Doscientos veintiséis kilómetros en soledad, en silencio, dan para mucho: para encontrarte contigo mismo, para discutir y sobre todo, para llevar tu cabeza y tu capacidad de sufrimiento a límites insospechados. Y es que al fin y al cabo, aunque estés rodeado de otros tres mil participantes, y en las aceras se agolpe gente animando, estás en soledad. Hay que tener mucha fortaleza mental en un ironman, sin duda. Vamos a intentar tomárnoslo con un poco de humor.

Cinco de la mañana. ¿Realmente tengo que levantarme?

Ha llegado el día. Llevamos meses esperándolo, pero hoy, que ya toca, nos entra la pereza. Estamos bajo la manta, hace calorcito y queremos salir. Quedan diez horas -o más- de lucha y brega. Y solo queremos cinco minutitos más, como si de cualquier lunes laboral se tratase. Pero no es lunes, ¡es nuestro día!

¿Por qué narices cogí el hotel tan lejos?

Mochila al hombro, desayuno en el estómago… Y el boxes está a tomar por saco de lejos. No hemos ni empezado este ironman, y ya estamos pensando en el del año que viene: mucho más cerca del lago, de la playa o del río. Paseos matutinos, los menos posibles.

Qué pereza meterme en el agua ahora, tú…

Sigue siendo casi de noche. Hace frío. Ya hay gente embutida en su neopreno haciendo calentamiento en el agua. Y tú mientras tanto, con tu pereza, vas sacando las cosas poco a poco de la mochila, y te vistes lo más despacio posible. Si tuvieses cinco años y fuese la hora del baño, tu madre ya te hubiera dado una buena colleja.

Mira qué nivel la gente, joder, tenía que haber entrenado más.

Y entonces te metes en el agua a estirar los brazos, y empiezas a fijarte en toda la gente: cuerpos fibrados, esculturales, sacados de MYHYV. Y tú con tu barriga sempiterna -que casi te ha costado entrar en el neopreno- te llenas de dudas. Que si lo voy a hacer mal, que si no estoy preparado, que el año que viene hay que entrenar muchas más horas… Y así.

Venga, natación acabada. Espero que esos tragos de agua no me pasen factura. ¡Vamos, vamos vamos!

Pero te tiras al agua y la cosa marcha. Has nadado cómodo, aunque has pegado unos cuantos tragos de agua. Sales acelerado, contento con tu tiempo, y te vas quitando el neopreno mientras piensas en el tramo de bici, transición rápida y a pedalear.

Pues eh, voy cómodo. ¡Venga!

Coges un buen ritmo y te ziscas la primera hora y media apenas sin enterarte. Pedaleas redondo y empiezas a hacer cálculos: a ritmo de 33 kms/h hago 5h30′, puedo aflojar un poco, voy cojonudo, muy bien muy bien. Y te creces.

Joder qué cansancio. Y aún quedan sesenta kilómetros hasta bajarme.

Y de pronto, a eso de las cuatro horas, te llega el hombre del mazo a recordarte que esto es un deporte de fondo y te das cuenta de que aún te quedan otas dos horas de bicicleta y sólo quieres bajarte y descansar y mandarlo todo a tomar por saco y no vuelves a hacer un ironman en tu vida.

Puta cuesta, tú. El año que viene entreno mucho más la bici.

No sientes las piernas, a lo Rambo. Y un desnivel del 1% cuesta más que el Tourmalet, y sólo quieres llegar. Te da igual el ritmo -que ahora está a 28 kms/h- y lo importante es conseguir dar una pedalada más. Estás sufriendo mucho. Bienvenido al ironman, apañero.

Maratón. Cuatro horas y seré finisher.

Pero llegas a la transición. Afortunadamente llegas. Y solo hay una cosa en tu cabeza: sólo queda correr. Ya ha pasado lo duro, ahora viene la perseverancia, el sufrir, apretar los dientes y tirar pa’lante, poniendo primero un pie, y luego otro.

¿Ya se está haciendo de noche? ¿Ya?

Los primeros ya han acabado. Y tú ahí sigues, apenas sin levantar las piernas, a ritmo diesel. Y te das cuenta de que ya ha anochecido. Empezaste hace unas cuantas horas amaneciendo, y se te ha ido el día.

Dos kilómetros, dos kilómetros. Ya está, ya está.

Da igual todo. Da igual ese dolor en el isquio, y la ampolla, y el dolor de estómago por culpa de los geles. Ya incluso te la bufa si tienes que ponerte a andar. La gente te anima alrededor y tu trotas por inercia, descontando mentalmente cada uno de los metros que te separa de la gloria. Y empiezas a echar la vista atrás, a todas las semanas que llevas acumuladas de entrenamiento y ves que sí, que tanta disciplina, ha servido para algo.

Inserte aquí un grito de euforia.

Quedan veinte metros, ya estás dentro del tramo vallado y ya está. Y empiezas a gritar, a soltar toda la adrenalina acumulada y te desahogas, y saltas y toda la rabia y tensión contenida, sale afuera. Ya eres finisher. Enhorabuena.