de mecanismos mentales que se repiten en todos y cada uno de los ciclistas o triatletas que conozco.

Rebuscar y bucear en las redes sociales buscando información

Al cruzar el arco de meta de la competición de marras, al empezar a reposar la emoción de ese momento y poder sentarse a actualizar Facebook, leer los mensajes de apoyo a través de whatsapp o twitter, comienza una búsqueda incesable de información tras la que subyace nuestra necesidad de mantener viva la llama.

Las declaraciones de los PROs, la presión que llevaban en las ruedas los PROs, información sobre cuánto se pararon a mear los PROs, vídeos furtivos hechos por los aficionados acostados en las cunetas… Cualquier excusa nos parece buena para leer un artículo o compartirlo con nuestros amigos que nos acompañaron en la prueba.

No nos damos cuenta, pero en el fondo, lo que necesitamos es que aunque pase un día, un fin de semana, quince días, el momento siga vivo, que sigamos entrando en meta dando un largo grito ad infinitum.

Foto: strava.com

Foto: strava.com

Las fotos de organización

Pocos triatletas o pocos runners conozco que no hayan gastado cuarenta o cincuenta euros en la compra de las fotos de su primer half, su primer ironman o su primer maratón. Además, son fotos en las que salimos guapos, que van directamente a la cabecera de nuestro Facebook, y en las que nuestros amigos y conocidos nos agasajan con likes y comentarios.

Hemos quedado el 1.785 de 2.342 participantes, pero la maquinaria comercial de cada competición de renombre hace que parezcamos los auténticos ganadores.

Y que así nos sintamos.

La búsqueda de nuevas pruebas

Cuando acabé la We Ride Flanders, algo se accionó en mí que me hizo empezar a buscar nuevas cicloturistas para la primavera siguiente como si no hubiera mañana. Daba igual que faltasen aún once meses: Lieja Bastogne Lieja, París Roubaix, Quebrantahuesos, Strade Bianche… En una semana visité las webs de todas y cada una de las cicloturistas más famosas de Europa.

¿Y para qué? Para nada, para que luego el tiempo lo diluya todo, para que pasen los meses y surjan nuevas carreras, nuevos intereses, para que los compañeros que participaron con nosotros busquen otras cosas, o les surjan compromisos ineludibles…

Foto: QH Press

Foto: QH Press

El diploma

Pocas cosas tan inútiles se me ocurren como el diploma de haber acabado una prueba. En pleno siglo XXI, que tenemos Strava, Garmin Connect y demás aplicaciones que publican automáticamente nuestros tiempos, de nada sirve que te entreguen un dorsal conforme has terminado una prueba. Llega siempre tarde, cuando ya has publicado en todas tus redes sociales que eres finisher, pero sirve para volver a hacerlo tangible: he acabado, logré correr todos y cada uno de esos kilómetros, sobreponerme a las inclemencias y cruzar el arco de meta.

Imprimes el diploma, lo guardas en un cajón hasta que años después, haciendo limpieza te lo encuentras, tienes un momento de nostalgia y lo mandas a la papelera con el resto de documentos que ya no sirven para nada.

 

Foto: Ironman

Foto: Ironman