El mejor consejo que alguien te puede dar si eres de esos triatletas que estás empezando (joder, incluso si eres de los que vive por y para el triatlón desde hace años pero no has despuntado todavía y no has conseguido ganarte la vida con esto aún) es no perder nunca el sentido del humor.

El triatlón es un deporte serio, que nadie lo dude, pero vamos a llamar a las cosas por su nombre y ponernos desde un punto de vista puramente contemplativo, como si fuésemos espectadores de una película. A ver, que vamos. Nos tiramos a nadar en aguas congeladas en las que ninguna persona con dos dedos de frente se le ocurriría nadar; luego nos subimos a la bicicleta jadeando y chorreando agua por todas partes, y terminamos corriendo como si no hubiera mañana en busca de la ansiada línea de meta. Independientemente de lo que hagan los triatletas profesionales, ¿alguien me puede decir dónde está la diversión en este deporte? Si tu jornada diaria de trabajo es de al menos 8 horas, ¿luego te vas a divertirte metiéndote estas palizas? «¡Ey, qué pasa! ¡Que esto va en serio! ¡A ver si no os tomáis esto a cachondeo! Llevo 35 años haciendo triatlón y soy un atleta que me tomo esto muy en serio». Vale, vale, lo entendemos, pero siento decirte que eres un deportista serio que practica un deporte con escenas que a veces son de coña marinera. Pero alguno todavía dirá que no, que para ser triatleta hay que ser muy serio.

No creo que esté descubriendo la pólvora con lo que digo. Más bien, solo quiero hacer reflexionar a todos los practicantes de este deporte que recuerden cómo empezaron en sus inicios y que conserven el sentido del humor cuando contemplan todo lo que sucede su alrededor.

Foto: Lindsay Perry // Hearst Connecticut Media

Foto: Lindsay Perry // Hearst Connecticut Media

Los principios

Recuerdo que en mi primer triatlón hace ya unos cuantos añetes,  llegaba toda feliz a la segunda transición porque no me había matado en el circuito de ciclismo ni había muerto en los enemil kilómetros que había que hacer. Cuando giré la esquina y tenía a tiro la zona de transición, recuerdo la primera visión que tuve del pobre voluntario agitando como un poseso los brazos y gritando como un energúmeno ¡¡Paraaaa, para aquí, que paressssss!!!!

«Oh, dios mío -pensé- me parece que me está diciendo que me pare lo que viene siendo aquí mismo». Yo no es que estuviera  muy ducha por aquel entonces en automáticos y no sabía que se podía regular la dureza a la hora de sacarlos de las calas. En aquel momento era lo más parecido a una bala anclada a mi bicicleta, como esos ciclistas en los velódromos que no hay quien los pare, pues lo mismo. Así que me mentalicé de que tenía que parar donde aquel pobre voluntario me estaba indicando o le iba a dar un achuchón al hombre. Como soy muy obediente, me fui exactamente hacia el punto donde me decía que me parara. Sabía que la cosa iba a terminar mal, pero las normas en triatlón son las normas, y si te dicen que te pares es que te tienes que parar en seco. Me acerqué, frené como pude, balanceo típico  de todo ciclista cuando no te puedes quitar las calas y ¡tortazo al canto contra el asfalto!

Una vez que te caes en bloque, la reacción típica de cualquier triatleta que se precie es ponerte en pie como un muelle y decir que no te ha pasado nada, que estás fenomenal, que hasta te ha venido bien la caída para reactivar la musculatura. El caso es que después de ponerme en pie, fui capaz de terminar mi primer triatlón con esa alegría y buen sabor de boca que solo el primer triatlón que haces en tu vida te produce.

Lógicamente te sientes como una imbécil una vez que terminas la prueba y te ves delante de tanto triatleta experimentado y con tanta prueba en su haber. Al mismo tiempo, te das cuenta que estás metida en un mundillo donde solo te esperan grandes gestas en el futuro. Después de todo, alguien que es capaz de meterse un piñazo así delante de todo el mundo embutida en un mono de triatlón y con un casco de bici en la cebeza es que está capacitado para todo en la vida. Reconozcamos que la cosa tuvo su gracia, al menos soy capaz de recordarlo y reconocer el ridículo más absoluto que hice.

A medida que mi experiencia en el mundo del triatlón iba creciendo, mi sentido del humor iba encontrando nuevos campos en los que no parar de reírme: el primer neopreno que me probé del que no podía salir, tirando todos los compañeros de él en el vestuario; la primera bici con acoples y la terrible postura que hay que entrenar al principio, esos baños portátiles al comienzo de todas las pruebas, fotos inenarrables en carrera como si fuésemos estrellas del triatlón, y un montón de detalles que merecerían un capítulo aparte.

Reconozco que aunque muchas veces parezcamos verdaderos fanáticos de este deporte, me da mucha pena esos fanáticos que no son capaces de tomarse este deporte con cierto humor y ver la parte divertida y cómica de las pruebas. Si no vivimos de esto, ¿no crees que sería bueno para la salud de vez en cuando pararnos y mirar atrás para ver la cantidad de tonterías que hacemos a lo largo de nuestros entrenamientos y pruebas? Nos sorprenderíamos de las risas que nos podemos echar a costa del triatlón. Pruébalo y nos cuentas.

Fuente: triathlete