Uno de los mayores problemas que le veo al triatlón es eso de doblar entrenamientos. Ya hemos hablado en reiteradas ocasiones de los malabares que nos toca hacer a los triatletas los días en que tenemos más de una sesión. Estas terminan siendo, habitualmente, una por la mañana y otra por la tarde – noche. Y en medio, trabaja y ten algo de vida.

¿Y de dónde solemos recortar? De horas de sueño, es lo más fácil: nos acostamos un poco más tarde de lo que deberíamos, y nos levantamos antes de lo que toca para poder llevar a cabo todos los entrenamientos. Así al esfuerzo acumulado, hay que ir añadiendo, poco a poco, la falta de sueño, que, como todos decimos, “ya resarciremos cuando llegue el final de temporada”.

¿Cómo nos influye dormir menos de lo que deberíamos?

Hay muchos estudios sobre el sueño y sobre cómo afecta a nuestro rendimiento deportivo y no voy a ser yo quien se ponga a hablaros de fases REM, jet lags y similares. Si bien no es hasta pasadas treinta horas sin descanso (es decir, una noche completa sin dormir y estar despierto hasta la tarde posterior) cuando comienzan a notarse cambios relevantes en el rendimiento anaeróbico, lo cierto es que la falta de sueño que sufrimos los deportistas suele ser de otra índole no tan acuciante, pero quizás igual de grave: dormir menos horas de las que toca, y despertarnos varias veces a lo largo de la noche.

Solo mencionaré un estudio, y además de hace más de veinte años: The effect of partial sleep deprivation on weight-lifting performance, de Tom Reilly y Mark Percy, de la Universidad John Moores de Liverpool. En él se midió en ocho nadadores el efecto de dormir solo durante dos horas y media por noche durante cuatro noches, observando que no había efecto sobre la fuerza de la espalda y la mano, la función pulmonar o el rendimiento en la natación. Es decir, que físicamente, podían seguir rindiendo al mismo nivel.

Foto: Flickr // British Triathlon

Foto: Flickr // British Triathlon

Pero, y a eso voy y lo que me parece lo importante, sí que se alteraron significativamente los estados de ánimo, con incremento de la depresión, la tensión, la confusión, la fatiga y la ira, junto a una reducción de vigor. Aparte, a medio plazo las prestaciones a nivel de resistencia también se ven alteradas.

Vale. Y ahora que sabemos que con nuestro ritmo de vida estresante nuestro entrenamiento no tiene la calidad que debería, y que estamos más insoportables de lo normal, ¿qué hacemos? Pues algo tan patrio como echar la siesta.

Jim Waterhouse, también de la Universidad John Moores de Liverpool comprobó que una siesta de entre veinte y cuarenta minutos es ideal si hay que completar una sesión de entrenamiento por la tarde o por la noche: mejora el estado de vigilia, reduce la somnolencia y mejora el rendimiento en sprints de 20 metros. En un deporte tan exigente como el nuestro, ideal.

Es importante que la siesta no supere los cuarenta minutos, dado que es en este momento cuando comienza el sueño profundo, y puede ser peor el remedio que la enfermedad.