La temporada de maratones está en pleno auge. Hace unos días era Bilbao, ha sido Tenerife, Valencia y sus treinta mil participantes, San Sebastián está a la vuelta de la esquina… Así que probablemente bastantes de los que nos leéis estaréis inmersos en la preparación. Es más, seguramente alguno de vosotros vaya a enfrentarse a los cuarenta y dos kilómetros por primera vez.

Seas novato, seas experto, ahí van las ocho fases por las que pasa cualquier corredor de maratón a lo largo de la prueba.

Etapa 1: La euforia

Kilómetro cero. Están sonando todas esas canciones épicas que nos ponen la piel de gallina. La adrenalina en límites históricos, casi por encima del precio del barril de Brent. A tu alrededor miles de personas tan nerviosas como tú. Has entrenado cientos -¡qué cientos, miles!- de kilómetros para alcanzar esta línea de salida. Das saltitos, te frotas las manos, miras a la gente, compruebas los cordones de los zapatos… Y suena el bocinazo.

Etapa 2: La negación

Estamos en el kilómetro ocho. Ya no hay pelotones y empiezas a tener espacio para correr en condiciones. El ritmo es de crucero y cuadras cada parcial. Tu cabeza comienza a activarse y puedes ir pensando. Y no piensas cosas bonitas. Piensas que el calcetín te roza en la zona del metatarso, te preguntas si te diste toda la vaselina que hacía falta y que quizás te equivocaste con los geles sabor platano, que tú eres más de manzana golden.

Etapa 3: El shock

Nos acercamos a la media maratón, digamos que en el kilómetro diecinueve. Tu cabeza sólo dice una cosa: «voy mal y aún no he cruzado ni el ecuador». Pese a ello, aunque creas que no, tus parciales siguen siendo buenos.

Etapa 4: La soledad

Alcanzas el kilómetro veinticinco, miras a tu alrededor, y apenas hay gente. Estás en esa fase de carrera, que habitualmente suele transcurrir por parajes poco poblados, incluso desérticos (fuera de la ciudad, o polígonos), en la que no hay nadie animando y los ritmos de carrera han hecho que apenas tengas competidores. Estás solo. Y las piernas ya empiezan a estar cansadas. Y te quedan aún diecisiete kilómetros por delante. Esta fase es dura, porque tienes que rebuscar en lo más hondo de tu interior para lograr animarte y continuar.

Etapa 5: La desesperación

Kilómetro treinta. Tu tirada más larga entrenando para el maratón ha sido de esta distancia, y a partir de aquí todo es nuevo para ti. Miras el reloj. Es una barbaridad de tiempo, y aún te queda un veinticinco por ciento de la prueba. ¿Cómo van a responder las piernas? Además todo el mundo te ha dicho que el maratón comienza a partir de este kilómetro, que se acerca el muro. ¿Podrás tú con él o él contigo? Te duelen hasta las uñas de los pies, por cierto.

Foto: Flickr // Ketubara Percusión Danza Brasil

Foto: Flickr // Ketubara Percusión Danza Brasil

Etapa 6: El muro

Llegamos por fin al muro. Las reservas de glucógeno se han acabado definitivamente y ya solo te queda la autodestrucción, nutrirte a base de daño muscular. Y vas despacio, muy despacio. Te comienza a adelantar todo el mundo, y la moral se te cae por los suelos. ¿El único consuelo? Que sólo quedan siete kilómetros.

Etapa 7: Afirmación

Estamos en el kilómetro 39. Tu cerebro es el que corta el bacalao en toda esta historia. Tu cuerpo quiere pararse, sentarse en un bordillo, tomar resuello, pero tu cerebro es mucho más firme y envía órdenes directas para que no pares en ningún momento.

Etapa 8: Euforia

Quedan doscientos metros. Ya está, hecho. Pese a los dolores has llegado, estás a punto de cruzar esa meta. Un ruido ensordecedor a tu alrededor que apenas escuchas. Porque solo escuchas esa voz en tu interior que te dice «he llegado, he llegado». Ahora vendrá la medalla, la bolsa con bebida, una naranja y folletos de otras carreras, y a partir de ahí andar como un zombie durante una semana.

¿Pero qué más da? Es un maratón.