La semana pasada nos hacíamos eco de la posibilidad de que Lance Armstrong pudiese participar en pruebas de triatlón el próximo 2016. Sinceramente, contaba con que la mayoría de los comentarios al respecto fuesen llevándose las manos a la cabeza bajo el hilo argumental de que el americano está sancionado de por vida. No olvidemos que este señor, que en 2005 pasó a la historia por alcanzar siete Tours de Francia de manera consecutiva, confesó finalmente, tras las presiones de la Agencia Americana Antidopaje que “todo se trataba de una gran mentira que resultó bastante perfecta durante mucho tiempo”, admitiendo haber tomado de manera sistemática todo tipo de sustancias prohibidas: EPO, transfusiones y testosterona.

Pues bien. Cual fue mi sorpresa al observar que lejos de criticar su vuelta a la competición, aunque sea al triatlón, un gran porcentaje de los comentarios eran felicitándole y encumbrándole a los altares. Que si ha sido el mejor ciclista de la historia, que si es un crack, que si gana tú siete tours dopado, que hay que ser muy bueno para estar en la cima tantos años independientemente de que se hagan pequeñas trampas…

Y claro, me dio por pensar, y me vino a la memoria el caso de Héctor Guerra, ganador del Triatlón Madrid KM0 y todas las críticas que tuvo que aguantar el hombre por su pasado de ciclista sancionado por dopaje. No voy a entrar en ese tema, ya en su momento creo que Gustavo Rodríguez, segundo clasificado de la prueba calló muchas bocas, pero sí voy a entrar en una pregunta: ¿por qué a Lance Armstrong un amplio porcentaje de deportistas le perdona, o permite, su histórico tramposo, y luego con otros corredores somos totalmente intransigentes?

No sé qué pensar. Personalmente -y esta es sólo mi opinión- creo que con Lance Armstrong habría que ser extremadamente duro. Al fin y al cabo nos hizo vivir a todos en una gran mentira deportiva. Nos jodió grandes tardes ante el televisor, nos mantuvo en vilo en sus duelos con Joseba Beloki y se aprovechó -y muy bien- de hacer trampas. No en vano su sanción es para toda la vida, es decir: nunca habrá dejado de cumplirla. Otros, como Héctor Guerra, ya la cumplieron, ya tienen derecho a la segunda oportunidad, y en cambio les tiramos a los pies de los caballos…

¿Medimos a los deportistas con distintos raseros, en función de su poder, prestigio, o fama? ¿Tiene más peso el nombre de Lance Armstrong, o su renacer apoteósico tras su victoria contra el cáncer? Me gustaría pensar que no, que los espectadores, o los deportistas de andar por casa somos objetivos en este tema, pero parece que no…